EL PAíS › PANORAMA ECONOMICO

Limites

 Por J. M. Pasquini Durán

Hay hechos que suceden tan rápido que dan la sensación de atropellar a sus protagonistas. Así, en Irak y ante el mundo, en menos de un mes las tropas de George W. Bush abandonaron la pretensión de “libertadores” para actuar como invasores sin piedad y apenas cesaron los combates formales, hasta ahora, como ejército de ocupación a la antigua usanza colonial. Aquí, en Argentina, hay momentos vertiginosos, tal cual ocurrió en diciembre de 2001, y en otras ocasiones parecen quedar suspendidos, congelados en el tiempo, igual que si fueran un presente perpetuo. Esta apariencia de inmovilidad fosilizada envuelve como una telaraña las elecciones presidenciales convocadas para dentro de ocho días, en el año que se conmemora un siglo y medio del texto fundacional de la Constitución Nacional (1853-2003). Equivalen a buscar en un museo las herramientas y los recursos humanos para enfrentar los desafíos del futuro.
Hay otros motivos para el desconcierto de los votantes. Por lo pronto, los pronósticos coinciden en descartar la posibilidad de una fórmula ganadora en la primera vuelta. Además, las diferencias entre los candidatos con mayores chances de disputar la participación en el ballottage son difíciles de identificar, porque incluso hay mayores similitudes entre algunos adversarios que entre los miembros de una misma fracción. En ese nivel del ranking de los encuestadores, las identidades tienen más que ver con las retóricas y los modales, exagerando en algunos discursos de cierto moralismo, que con las definiciones programáticas o ideológicas. Todos afirman, con la misma convicción que los alquimistas aseguraban convertir el plomo en oro, que tienen las claves para levantar al país de su actual postración, aunque ninguno logra aclarar por qué nunca las expusieron antes, cuando todos ellos formaban parte del bipartidismo que predominó en la política argentina durante décadas. Algunos ocuparon las mejores posiciones en la administración del Estado durante el último período, mientras la decadencia, la exclusión social y la pobreza se expandían como una mancha de aceite por todo el territorio nacional.
Aunque las encuestas, con las debidas excepciones, están sospechadas de fabricarse a la medida del que las paga, dado que la relación de la política con la sociedad hoy en día es sobre todo un negocio de marketing, no hay más remedio que usarlas como referencias. Según ellas, las opciones “ganadoras” son distintos matices de la derecha, de lo cual un observador superficial podría deducir que las expectativas mayoritarias de la sociedad se han corrido en esa dirección. Sería una conclusión precipitada y una generalización indebida, salvo que se le apliquen los matices correspondientes. Una demanda popular, más que nada en el ámbito metropolitano y bonaerense, con fuerte influencia del pensamiento derechista es la que se refiere al orden, provocado por el auge del delito y, también, por la manipulación premeditada para desacreditar al “desorden” de la protesta social.
En el caso del delito es preciso, asimismo, revisar con más atención los móviles y procedimientos de cada tipo, ya que es vox populi que en no pocos de ellos, sobre todo en los más “pesados”, se ha verificado la complicidad de funcionarios policiales. Más aún: ciertos auges de crímenes con fácil repercusión mediática, como los secuestros extorsivos, en más de una ocasión han sido usados como elementos de presión sobre determinados funcionarios o gobiernos con el propósito de paralizar o torcer decisiones que pueden afectar los negocios ilícitos de ciertos aparatos de seguridad. Por fin, es un mito que la derecha sea eficiente, más allá de la picana o el gatillo fácil, en garantizar la seguridad. Para no abundar en ejemplos, alcanza con recordar el fiasco pasado de Aldo Rico en la Secretaría deSeguridad bonaerense o las promesas de Carlos Menem de usar en el futuro a las Fuerzas Armadas para que los desocupados no ganen las calles o las rutas. Este es un dilema que ahora mismo confrontan los norteamericanos: ¿Cuánta libertad y cuántos derechos civiles estarán dispuestos a sacrificar en nombre de la seguridad impuesta a sangre y fuego?
El orden, sin embargo, no es la única preocupación de millones de argentinos. El desempleo, el hambre, la educación, la salud, la corrupción impune y el desamparo institucional siguen formando la agenda cotidiana que aguarda soluciones urgentes y efectivas, en primer lugar de todos los niveles del Estado. Ninguno de esos temas pertenecen al ideario de la derecha, ya que son precisamente el resultado de políticas económicas y sociales de gobernantes de esa tendencia, que hoy vuelven a pedir el voto del mismo modo que aquel que pide perdón sin arrepentirse de los pecados cometidos. ¿Quién puede pensar, por citar un caso pero no el único, que Ricardo López Murphy ha renegado de las ideas centrales que lo eyectaron del sillón de Economía en el desgobierno de Fernando de la Rúa, aunque haya suavizado el discurso para no piantar votos? De esta contradicción entre las aspiraciones de justicia social de los ciudadanos y los candidatos de derecha que se auguran ganadores, emergen las mayores paradojas del inminente acto electoral. ¿O no es paradojal que un tercio de los votantes de Menem, el único candidato con oportuna fertilización asistida, aspire a que termine con la corrupción impune?
Tratándose de la justicia social, ¿por qué la derecha aparece más votable que la izquierda? Para empezar, porque en el balance, a pesar de la formidable entrega de sus militantes, la izquierda tiene más derrotas que victorias en sus batallas para proteger los derechos y las conquistas de los más débiles. También, porque más de una vez alentó entusiasmos o ilusiones en gobiernos que defraudaron a las mayorías, desde Arturo Frondizi a la Alianza de la UCR y el Frepaso, incluida la zigzagueante relación con Perón y el peronismo. ¿Acaso desde diciembre de 2001 no hubo núcleos de izquierda que descartaron la puja electoral ante una imaginaria situación “prerrevolucionaria” basándose en tradicionales catecismos repetidos como dogmas religiosos? Tampoco actualizó el pensamiento, el lenguaje y la percepción de tantos fenómenos nuevos ocurridos en el mundo y en el país, desde la implosión del socialismo soviético hasta la globalización, desde los efectos de la violencia insurreccional y la del terrorismo de Estado hasta la relación del movimiento popular con las luchas por el poder, ante todo la brecha entre los nuevos contingentes juveniles y las utopías revolucionarias. ¿Cuántos conocen las propuestas prácticas de la izquierda para resolver temas como el equilibrio fiscal sin sacrificar a los que menos tienen o para garantizar la seguridad pública y sanear las fuerzas de seguridad? ¿La respuesta será el paredón de fusilamiento? Ni el propio Lula, salvando las diferencias entre ambos países, las tiene todas consigo para atender la libertad y el orden, la justicia social y las relaciones económicas internacionales.
En este recuento rápido y general, injusto quizá con este o aquel grupo en tal o cual situación concreta, es imposible ignorar que en el campo de las ideas la izquierda fue relegada culturalmente a favor de concepciones “nacionales y populares” que, así enunciadas, sin las precisiones indispensables, han servido para distintos menesteres. Todavía más: hace rato que perdió la hegemonía, si alguna vez la tuvo, del bloque llamado progresista, un conglomerado que terminó invertebrado y amorfo. Hoy puede lucir ese rótulo un auspiciante de Elisa Carrió, de López Murphy o de Néstor Kirchner, dado que se han desdibujado los parámetros que limitan la definición. ¿Qué materias hay que aprobar para diplomarse de “progresista”? Antes todavía: ¿cuál es el concepto de progreso y su diferencia con la revolución? Siempre es doloroso el examen de introspección y no cabe duda de que nadie puede arrogarse el patrimonio de la verdad, pero es tiempo de afrontar con sinceridad y la cabeza abierta esa revisión de los datos de la realidad. Obliga un compromiso que para la izquierda es un mandato popular: hay que renovar desde la raíz la organización institucional, las fuerzas políticas, los liderazgos, las maneras de hacer política y de relacionarse con el poder. Pensar que la renovación política es un deber de los partidos con mayor caudal de votos es, por lo menos, una ingenuidad. Las fuerzas nuevas tendrán que ser edificadas por quienes se enorgullecen de sus compromisos con el futuro antes que por el pasado, aunque puedan exhibir sin avergonzarse su participación en las epopeyas del movimiento social. Sí, las elecciones son importantes, pero ahí no termina ni empieza el porvenir colectivo, en particular en esta ocasión que sucederá sin ninguna reconciliación verdadera entre la política y la sociedad. Afortunados los que, en lugar de abatirse por las contradicciones y paradojas de la hora actual, encuentran voluntad y energías para acometer el sueño de un país diferente.

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