EL PAIS › PANORAMA POLITICO

La perdida perla austral

 Por Fernando Cibeira

Poco a poco, la cuestión Malvinas se instaló como uno de los principales temas de política exterior del segundo mandato de Cristina Kirchner, a los treinta años de la guerra. La estrategia de poner en debate el conflicto en todos los foros internacionales en los que Argentina participe, a fin de presionar al Reino Unido para que negocie, puede considerarse exitosa en términos de repercusión, aunque nadie en la Casa Rosada imagina una resolución en el corto o el mediano plazo. En eso, coinciden con la opinión de analistas internacionales, resultará fundamental la suerte que corran las exploraciones en busca de petróleo en el Atlántico Sur.

De movida, el gobierno argentino se despegó de la guerra de 1982. El conflicto fue una desgracia también en términos diplomáticos, ya que eliminó todos los avances que existían para aquella época, cuando lo normal eran que los kelpers vinieran a estudiar, a comerciar o a atenderse con médicos de la Argentina continental. Un gesto explícito de la Presidenta en esta dirección fue ordenar la desclasificación del Informe Rattenbach. Tal vez no aportó muchas novedades, pero sirvió como demostración de que no hay contemplaciones con la guerra de la dictadura, que hoy ya empieza a ser más recordada por la hambruna y los estaqueamientos a los soldados que por las supuestas proezas de los pilotos de los Mirage.

En paralelo, el gobierno argentino desarrolló una incesante ofensiva en los organismos internacionales. Que no habrá excepciones lo dejó en claro el canciller Héctor Timerman durante su reciente participación en la Cumbre de Seguridad Nuclear, en Corea del Sur. Allí no estuvo el primer ministro británico, David Cameron, pero sí su segundo, Nick Clegg, quien debió escuchar cómo el canciller argentino le recriminaba –justamente en ese foro– el envío de un submarino nuclear al Atlántico Sur, una región declarada libre de ese tipo de armamento desde el Tratado de Tlatelolco.

Antes de que hablara Timerman, dos delegados de otras potencias occidentales se habían acercado hasta la comitiva argentina a sugerirle que no ventilara esa cuestión en un evento que Estados Unidos viene promoviendo más que nada para que se condene a Irán y al terrorismo internacional. El canciller argentino desoyó las sugerencias y el reclamo al Reino Unido fue el eje de su discurso. Clegg respondió que la acusación era infundada, pero se negó a desmentir taxativamente el envío del submarino nuclear. Otros representantes británicos ya habían hecho lo mismo, con el argumento –nada tranquilizador– de que su país no brinda información sobre las posiciones de su armamento.

En la Rosada celebran la repercusión que viene teniendo la postura argentina en todo el mundo. Aseguran que en las recientes misiones a lugares tan remotos como Angola, Mozambique o Azerbaiyán sobre el primer punto que los consultan es sobre las islas, que hasta es tema en los noticieros. Por otro lado, ya existen 85 grupos de apoyo formados por diplomáticos, intelectuales y académicos en todo el mundo. Si en cada foro los representantes británicos se ven en la obligación de dar alguna respuesta sobre la cuestión, la incomodidad va creciendo. Esta semana, el canciller británico William Hague reunió a sus embajadores y, algo inédito, estuvieron debatiendo la posición sobre Malvinas.

Un pilar de la estrategia es el apoyo sin fisuras conseguido en la región. Anteriormente, el reclamo argentino sobre las islas se agregaba de manera burocrática a la declaración al final de cada cumbre, pero en los últimos encuentros la cuestión tomó un matiz militante, como sucedió en la Cumbre del Mercosur de fin de año, cuando se adoptó la decisión uruguaya de no aceptar en los puertos regionales los buques con la bandera “ilegal” del gobierno kelper. La decisión fastidió al gobierno de Cameron, que llamó a Uruguay y a Chile en consulta. Solo consiguió que le ratificaran la posición.

En ese sentido, desde el gobierno argentino –también por estos días lo declaró el canciller uruguayo, Luis Almagro– se preocuparon por aclarar que no existe ningún “bloqueo” sobre las islas, como argumentan los malvinenses. “Es al revés, las Malvinas nos bloquean a nosotros, que no podemos ir a vivir o a trabajar allá”, responden en la Cancillería. Es que otra arista de la estrategia es no hacer nada que pueda ser presentado como una resolución en contra de los habitantes del archipiélago, aunque ellos lo interpreten así. En esa lógica se entiende la propuesta de la Presidenta de aumentar la frecuencia de los vuelos a las islas y que los haga Aerolíneas Argentinas desde Buenos Aires. Fue una manera de tender un puente hacia los kelpers en medio de la refriega. Los isleños rechazaron la propuesta de plano.

Lo que vendrá

La Cumbre de las Américas, que se realizará en dos semanas en Cartagena de Indias, también se prepara para debatir la cuestión. Entró en el temario a propuesta de Ecuador y ayer el presidente Rafael Correa volvió a amenazar con no concurrir si no se van a toman decisiones “sobre un problema tan grave como una colonia inglesa en nuestra América”. No es solo solidaridad. Correa también busca mortificar un poco a Barack Obama en su complicada cita con los presidentes de la región, pegándole a su histórico aliado internacional. Con todo, la postura de Estados Unidos y de Canadá en este conflicto adhiere a la OEA, que al igual que la ONU y Argentina reclaman la apertura de un canal de diálogo. Habrá que ver si Obama se anima a plantar posición en tierra colombiana.

En la Cancillería también consideran que fue exitosa la reciente decisión de iniciar acciones judiciales y administrativas contra las empresas que operan en la exploración de hidrocarburos. La amenaza de sanciones bajó de un día para el otro la cotización de las empresas en las bolsas, muy volátil a cualquier novedad dada la incertidumbre que todavía existe sobre la factibilidad de la explotación petrolera en el Atlántico Sur. La Secretaría de Energía ya cumplió con el plazo para analizar la situación de cada firma y en los próximos días se podrían determinar las penalidades correspondientes.

Quienes conversan sobre ella sobre el tema cuentan que Cristina Kirchner se siente “malvinera”. “Para los que vivimos en el sur, las Malvinas son algo mucho más cercano que lo que puede ser para alguien que vive en la Capital”, les explica a sus funcionarios. La Presidenta tendrá un escenario para exponer la posición argentina el próximo 14 de junio ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas. No es nada habitual. Incluso es extraño que allí expongan cancilleres, que lo haga un presidente es altamente inusual. Tradicionalmente, Argentina lleva a la reunión a descendientes de los pobladores originales expulsados de las islas y los británicos concurren junto a dirigentes kelpers. Ellos desgranan sus argumentos y luego lo hacen los representantes de los países, aunque el Reino Unido prefiere no hablar dado el previsible voto en contra que recibirá. CFK planea viajar junto a una delegación de dirigentes de la oposición para demostrar que el reclamo constituye una política de Estado. En ese sentido, en el Gobierno destacaron la orfandad en la que quedaron los intelectuales que firmaron una “versión alternativa” al conflicto, que no recibieron el apoyo de ningún partido político.

Esta visión planteaba resignar el reclamo de soberanía en pos de un acercamiento con los isleños, a los que reconoce como sujetos de derecho. La política de seducción de Carlos Menem y Guido Di Tella tenía, en definitiva, un objetivo similar y no obtuvo resultados. La estrategia actual es la que tiene mayor consenso y, si se quiere, coherencia. Un reclamo de diálogo que es avalado por las Naciones Unidas y una denuncia contra la militarización de las islas que tiene la densidad de militar por cada poblador civil más alta del mundo, según aseguran en la Cancillería. La postura viene obteniendo una muy amplia red de apoyo a nivel internacional e, incluso, hay versiones de que un Parlamento europeo –podría ser el de España, que relanzó su reclamo por Gibraltar– haría una sesión especial sobre Malvinas, algo sin antecedentes.

No obstante, ni el funcionario más optimista espera resultados pronto. Conservadores o laboristas británicos no han mostrado diferencias en su postura de defensa a rajatabla de la autodeterminación de los isleños, una política que manejan con criterio ultraflexible, como demuestran los antecedentes de Hong Kong o la isla Diego García, en los que ignoraron olímpicamente los deseos de los habitantes. Realistas, en el gobierno argentino entienden que mucho dependerá de la suerte que corra la exploración de hidrocarburos. Se sabe que hay petróleo, lo que no se conoce es si es suficiente para hacer económicamente viable la extracción offshore, que es muy costosa. “Nunca Estados Unidos o sus aliados dejaron un lugar de aprovisionamiento de petróleo, basta ver lo que pasó hace poco en Libia”, recordaban en la Cancillería. Todos los esfuerzos se hacen sobre la superficie, pero la respuesta podría estar bajo el helado mar.

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