EL PAíS

La larga y rara carrera de Luisito gatronómico

Barrionuevo se autodefine como “catamarqueño, católico, apostólico, romano, peronista” y, en momentos de sinceridad, como “operador todo terreno”. La historia de cómo dejó de ser “El Oreja” para ser “El Canciller”.

 Por Susana Viau

¿Dirigente sindical? ¿Dirigente futbolístico? ¿Político? ¿Entrepreneur? ¿Operador? ¿Un bocón metepatas? Para definir sus ideas siempre apela a una misma fórmula, un patrón multiuso con elementos intercambiables: “Catamarqueño, católico, apostólico y romano” o “peronista, católico, apostólico y romano” y así de seguido, según las necesidades del momento. Para describir el eje de su actividad, “El Oreja” como lo conocían cuando todavía era un segundón en el gremialismo ha sido más rotundo: “Yo soy un operador todo terreno: sindical, empresarial, político, militar o eclesiástico”. En realidad, Luis Barrionuevo es todo lo que dice, pero por sobre todo sería lo que no dice: un poderoso empresario de la salud, negocio cuyo filón descubrió, precisamente, en las organizaciones obreras y casi al mismo tiempo que el único personaje al que jamás denostó en público, su amigo y socio Enrique “Coti” Nosiglia. Con los años perdió el apodo original y comenzaron a llamarlo “El Canciller”, por su lengua suelta y viperina, la única virtud que lo ha hecho célebre.
Trabajó en textiles y en la construcción, donde, dijo, “me martillé todos los dedos”, queja que hoy parece improbable a la vista de las manos cuidadas que adorna con anillo de sello y reloj de alto precio. La amistad de Casildo Herrera y el cobijo de Ramón Elorza lo hicieron crecer en Gastronómicos, aunque de acuerdo a comentarios maledicentes apenas hubiera hecho un paso fugaz por la cafetería de un hotel alojamiento de San Martín. A fines de 1975 protagonizó su primera bronca copando a punta de pistola la sede del sindicato: pretendía desalojar a las anteriores autoridades y establecer una dirección provisoria. La patoteada duró 48 horas, las imprescindibles para que los resortes se activaran y la Justicia repusiera a la dirección que, por supuesto, expulsó a Luisito Barrionuevo. Cuatro años más tarde, por intermedio del coronel Carlos Manuel Valladares, le llegaron la rehabilitación y la devolución del cargo.
La misma dictadura militar que lo reingresó al circuito gremial daría aire a su actual aliado, el dirigente del minúsculo sindicato de trabajadores de cementerios Domingo Petrecca, enviándolo como delegado a la OIT. Barrionuevo tuvo suerte: nadie en el radicalismo recordó los detalles de su retorno o quizá los hombres del gobierno prefirieron ser realistas y aceptarlo como mediador para llevar a un integrante del Grupo de los 15, Carlos Alderete, al Ministerio de Trabajo. Muchos sostienen que es desde esas fechas que Barrionuevo y Nosiglia inician su relación. El -y no hay por qué no creerle– lo ubica, en cambio, en las épocas en que “estábamos yo en la Juventud Sindical Peronista y él en la Franja Morada”. El pacto de colaboración mutua se puso en evidencia en mayo de 1987, cuando Rafael Pascual, puntero radical de Parque Patricios, designó al Oreja como delegado normalizador en la obra social de gastronómicos. Pascual ha contado que no fue por su gusto sino por pedido del entonces ministro de Acción Social Conrado Storani. La espigada silueta del ministro del Interior se perfilaba detrás de la gestión.
Basta la salud
Barrionuevo ha justificado la solidez de esa amistad en que tanto él como el misionero comparten la misma concepción de la alternancia como rito de la democracia. “En la época de la interna el único que creía en Menem era Nosiglia. Gracias a él los menemistas pudimos desarrollarnos. Nosiglia nos ayudaba para que pudiéramos llevar a los chicos a Chapadmalal, nos daba guita en Acción Social, le pedía a su gente que nos diera una mano”. En la interna del PJ los generales del alfonsinismo (Coti Nosiglia era uno de ellos) diseñaron la estrategia del apoyo a Carlos Menem en la creencia, de acuerdo a ciertas versiones, de que semejante candidato era la fosa del peronismo en las elecciones nacionales. Los mismos rumores indican que Barrionuevo puso un millón de dólares a disposición de la campaña del riojano. “No era mi plata –explicó sindiscutir el monto– sino el aporte de empresarios gastronómicos.” En ese millón tal vez estaban incluidas “las manos” que Nosiglia solía darle al gastronómico. A cambio del soporte a Carlos Menem, Barrionuevo aspiraba a dos cuestiones. Y las obtuvo: interventor en el INOS (Instituto Nacional de Obras Sociales), primero, y en la ANSSAL (Administración Nacional del Seguro de Salud), después.
Es probable que ese ascenso vertiginoso haya acercado el ascua a la sardina de la prepotencia barrionuevista: no fueron las desordenadas cuentas de la ANSSAL ni los depósitos de 250 millones de dólares con que el organismo le hacía respiración artificial al saqueado Banco de La Rioja los que provocaron su renuncia sino una frase certera y desgraciada: “Nadie hace la plata trabajando”. Sobrevino el exilio. El sindicalista tenía tropismo positivo para los escándalos, verdadero peligro para un gobierno donde escándalos eran lo que sobraba. Fue así que Luis Barrionuevo encaró un nuevo métier: la presidencia de Chacarita. Precursor en esto de trasvasar el fútbol a la política y viceversa, el menemismo ya había dado el ejemplo del financista Hugo Santilli, empinado a la cabeza de River Plate y de ahí a la presidencia del Banco Nación. A esa tendencia pionera debía sumársele la versatilidad –o dualidad– de quien ya era el “recontraalcahuete”: sindicalista y empresario; peronista y operador del radicalismo; hincha de los funebreros y de Independiente. Se había comprometido a abandonar la conducción de la entidad en el mismo momento en que la hiciera pisar los campos de la Primera A. Lo logró y cumplió, eso sí dejando la plaza cubierta por su hombre de confianza, Armando Capriotti. Pero entre tanto no se privó de revuelos, como el del ‘98, durante el partido con All Boys, al tomar el micrófono de La Voz del Estadio y hacer resonar una opinión incendiaria: “Son unos muertos”. El daría como excusa que: “Me salió el indio de adentro. Pero lo que hice fue prevención”. Se jactaría, asimismo, de haber realizado una labor docente domesticando a la barra brava. Lo hizo con métodos stajanovistas, a golpe de incentivos materiales: entradas, sueldos y hasta pasajes a Francia para el Mundial: “Les bajé línea para que se portaran bien y fueron con un traductor”, admitió. Lo reiteró al preguntársele si había hecho fortuna: “¿Usted cree que no viajo porque tengo miedo a los aviones? –respondió-Mis barras bravas conocen Europa. Yo no”.
Pero Luis Barrionuevo ya había regresado del confinamiento montado en el dudoso éxito del Pacto de Olivos, la componenda que dio a Menem su segunda presidencia y al radicalismo la oportunidad de sobrevivir y que él reconoce como hija suya y del inefable Nosiglia. El gremialista frecuentaba los links y tenía una casa de fin de semana valuada en 250 mil dólares en el country Golfer’s. Su presencia en el PAMI era a esas alturas uno de los tantos secretos a voces que rodaban sobre sus andanzas; se aseguraba que mantuvo un pulso despiadado con Santiago de Estrada para desbancarlo y colocar una ficha en su reemplazo; que controlaba sin discusión la regional Morón; que Medicis, la gran gerenciadora de la provincia de Buenos Aires, le pertenecería, del mismo modo que le pertenecería Abril, la sucesora de Medicis en la lucrativa tarea de llevarse la parte del león por administrar y repartir las cápitas a las clínicas contratadas; que dos de los miembros del directorio le responden ciegamente. En la estructura del instituto, feudalizada por los cacicazgos que extraían de ella dinero para la financiación política y el acrecentamiento de las riquezas de los jefes de tribu, su nombre también se asociaba al de Nosiglia y los dos, se murmuraba, pisaban fuerte. Otra de las verdades que circulan sin confirmarse jamás lo daban, junto a su amigo, como propietario del Sanatorio Güemes, una empresa quebrada que renació al calor de la prestación de servicios exclusivos para las obras sociales.
El ocaso del linaje Saadi y los reiterados fracasos electorales del justicialismo en la provincia hicieron aparecer un recuerdo en los pensamientos de Barrionuevo: era catamarqueño, una condición indispensablepara acceder a la senaduría. Su mujer, Graciela Camaño, era la ministro de Trabajo del duhaldismo. Catamarca se llenó de presentes, subsidios y planes. El Oreja ganó y la Justicia lo puso en el freezer. Su gente organizó un motín de proporciones. El ganó una vez más. Las aguas se aquietaron. Al fin y al cabo, la política es una calesita, como la que compró para su hijo menor e instaló en la esquina de la casa familiar, que dice haber comprado en 59 mil dólares, pese a que el vendedor, el comerciante pariente de los Menem, Abraham Awada, proclame haberla vendido en 180 mil. Igual que en la política, a esa calesita de la calle Martín Lange, de Villa Ballester, “se suben todos los chicos del barrio. Pero la sortija siempre la saca mi hijo”, confesó con la mezcla de desenfado, audacia e incontinencia que le proporcionó su último apodo: El Canciller.

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