ESPECTáCULOS › ENTREVISTA A GRISELDA GAMBARO, UNA FIGURA CLAVE DE LAS LETRAS ARGENTINAS

“El éxito suele ser un malentendido”

La escritora explica qué significado tiene hoy “Dios no nos quiere contentos”, una novela que hasta ahora permanecía inédita en la Argentina. La había escrito y publicado en Barcelona, en 1979, durante su exilio. “Sin educación, con desempleo y hambre, la cultura sufre”, señala.

 Por Silvina Friera

La escritora Griselda Gambaro, que en julio cumplirá 75 años, oficia de guía por la antigua casona de la calle Benito Pérez Galdós, en el corazón del barrio de La Boca. En cada detalle, como la empinada escalera de mármol, en los colores blancos de las paredes, cubiertas de vitraux y en las puertas de roble, emerge una pincelada de armonía y placidez visual que invita a olvidarse del exterior. El taller de su marido –el escultor Juan Carlos Distéfano– es el refugio que la narradora y dramaturga utiliza cuando aparece por la ciudad para dar entrevistas. Hace años que optó por la tranquilidad de su hogar en Don Bosco (sur del Conurbano bonaerense), elección que la mantiene alejada de los “ruidos” porteños, los estrenos teatrales y demás formalidades. Autora de destacadas obras como El desatino, Las paredes, El campo, Dar la vuelta, La malasangre y las más recientes De profesión maternal, Mi querida y Lo que va dictando el sueño, entre otras, Gambaro sabe que existen formas de torcerle el brazo a la censura, de subsanar los daños causados por un puñado de “ignorantes” que ven en los libros ideas y, por lo tanto, peligros inminentes. La reciente publicación de su novela Dios no nos quiere contentos (Norma), que escribió y publicó en Barcelona en 1979 durante su exilio, representa una victoria contundente contra los censores que prohibieron sistemáticamente sus libros y la representación de sus obras de teatro durante años.
Mujer menuda, cordial y de un sobrio sentido del humor, Gambaro dice que vive para escribir el mundo mediante las palabras, “amantes, fieles, compañeras y traidoras”, según las define. “La tarea de un escritor es revalorizar las palabras, darles sentido dentro del texto y recobrar la legitimidad de aquellas palabras que los usos políticos, sociales y cotidianos deforman y corrompen”, advierte. La espesura de sus textos, el dispositivo de su maquinaria narrativa y dramática dan cuenta de la pasión que siente por la escritura. La costumbre, poderoso regulador social, opera en Gambaro como un paliativo: “La normalidad desmiente el accidente”. En Dios no nos quiere contentos los silencios conforman un territorio privado de la palabra, donde la miseria y el desamparo proliferan como hongos. La escritora coincide en que el gran desafío de esta novela –en rigor de todo lo que ella escribe– es devolverles a las palabras sus sentidos primigenios.
Tristán, héroe trágico del relato, es un niño huérfano que frente al derrumbe de su casa y la muerte de sus padres adoptivos sólo encuentra esperanza en un deseo incipiente: “Tengo que cantar”, dice. Pero, cada intento lo dejará en una posición incómoda, cercana al ridículo. Aunque se aferre a María, una niña marcada por la fatalidad de un horizonte estrecho y sin salida, y luego a la Ecuyere, una contorsionista y trapecista que alterna funciones en distintos circos y padece la humillación y la burla de sus ocasionales patrones, los fracasos de Tristán se reiteran y la abrumadora circularidad de su penuria parece infinita.
“Volví a conectar con este texto, siempre con cierta distancia porque no en vano pasan los años. Escribí unas pocas páginas acá, lo cual me vino muy bien cuando llegué a España para tener algo en las manos”, confiesa con serenidad. “Siempre le tuve cariño porque es una novela destinada a la Argentina y verla publicada me resulta muy gratificante, porque mi trabajo encuentra por fin su destinatario: el lector argentino”, comenta en la entrevista con Página/12.
–¿Cuáles fueron las primeras imágenes que le permitieron escribir Dios no nos quiere contentos?
–El personaje de Tristán, que luego retomé en dos novelas: la inédita Promesas y desvaríos y Después del día de fiesta. Al principio lo único que sabía era que ese personaje quería aprender a cantar. Después, apareció la imagen de una casa en donde ocurrían acontecimientos extraños y muy crueles, que finalmente descubrí que era un prostíbulo. Un personaje llamó al otro y cuando quise acordarme ya tenía el diseño de la novela. Lo que une a las tres novelas es el protagonista, Tristán, pero los hechos narrados en cada una son distintos y autónomos.
–¿La contorsionista es uno de los personajes más complejos y arbitrarios de esta novela?
–Sí, pero no el único. La Ecuyere surgió por mi contacto con el universo creativo y emocional de los actores y actrices. De ellos, tomé prestadas algunas de las características de la contorsionista: el temor de ser emulada o superada por sus colegas, el resquemor por la competencia y la exposición, la fragilidad ante la crítica, el deseo constante de ser aplaudida y amada por su trabajo.
–¿Recuerda cómo surgió el título de la novela?
–Esta frase la repetía una amiga mía a instancias del poeta y editor José Luis Mangieri. La madre de Mangieri solía decir que “Dios no nos quiere contentos”, ante cualquier circunstancia desgraciada y yo me apropié de esta frase, que no tiene un sentido estrictamente teológico en la novela. Incluso, este pensamiento en la voz de la Ecuyere va más allá de una interpretación de tipo religioso. Ella dice que “Dios odia la alegría porque está hecho a nuestra imagen y semejanza”.
–¿Por qué su narrativa quedó eclipsada por su producción teatral?
–Fui la primera que colaboré con este eclipse porque siempre alterné el teatro con la edición de novelas y cuentos breves. Cuando empecé a editar lo hice en pequeñas editoriales con mala distribución. En cambio, el teatro, al ser un arte colectivo en donde intervienen actores o directores más conocidos que la autora, tiene un mayor impacto en los medios. Además, la primera obra que estrené, El desatino, provocó un gran escándalo y me dio cierta notoriedad. Desde entonces, la atención estuvo centrada en mis piezas teatrales. Con la publicación de Lo mejor que se tiene y de mis obras narrativas inéditas se está modificando esta tendencia.
–¿La novela es un espacio de mayor libertad creativa en comparación con el teatro?
–No, porque lo importante es tener el oficio, saber cómo escribir. Cuando surge la necesidad, o la primera imagen para escribir una novela, el texto dicta sus propias reglas y una se limita a dejarse llevar.
–El desatino fue cuestionada por la crítica por ser una “obra extranjerizante” y “mal construida”. ¿Cómo sobrellevó esa situación?
–Esas son apreciaciones que tienen que ver con lo externo. En el fondo, una está siempre a solas frente a una página blanca y eso no cambia. Además, lo que suele llamarse prestigio o éxito suele ser un malentendido. De cualquier modo, lo gratificante es que el trabajo repercuta en el plano personal de mis lectores. Este es el auténtico termómetro para evaluar si el esfuerzo y el trabajo no han sido inútiles.
–En El campo su dramaturgia se anticipó al horror de la dictadura ¿Considera “visionarios” a sus textos?
–Visionaria es una palabra que me queda grande. Pero si uno pretende estar conectado con la sociedad, puede detectar rasgos que no aparentan ser tan drásticos y crueles, pero que lo son. Simplemente un escritor registra esos datos. Cuando escribí El campo, en el gobierno de Onganía, ya había una amenaza latente en la sociedad que no hice más que registrar.
–¿Su escritura ha incidido sobre esa realidad que registra?
–Lo que hace es sensibilizar, aclarar, pero la incidencia sobre el conjunto de la sociedad es mínima porque siempre trabaja individualmente, subterráneamente a lo largo del tiempo y ahí, en ese transcurrir, sí puede modificar algo de esa realidad, aunque no de manera drástica ni directa.
–Sus primeras piezas se estrenaron en el Instituto Di Tella, pero usted aclaró que no se sentía identificada con esa vanguardia. ¿Cómo fue esa relación?
–Nunca me sentí parte ni cercana al Di Tella. Sin embargo, siempre agradezco el espacio que me brindó ese lugar, porque me permitió estrenar mi primera obra en las mejores condiciones posibles. El Di Tella fue un espacio de libertad muy grande, pero no sé si –en una época muy politizada– respondía a las expectativas sociales que había a su alrededor. Sin embargo, no se puede desconocer que fue un espacio que todavía no ha podido ser reemplazado.
–¿Cómo ve el panorama actual de la cultura en la Argentina?
–Creo que no sólo hay que estimular los megaeventos sino que la cultura debe ser la voz de la sociedad toda. La responsabilidad es del conjunto de la sociedad y de la situación general del país. Sin educación, con desempleo y hambre, la cultura sufre. Me preocupan más estos problemas que ciertos logros que finalmente terminan siendo para una minoría.

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Gambaro tiene gran prestigio como dramaturga, pero su narrativa, injustamente, tiene menos difusión.
 
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