EL PAIS › MARCELA BUBLIK, AUTORA DEL LIBRO SOBRE LA HISTORIA DE ROSA ROISINBLIT, VICEPRESIDENTA DE ABUELAS

“Siempre tuvo una pulsión para seguir”

Abuela. La historia de Rosa Roisinblit, una Abuela de Plaza de Mayo es el libro que escribió Marcela Bublik sobre la vida de la vicepresidenta de Abuelas. Dice que no es una investigación periodística, sino “un libro amoroso”.

 Por Adriana Meyer

Los caminos de Rosa Roisinblit y su biógrafa se cruzaron de casualidad. Marcela Bublik, escritora y compositora, ganó el primer premio del concurso Letras por la Identidad que habían organizado las Abuelas de Plaza de Mayo y la Secretaría de Cultura en 2004. “¿Bublik? ¿Tenés algún parentesco con Toto?”, le preguntó la vicepresidenta de Abuelas a la autora. Cuando le respondió que era su papá, Rosa dijo: “Es un chico de mi pueblo”. Aunque se llevaban diez años, habían sido vecinos en Moisés Ville, en Santa Fe, escenario de su infancia como hija de inmigrantes judíos devenidos campesinos, y que dejó para ir a la gran ciudad a trabajar como partera. Abuela. La historia de Rosa Roisinblit, una abuela de Plaza de Mayo, reconstruye esos primeros años, la describe como mujer enamoradísima y madre dedicada a la educación de su única hija, que tenía su profesión, pero cumplía el mandato de preparar la comida. Hasta que fue “lacerada por la más cruel de las crueldades”, el secuestro y desaparición de su hija, Patricia Roisinblit, embarazada de ocho meses. El libro muestra la transformación de Rosa, entregada a la búsqueda de los hijos de desaparecidos y desaparecidas, en una dirigente de derechos humanos, una travesía que va desde no querer saber sobre “ideología y metodología” de la militancia de Patricia hasta convertirse ella misma en un ser político.

Bublik aclara en su introducción que no se trata de un “documental institucional, ni de una investigación periodística, sino de un ‘libro amoroso’”, una autobiografía dialogada, armada con horas de charlas con la protagonista y decenas de entrevistas a sus allegados, con muchos adjetivos, pero que no la hacen menos rigurosa. Hay textos que invocan, como el capítulo referido a Patricia, y otros que forman un collage de géneros y estilos. “Es un tema muy doloroso, pero en un relato donde hay momentos de humor, de suspenso narrativo, con una línea dada por los títulos de los capítulos que se refieren a canciones”, dice Bublik en diálogo con Página/12. La primera parte está dedicada a “cuatro mujeres fuertes, cuatro mamushkas”: la mamá de Rosa, la propia Rosa, su hija Patricia y su nieta Mariana.

–¿Por qué Rosa?

–Sucedió. Fue a partir de ese episodio del día en que anunciaron el premio, cuando Rosa, que presidía la mesa, descubre que soy la hija de su vecino de Moisés Ville, aunque ahí todos son vecinos. Mi papá ya falleció, pero estuvo cuando Rosa me entregó el premio, en el teatro Cervantes. Justo era mi cumpleaños y tenía a mis amigos que me cantaban desde el público. Ahí, mi amiga Patricia Barone me dijo: “Bublik, no sé cómo vas a hacer el año que viene para superar todo esto”.

–¿Qué dice el libro sobre Rosa que impulse a leerlo?

–Hay aspectos de su vida que no son conocidos públicamente que tienen que ver con sus raíces, su cultura y su identidad, que luego se relacionan con cómo encaró eso que no eligió. Cuando una persona tiene una incidencia tan fuerte por su trabajo, personalidad y trayectoria, es interesante saber cómo empezó, por qué encaró lo que le tocó vivir de esa manera. Fue un trabajo largo e intenso, pero muy placentero, muy amoroso. La lucha de las Abuelas es algo que tiene que ver conmigo, está en mi corazón. Yo también conocí muy tempranamente los efectos del terrorismo de Estado.

–¿Por qué?

–Mi ex marido tiene a su hermano desaparecido, estuvimos afuera, uno de nuestros hijos nació afuera, esa ausencia siempre fue una presencia muy clara desde la época en que muchos no entendían bien qué estaba pasando. Además, también tocó mis raíces, todos los veranos de mi infancia iba a ese pueblo. Mi viejo era escritor y médico, hacía ficción, así que crecí rodeada de palabras e historias, y muchas se tejían con esto de las raíces.

–En el prólogo, el rabino Daniel Goldman recuerda que apenas conoció a Rosa ella le dijo que la comunidad judía durante la dictadura no había estado a la altura de las circunstancias. ¿Coincide?

–No soy una judía practicante, ni tengo lazos con la comunidad, pero sí, coincido. Fueron muy pocos los que se jugaron como el rabino Marshall Meyer, de quien Goldman es discípulo.

–Goldman también expresa una interesante sugerencia, que las Abuelas deberían ser también candidatas al Nobel de Medicina por el efecto sanador de su labor. ¿Qué le parece?

–El pone el énfasis en la profesión de Rosa, juega con las palabras y las ideas, pero también lo dice por las investigaciones sobre ADN que se profundizaron en el mundo por el impulso y la búsqueda de las Abuelas. Ellas estaban atentas a todo lo que pudiera ayudar. Un día vieron una nota en el diario El Día sobre un padre que no reconoció a su hijo, y ahí se les ocurrió que esto también podía servir para identificar con precisión científica a sus nietos. Los mismos genetistas dicen que fueron tocados por el pedido de Abuelas.

–¿Tuvieron algunas disidencias?

–No, sólo puntos de vista referidos a algunas cuestiones políticas o humanas, pero en lo macro hay coincidencias. Rosa no maneja la computadora y ahora le cuento todo lo que pasa en Facebook, para administrar la página del libro tuve que abrirlo. Le voy contando a Rosa, o nos vemos y llevo mi netbook, como cuando la llevaba a trabajar con el libro en su casa. Fueron horas enteras en aquel momento y ahora nos seguimos viendo, la llevamos a algún concierto o la invitamos al cine. Una vez me dijo que le gustaban las películas de Greta Garbo, entonces le grabamos una y cuando se la mostramos, vino su hermana. Tenías que verlas, fascinadas como dos nenas. Rosa tiene una mente muy abierta, la veo como una persona que guarda en un arcón toda su ternura, que no se ve a primera vista y yo la supe encontrar.

–¿Rosa es una mujer que se reinventó?

–Sí, tuvo que refundarse en distintos momentos. Antes del secuestro de Patricia, nunca entró en su cabeza tener participación pública ni militante en cuestión alguna. No enjuicio a quienes no pudieron, pero ella arremetió con todo. Con miedo, pero tuvo que pasar por arriba del miedo.

–Y en una primera etapa estuvo sola.

–Pero tuvo una pulsión para seguir. En la lucha de Madres y Abuelas se reivindica el empuje y la unión de las mujeres, pero Rosa también habla de los hombres que estuvieron esperándolas en la otra cuadra, ellas veían que siendo mujeres no eran blanco tan fácil de ataque, si iban ellos al frente, iban a estar más expuestos. Muchas mujeres tenían a su hombre, pero Rosa no tenía a su hombre, con su marido había tenido una historia de amor muy profunda, romántica, de compañía intelectual, pero murió antes de que Patricia empezara a militar. Al principio estaba muy sola, pero ella reivindica que hay amigos que siempre estuvieron a su lado.

–¿Cómo cambia Rosa cuando aparece el nieto, en 2000?

–No fue fácil esta historia. La están reconstruyendo, hubo momentos de distancia, en el libro dice cuándo fueron. Ahora creo que se están acercando, ella valora mucho cada momento a su lado.

–¿Con su otra nieta también tuvo sus momentos de distancia?

–Son momentos de crecimiento, de adolescencia, no fue fácil la vida de ninguna de ellas. Los conflictos y aprendizajes que no se hacen de manera normal, y en un momento de rebeldía en que una se la agarra con la madre, y si la mamá no está, las figuras de las abuelas ejercieron ese rol.

–¿Qué aprendió con este libro?

–Aprendí un montón sobre Rosa, sobre las Abuelas, y también sobre mí. Descubrí qué fuertes eran algunas cosas vinculadas con mis raíces, las resignifiqué, cosas que recibí en mi infancia. Y me fortaleció acercarme a gente de los organismos de derechos humanos, cada entrevista que hice me enriqueció, me permitió entretejerme con ese relato, sentirme más cercana, se resignificaban cosas que viví en la dictadura, y también reencontré cosas de mi viejo, de la vida comunitaria y del pueblo. Rosa me contó que mi abuela, que era directora de la escuela de Moisés Ville, le dijo a su mamá cuando ella tenía cuatro años que “esa nena tiene que ir a la escuela”, y ella pensó “ufa” (risas). Escribí este libro en un momento difícil mío y este proceso me curó, me conectó con la alegría, a pesar del tema tan trágico con el que estuve. También fue muy intenso lo que pasó con las entrevistas con las amigas de Patricia, con una terminamos amigas nosotras. Ellas me ayudaron a darle carnadura, me conectaron con Patricia persona, más allá de la militante o alguien que está en la historia. Me dieron a Patricia, y me dijeron que gracias al libro ellas también se reencontraron.

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Marcela Bublik, escritora y compositora, ganó un concurso organizado por Abuelas en 2004.
Imagen: Rafael Yohai
 
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