EL PAíS › OPINION

¿Sólo una interpretación?

 Por Eduardo Aliverti

Roberto Lavagna cometió el jueves pasado una verdadera chiquilinada, que hubiera terminado allí si no fuera por lo que el hecho podría significar hacia futuro en cuanto al registro de la situación económica general con que se maneja el Gobierno.
Lo más grave no fueron sus disidencias con el INdEC, ni con periodistas, ni con economistas, acerca de las cifras de desocupación. En todo caso eso fue lo más patético, porque es el propio ministro de Economía quien reconoce la incidencia, en los “puestos de trabajo” (?) creados, de los planes Jefas y Jefes. Puestos que buena parte son en negro (para no hablar de los montos). Y datos todos explicativos de que justamente por eso creció la pobreza, en tanto la inflación y las reducciones de ingresos se comieron el efecto del asistencialismo gubernamental. Desde el mismo momento en que se le llama “empleo” a un número que incluye el enorme porcentaje de limosnas oficialistas –capaces, eso sí, de haber evitado un estallido social explícito– estamos ante una inmoralidad discursiva. Sin embargo, vale insistir en que ello no pasa de ser un aspecto condenable de las apreciaciones de Lavagna (que además habla muy mal de él técnicamente).
El nudo de la cuestión es otro, y no es ninguna novedad: ¿cuál es el sentido de obsesionarse con punto más o punto menos si se la mire por donde se la mire hay la única sentencia de un país con la mitad de su población sumergida en la pobreza y la indigencia? Salvo contadísimas excepciones, un funcionario sólo llama a conferencia de prensa cuando tiene buenas noticias. ¿Lavagna cree de verdad que hay algo así en los números de desocupación y pobreza? ¿Acaso se sintió forzado a una visión “optimista” porque las cifras involucran su paso por la gestión de Duhalde? ¿Prefirió atacar primero a sabiendas de que el cuestionamiento sería inevitable? Cualquiera sea la hipótesis, el ministro contorneó por primera vez una imagen de persona aislada de la realidad. De manera que la gran pregunta es otra: ¿se trata simplemente de un yerro de apreciación estadística o Lavagna piensa que verdaderamente las cosas están mejor? Desde ya que lo están comparadas con la explosión de la convertibilidad pero, en tanto eso es como ir perdiendo 10 a 0 y ponerse contento porque se llegó al área rival y un tiro salió cerca del poste, ese criterio no resiste al sentido común. En consecuencia, resta especular con que el ministro realmente ve un país recomponiéndose no de su emergencia sino de su drama estructural. Es en esa deducción donde se encierra la gravedad de los dichos de Lavagna, mucho antes de que en su ensimismamiento numérico o en el fastidio con que respondió a las inquietudes periodísticas.
Por cierto, no es el único signo que habla del jefe de la cartera económica como un hombre apegado a desentenderse de las urgencias. Lo cual no tiene nada de malo si el punto es, por ejemplo, rechazar las apretadas del Fondo Monetario o de las empresas privatizadas (que, de cualquier forma, no corre por su cuenta sino por la del Presidente o algún otro miembro del gabinete). Pero sí cuando es desentenderse de la terrible cantidad de argentinos que no pueden ni deben seguir esperando una reparación. Lavagna siempre deja la impresión de ser un tipo que patea todos los problemas para delante. Aquello de hacer la plancha, en el convencimiento de que el techo que alcanzó la crisis le permite un plafond de tiempo largo sin necesidad de grandes medidas. De hecho (y se lo remarcan cada vez más a derecha e izquierda), fuera de las declamaciones presidenciales no hay casi indicio alguno del modelo de economía que pretende(ría) instaurarse, ni de grandes líneas particulares en materias como actividad productiva, salud y educación.
Hasta el momento, da la sensación de que en lo económico el Gobierno sólo se preocupó por construir una política de gestos. Un marco donde Lavagna encaja como el “modoso” que pone paños fríos a las ofensivas del discurso progre. Sin ir más lejos, Kirchner resolvió no asistir nada menos que a laceremonia oficial de la Rural. Lo cual tiene como único metamensaje el de “mi alianza no es con ustedes ni con lo que ustedes representan”. El pequeño detalle va de suyo: apoyarse exclusivamente en la gestualidad tiene un límite, cuya cercanía volvió a quedar corroborada en estos días gracias a las archiconocidas exigencias del FMI. Más modestas que otrora. Pero aun cuando el organismo –por los motivos que fueren– mostrara la .buena voluntad. de no ahorcar al país con demandas incumplibles de superávit fiscal, la ecuación social no cierra por ninguna parte si el desafío es de verdad mejorar la calidad de vida de las mayorías en vez de estabilizar pobreza e indigencia en los números actuales. ¿Y cómo se hace semejante cosa sin un inevitable enfrentamiento con las corporaciones que se adueñaron de la riqueza y de la distribución del ingreso?.
Bien lo señaló Alfredo Zaiat en su columna de Página/12, el viernes, a propósito de la infeliz rueda de prensa de Lavagna: “... Sería más ilustrativo analizar el comportamiento de fijación monopólica de precios de un grupo de empresas, en especial las vinculadas al consumo masivo, que han vuelto prohibitivos muchos de los alimentos básicos de una familia”. Esos son, entre otros, los pulpos contra los que tarde o temprano no hay gestos que valgan. Hay acción o hay derrota inevitable. Será entonces cuando se compruebe si interpretaciones como las de Lavagna responden a deslices pasajeros o a concepciones permanentes.
Y sin son apenas cosa suya o comprenden a un gobierno que en ese caso estaría dispuesto a liquidar de la noche a la mañana todo el favor social que ganó hasta aquí.

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