EL PAíS › OPINION

Socialdemocracia y “populismo”

 Por Mario de Casas *

La tan curiosa como plena presencia de la ideología neoliberal en los discursos de la oposición autodenominada de “centroizquierda” se explica –no obstante los rotundos fracasos económicos de esa hegemonía– por cuanto el neoliberalismo es una cosmovisión: un discurso económico y político, una concepción de la condición humana y del individuo, y una cultura –sistema de valores, conductas y construcciones simbólicas– que aún ejerce una fuerte y extendida influencia.

Esta realidad sería sólo objeto de interés académico si no fuera porque la anunciada alianza electoral entre ese variopinto “centroizquierda” –FA-Unen– y la derecha –PRO– podría alcanzar un interesante de-sempeño electoral en 2015.

No me refiero solamente a discursos que se dicen desde el “centroizquierda” pero pertenecen a una derecha pura y dura, como los cuestionamientos que hizo en su momento el actual presidente de la UCR a la Asignación Universal por Hijo. Estos casos están más cerca del ridículo que del equívoco.

Las cosas cambian cuando se analiza, por ejemplo, la intervención de la senadora nacional por Mendoza durante el último informe de gestión del jefe de Gabinete: dijo pertenecer a un partido –la UCR– “profundamente socialdemócrata” que conforma el FA-Unen “instalado en el centroizquierda”, para disputar el poder “al populismo que gobernó 22 de los 30 años de democracia”.

Para nadie que revise la historia de la socialdemocracia –en cualquiera de sus versiones–, pasaría inadvertido que desde mediados de los ’70 del siglo pasado fue arriando paulatinamente sus banderas, justificando y ejecutando en el norte las políticas que dictaba la ideología dominante.

Este proceso tuvo incidencia directa en la región, no sólo porque contribuyó a poner graves obstáculos a transiciones democráticas como la nuestra –baste recordar su consentimiento a la exigencia sin contemplaciones de cancelación de una deuda tan ilegítima como impagable–, sino también porque operó como plataforma de una nueva colonización ideológica de los partidos que se reivindicaban socialdemócratas; de tal suerte que, en la mayoría de los casos, aplicaron esas políticas cuando les tocó gobernar.

Tanto es así que, siguiendo incluso el esquema simplista de la senadora, Domingo Cavallo –ejecutor e ícono máximo del neoliberalismo autóctono– culminó su lamentable derrotero conduciendo la política económica del último gobierno socialdemócrata que tuvo el país, cuya caída aquel trágico diciembre de 2001 derivó en un colapso general que llevó a extremos nunca vistos el padecimiento de sectores populares y capas medias, consecuencias directas de los doce años que abarcó la fase superior del experimento neoliberal entre nosotros.

Se trata de hechos incontrastables que después de 30 años de democracia nos obligan, cuanto menos, a tomar distancia de esos discursos que identifican socialdemocracia con izquierda y progresismo: los planteos de nuestros “progres” están muchas veces asociados a nuevas formas –y no tan nuevas– de neoconservadurismo socioeconómico. Con determinados componentes culturales encubren el rechazo a políticas de solidaridad y cambio social profundo que –se piensa aunque no se diga– afectarían el bienestar económico de sectores adherentes a una especie de narciso-progresismo.

En esta línea, pretenden estigmatizar los procesos transformadores que hoy vive la región mediante el uso descalificador del término populismo. Sin entrar en disquisiciones teóricas sobre este fenómeno, se deduce que ni uso ni destinatarios son casuales: “populismo” suele ser la palabra con la que el liberalismo nombra aquellas instancias democratizadoras que dan respuesta a las necesidades y derechos de los sectores sociales que sus políticas ignoran.

* Ingeniero civil.

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