EL PAíS › TULIO HALPERIN DONGHI MURIO AYER A LOS 88 AÑOS

Se fue una parte de la Historia

Fue uno de los historiadores argentinos más destacados de las últimas cuatro décadas. Renunció a su cátedra por su oposición a la dictadura de Juan Carlos Onganía y se exilió en Estados Unidos. “Fui antiperonista casi como un destino; no es que lo eligiera”, se definió él mismo.

 Por Silvina Friera

El caballero de la historia argentina, menudo como un soplo, supo que la faena del historiador es inexorablemente política. Que nadie puede estudiar la Revolución Francesa o la Revolución Rusa como si estuviera investigando la vida de las hormigas o de las abejas. “Toda mi vida fue afectada por la política. Fui antiperonista casi como un destino; no es que lo eligiera, ahí caí y afronté las consecuencias. Nunca se me ocurrió hacer otra cosa. Pero en algún momento eso empezó a aburrirme, y afuera se hacía incomprensible que todos, peronistas y antiperonistas, se calentaran tanto por cosas que desde el exterior no se veía por qué eran tan importantes.” Tulio Halperin Donghi, uno de los historiadores argentinos más destacados de las últimas cuatro décadas, murió ayer a los 88 años, informaron desde la editorial Siglo XXI. “No sólo perdemos al autor de una obra excepcional, dueño de un pensamiento sagaz, irónico e imposible de reducir a cualquier tipo de esquematismo, inspirador de tantos autores más jóvenes, sino también a una persona que acompañó desde sus inicios nuestro proyecto editorial, tanto en México como en la Argentina –afirmó el editor Carlos Díaz a través de un comunicado–. En 1957, Arnaldo Orfila Reynal, fundador de Siglo XXI y gran amigo de Tulio, le encargó un libro, que terminó siendo nada menos que Revolución y guerra, una de sus obras fundamentales, publicada por primera vez en 1972.”

En la antología Discutir Halperin (El cielo por asalto, 1997), en la que un grupo de historiadores e intelectuales reflexionan acerca de las contribuciones del autor de Una nación para el desierto argentino (1982) a la historia argentina, Ignacio Lewckowicz intentaba definir su complejo objeto de estudio. “¿Quién es Halperin? El agudo historiador que supo penetrar en habitaciones secretas del archivo. El emigrado que en la distancia alcanza una lucidez triste y serena. El elegante animador de veladas selectas. El tenaz antihéroe moderno, convertido por ello en héroe posmoderno. El oráculo que –en irónico enigma– enuncia la verdad para quien sepa la cifra [...] El delicado equilibrio entre dandismo y nihilismo. El viejo gorila.” Halperin Donghi nació en Buenos Aires el 27 de octubre de 1926. Aunque empezó estudiando química, pronto abandonó sus estudios por la historia. Cursó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales en Buenos Aires (1950) y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), entre 1952 y 1954. Se graduó de abogado (en 1952), profesor en Historia (1954) y doctor en Filosofía y Letras (1955).

En 1960 Halperin fue becado por la Comisión Nacional de Investigaciones Científicas y viajó a Londres para estudiar las relaciones económicas entre Argentina e Inglaterra en el siglo XIX. También estudió en la Universidad de Turín y en la Ecole Pratique des Hautes Etudes de París. José Luis Romero y el francés Fernand Braudel fueron figuras decisivas en su formación. “En cuanto a historia argentina, mi primer maestro es uno considerado muy malo: Vicente Fidel López, cuya historia leí, como si fuera una novela, en las vacaciones antes de entrar en el colegio secundario”, recordaba el historiador. Ya su primer libro publicado, El pensamiento de Echeverría (1951), abrió una línea novedosa de reflexión sobre la figura del intelectual y el trabajo historiográfico en América latina. Ejerció la docencia en la Universidad de La Plata y en la de Buenos Aires hasta 1966. Ese año renunció a su cátedra por su oposición a la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) y se exilió en los Estados Unidos, donde desde 1971 fue profesor en la Universidad de California, Berkeley.

La vuelta de la democracia implicó el regreso de Halperin Donghi a la docencia en las universidades argentinas. Recibió el Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Luján (1992) y de la Universidad Nacional de Córdoba (1993) y dos Premio Konex de Platino a las Letras en la disciplina Historia en 1994 y 2004, por mencionar un par de reconocimientos. Entre sus principales libros se destacan El revisionismo histórico argentino (1970), El ocaso del orden colonial en Hispanoamérica (1978), Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino (1791-1850) (1982), José Hernández y sus mundos (1985), De la revolución de la independencia a la confederación rosista (1987), La democracia de masas (1991), La larga agonía de la Argentina peronista (1994), La república imposible (2004), El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional (2005) y Son memorias (2008) y el último libro que publicó este año, El enigma Belgrano. Un héroe para nuestro tiempo, un trabajo en el que postula una serie de claroscuros que retratan al prócer más venerado por la historiografía como un hombre escindido entre las expectativas depositadas en él y su capacidad para estar a la altura de las circunstancias. Una semblanza no exenta de polémica, que se lee a contrapelo de la versión que presenta a Belgrano como un emblema de virtudes cívicas. “En la memoria argentina Belgrano es el único entre los personajes venerados como Padres de la Patria cuyo derecho a ser tenido por tal no ha sido impugnado por una comunidad historiadora que, lejos de pasar por alto los reveses, que en su breve carrera abundaron más que los éxitos, ha venido explicándolos a partir de limitaciones de las que ha levantado un cada vez más minucioso inventario”, planteaba el historiador.

La unanimidad es el sueño de los autoritarios camuflados de demócratas. Halperin Donghi ponía el cuerpo en la polémica y podía ser –y muchas veces lo fue– políticamente incorrecto. Norberto Galasso lo criticó porque en La democracia de masas relativizó los bombardeos a la Plaza de Mayo en junio de 1955. Su profusa obra seguirá siendo leída en el sentido de que toda lectura es un acto de interpretación intensa, no exenta de entreveros y equívocos. Una anécdota que contaba tal vez pueda sintetizar los problemas que enfrentan aquellos que andan con las manos en la masa de la historia: “Una vez le oí decir a Juan Carlos Garavaglia que escribir historia es como andar en bicicleta, en cuanto a que apenas uno se pregunta cómo puede avanzar en un mundo de tres dimensiones sostenido en ese ridículo aparato bidimensional lo primero que descubre es que ya no puede”.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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