EL PAíS › OPINION

El desplome de la socialdemocracia

 Por Carlos Raimundi *

En Bruselas, durante la última semana, compañeros de izquierda de Argentina, Brasil, Chile, México y Uruguay y de países europeos debatimos la agenda de nuestra relación. Lo que sigue es parte de mi ponencia.

¿Qué puede legitimar más a un sistema político que comprobar si conduce o no a la felicidad del pueblo? La integración europea fue, en otros tiempos, un modelo de arquitectura institucional que hizo vivir mejor a los europeos y convirtió a Europa en la región socialmente más cohesionada del planeta.

Luego, en plenos años ’90 del neoliberalismo, esa arquitectura exitosa del Estado de Bienestar dio paso a un esquema puramente financiero. Por el Acuerdo de Maastricht de 1992, los países que aspiraran a entrar en el euro debían comprometerse con límites muy estrictos en cuanto a endeudamiento, inflación y déficit fiscal. Metas de orden monetario y financiero, en lugar de las de corte social y productivo que habían dado origen a la integración europea.

Estas metas financieras tan rígidas se exigieron por igual a países con estructuras sociales y productivas muy dispares, lo que hizo que aquellos países más rezagados en sus estándares tecnológicos o de productividad no pudieran cumplirlas al mismo nivel que los más avanzados. Mientras el ciclo financiero europeo fue exitoso, países como Grecia, Portugal y la propia España disimularon sus desventajas de competitividad o tecnológicas por vía de la liquidez monetaria. Pero ante el estallido de la crisis financiera, no tuvieron otro camino que sobreendeudarse y recurrir al ajuste social.

Aquella quimera de un euro que se apreciaba frente al dólar y multiplicaba la tasa de ganancia bancaria sin control estatal terminó haciendo estallar la burbuja inmobiliaria en España, despojó de miles de viviendas a quienes no podían pagar sus créditos y a partir de ello generalizó la crisis. Devenida la crisis, aquellos mismos bancos que habían sido refractarios a la regulación de los Estados acudieron a ellos para suplicar un salvataje mediante fondos públicos, cuyos propietarios eran, en definitiva, las mismas personas a quienes el sistema les había quitado sus casas.

Las y los europeos nunca votaron para tener una crisis como la de los últimos tiempos, ni para sobreendeudarse ni para sufrir un ajuste. Votaban, pero no decidían. Y es así que esa distancia creciente entre la voluntad del votante y la decisión política de la superestructura, fue lo que deslegitimó a aquel sistema político. Por haber renunciado a su razón originaria de hacer más feliz la vida de los pueblos.

Algunos políticos del sistema tradicional europeo –especialmente los socialdemócratas, que cargan con valores históricos como la igualdad social, la fortaleza reguladora del Estado, el control a las empresas– se muestran perplejos, asombrados y molestos por la aparición de fenómenos políticos como Syriza, Podemos o las izquierdas de Alemania o Portugal. Sin embargo, el asombro debería ser inverso. Es decir, lo que hubiera debido causar perplejidad es que esos nuevos fenómenos sociales y políticos no hubieran aparecido.

Como nota al margen, es precisamente a esa decisión de varios líderes populares de América latina de acortar la distancia entre la voluntad de los pueblos y sus decisiones políticas, a lo que el discurso del poder y sus acólitos llaman despectivamente “populismo”, del cual nos sentimos orgullosos.

Es increíble que la socialdemocracia europea, otrora con líderes como Olof Palme y Willy Brandt, se ubique hoy más cerca de los partidos conservadores para mantener los privilegios de un sistema político autorreferencial y endogámico que ha demostrado su fracaso, que de interpretar en términos autocríticos por qué han aparecido opciones que levantan su misma agenda histórica, y a las que ven como competidoras.

Para quienes sienten profundamente la necesidad de recuperar los principios fundadores del Estado de Bienestar, hoy los gobiernos populares de América del Sur son una referencia. En algunos aspectos, debido a los grandes cambios que expresan las nuevas constituciones, como las de Bolivia y Ecuador. Pero desde la perspectiva de la autonomía financiera, la referencia es el gobierno argentino, en tanto su política rompió con el mito fundador del sistema, que dice que no hay vida económica, política y social por fuera de él.

Por implosión del mercado, la Argentina entró en default en diciembre de 2001 y se vio restringida de acceder a las plazas financieras tradicionales. A partir de ello, el presidente Néstor Kirchner inició un exitoso proceso de reestructuración de su deuda. Una década después, no sólo la Argentina no ha sucumbido, sino que la relación entre la deuda y el producto tornó absolutamente manejable, acaricia su autoabastecimiento de energía y ha mejorado sensiblemente todos sus indicadores sociales.

Por último, mientras los sectores populares y democráticos de América latina estamos empeñados en sostener y profundizar el camino asumido desde principios de este nuevo siglo, la socialdemocracia de Europa debate la posibilidad de un amplio acuerdo comercial y de servicios con los EE.UU. Las nuevas expresiones de la izquierda procuran, en cambio, rearticular su modelo productivo con autonomía de la extorsión financiera.

Bajo la excusa de que Europa debe acceder a nuevos mercados, ese tratado transatlántico deja en manos de las empresas trasnacionales la fijación de todos los estándares de producción, y establece que serán instancias judiciales privadas y no públicas las encargadas de dirimir las controversias entre los grandes conglomerados y los Estados, cediendo más poder estatal del que ya han cedido, y desprotegiendo a los consumidores que fueron en otra época el punto de referencia del Estado de Bienestar europeo.

Una agenda común entre las nuevas expresiones políticas y sociales de Europa y América latina debe contemplar, esta vez, que para superar las políticas de austeridad que están aplicando la autoridades conservadoras del viejo continente –aun cuando en algunos casos se barnicen de socialdemócratas– lo que se debe restringir es la excesiva tasa de ganancia de los bancos, y no hacerlo sobre la postración de los países emergentes o subdesarrollados, como sucediera en un pasado no lejano. La garantía de que ese despojo del Norte frente al Sur no se repita no está tan clara en Europa. Pero sí en nuestro continente, por la presencia de pueblos y liderazgos populares que no estamos dispuestos a volver a tolerarlo.

* Diputado Nacional del Frente para la Victoria.

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