EL PAíS › OPINION

La autoglobalización de América latina

 Por José Pablo Feinmann

Las cifras (o estadísticas) sirven pero no sirven. Podría describir la “catástrofe civilizatoria” que atraviesa el mundo actual apelando al horror de la numerología. Por ejemplo: por cada año, en este planeta, en esta posmodernidad o capitalismo tardío o capitalismo comunicacional o sistema-mundo o globalización neoliberal democrática y mercadista, se mueren, de hambre, 11 millones de niños. El horror de esta cifra es nada comparado con el de “ver” (ahí, junto a él) morir a UNO SOLO de esos niños. Todorov (y aplico la cita a la realidad argentina) dice que “una muerte” es una desdicha, “treinta mil” son una estadística. Sobre el Holocausto suele decirse: “No mataron seis millones de judíos. Mataron a uno y luego lo mataron seis millones de veces más”. Lo mismo con los niños, con los 11 millones que mueren por año en medio del despilfarro de la sociedad del espectáculo, del armamentismo y de las aventuras extraplanetarias. No se mueren todos de golpe. Se mueren de a uno, y lentamente, dolorosamente. Vivimos, sin embargo, casi ajenos a ese horror. El esfuerzo por “internalizarlo” y “verlo” es tan arduo y penoso que, con frecuencia, se abandona. No debería sorprendernos. ¿Por qué no habría de ser tolerada esa cifra (11 millones de niños muertos) si ya hemos incorporado a nuestro paisaje existencial a los despojos humanos de nuestras ciudades? Los seres humanos –en pleno siglo XXI– comen y beben en restaurantes a cuyas vidrieras se asoman las caras flacas de los niños de la miseria ciudadana. Si “esa” imagen, que está ahí, que la vemos a través de un vidrio en tanto tomamos un vino o nos comemos una pasta o un bife, se nos ha vuelto “tolerable”, parte de un paisaje que no podemos modificar, que no nos impide comer ni digerir ni reír ni seguir viviendo una vida que –al fin y al cabo– es la única que tenemos, es corta e impotente para solucionar las tragedias de este mundo, ¿cómo no habríamos de tolerar una simple cifra? Comamos, pues, frente a los hambrientos. El hombre de la posmodernidad comunicacional se acostumbró a esto. Hay ricos, hay pobres. Están los que comen y los que no comen. A la salida algunos dejarán caer algunas monedas y hasta se sentirán mal, realmente mal. Otros, ni eso. Culparán a los hambrientos. O a quienes los envían a pedir. O dirán que no quieren trabajar. O dirán (como dijo un inefable presidente que este país sostuvo diez años y casi vuelve a elegir en el 2003) que “pobres habrá siempre”.
Pero la cuestión es grave. El neoliberalismo triunfante en 1989, el que identificó la caída del Muro con la Toma de la Bastilla, el que iba a instaurar el mercado y la globalización para todos, mata 11 millones de niños por año. No por eso considera que ha “fracasado”. La Historia –decía Hegel, hondamente– avanza por su “lado malo”. En un texto juvenil (La positividad de la religión cristiana, escrito en 1800), dice: “Al mirar la historia como esa mesa de matadero sobre la que se ha sacrificado la dicha de los pueblos (...) viene necesariamente al pensamiento la pregunta de para quién, para qué fin último se han llevado a cabo estos inauditos sacrificios”. Bien, es hora de decirlo. Ni Gengis Kahn ni Atila ni Vlad Tepes Dracul, el empalador, ni Tamerlán ni las despiadadas legiones romanas eran capitalistas. El capitalismo, sistema globalizador por esencia, empieza, inapelablemente, en 1492, con el “descubrimiento” de América. La historia de estos últimos 500 años es la del capitalismo. Lo único que ha permanecido en estos últimos 500 años es, sí, el capitalismo. Todo lo demás fracasó. El sistema-mundo que aniquiló millones (millones) de seres humanos en la conquista colonizadora es el que hoy está destruyendo el planeta y sigue hegemonizando la Historia. Hegel tenía razón: la Historia avanza por su “lado malo”. La Historia avanza por el lado del capitalismo. Esa es la fuerza histórica negativa, destructora que seducía al dialéctico Hegel. También a Marx: ahí está el Manifiesto y la descripción de la burguesía como la clase más destructora de la Historia. En su afán de riquezas llegará a destruir el planeta. Está a punto de hacerlo.
Si coincidimos (muchos no lo harán, sé que la tesis tiene bastante de personal pero sé también que muchos pensadores argentinos, los mejores, la respaldan) en que la Historia avanza por su “lado malo” y ese “lado malo” es el capitalismo encontraremos aquí la ratio última de su persistencia. “Todo” hoy es capitalismo. No hay Afuera. De aquí que la catástrofe esté más que nunca a nuestras puertas. De aquí (acaso) que la feroz elite bélico-financiera que gobierna Estados Unidos esté planeando irse. La administración Bush (empeñada en seguir agostando este planeta, consumiéndolo, aniquilándolo por medio de una tecno-ciencia al servicio del lucro y la dominación) acaba de urdir una utopía: es Marte, el planeta rojo. Hay dos posibilidades. O una emigración masiva de “ciudadanos de primera”. O la instalación de un “centro” de operaciones bélico-galácticas que les permita controlar “en exterioridad” el deteriorado planeta Tierra. Así, emigrarían la elite científico-armamentista, la financiera y la comunicacional. En menos de cincuenta años esta segunda posibilidad será cuasi real o definitivamente cierta, operativa.
¿Cómo hizo el capitalismo para aniquilar el mundo en 500 años? Devastó y expolió la América del Sur. Se volvió también hacia el Oriente. Hasta el siglo XIII Oriente era un territorio de maravillas para los toscos occidentales del Dios medieval. Las alfombras voladoras las inventó Occidente. Fueron parte de su ignorancia y de la desmedida admiración que tenía por los avances del Oriente. Pero el maravilloso Oriente no inventa el capitalismo, ese sistema rapaz, conquistador, ese fenomenal productor de dinamismo histórico, ese mago de la Historia. Occidente, entonces, construye “su” Oriente. Lo explota. Lo domina. Lo tortura. La guerra del opio. Las masacres en la India. Lo colonización imposibilitante. Occidente ve siempre al Otro en el colonizado. Y no lo coloniza para “modernizarlo”, según dice su credo mentiroso, sino para someterlo. Así, Hegel (que elogia sin vueltas a Oriente y hasta transforma a Goethe en uno de sus deudores) no vacilará, finalmente, en decir: “En la actualidad el Islam ha quedado recluido en Asia y Africa (...) quedó hace tiempo, pues, fuera del terreno de la historia universal, retraído en la comodidad y pereza orientales”. Formidable frase sobre la que es imprescindible, inevitable o acaso irresistible sobreimprimir el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York. ¿Por qué despertó Oriente? ¿Qué lo sacó de su pereza? ¿Qué posibilitó su reentrada en la historia universal en esa modalidad tan espectacularmente occidental, hollywoodense? Occidente, que lo sostuvo, que no lo “expulsó” de la Historia, sino que lo manipuló, lo explotó, lo utilizó, lo armó demencialmente para frenar (durante la bipolaridad) la “ola roja” y que, ahora, no sabe qué demonios hacer con él. El terrorismo islámico es una creación de Occidente. De su negación del Otro demonizado y de su instrumentación estratégico-bélica. Ahí está: crearon su Frankenstein. Y el “terrorismo islámico” (aunque puede llegar a considerarse una “cultura de resistencia”) no tiene nada que decirle a la Historia. No sabe ni quiere “superarla”. No tiene nada para darnos en cambio del Occidente yanqui. El marxismo era una teoría de la revolución, una dialéctica del avance histórico, una visión racional del cambio. El terrorismo no quiere ni puede cambiar nada. Por lo tanto, lo destruye. Su “odio” no se ha racionalizado en una teoría histórica capaz de ir “más allá” del capitalismo terciario. Esto se detecta en la “inmolación” de sus agentes prácticos. No hay un “más allá” inmanente a la Historia, eso que llamamos “futuro”. Hay otro “más allá”. Y en su nombre se destruye un orden que no se sabe cómo cambiar. No deja de ser comprensible: cuando no se puede transformar el mundo lo único que resta es destruirlo.
El “otro” Oriente que desvela al Occidente de la globalización norteamericana está en Japón, está en China. No quieren destruir la Historia. Se la quieren apropiar. No quieren “superar” el capitalismo. Son hondamente capitalistas. Pero quieren “superar” al capitalismo norteamericano. Y son agresivos, y temibles, y laboriosos y numerosos y (pareciera) incontenibles. Europa, entre tanto, sólo juega un papel opaco y secundario de servil aliado del Occidente yanqui. ¿Se unirá a China, a Japón? ¿Colisionarán los dos colosos del capitalismo oriental? Tokio es hoy acaso la ciudad más occidental del planeta. Es, al menos, la más caótica, reinan en ella el vértigo infinito de la mercancía y la fiesta impúdica, imparable del capitalismo, siempre renaciente, como la maldad del hombre.
Quedamos, ahora, nosotros: América latina. Estados Unidos hace guerras inverosímiles o planea huir del planeta. Europa es servil y pasiva. El terrorismo no va más allá de la destrucción, por terrible que sea. China y Japón son el futuro del capitalismo, pero sólo eso. Todavía NO SON lo que acaso lleguen a ser. ¿No dibuja todo esto un espacio para la castigada, olvidada América latina? No nos vamos del planeta. No hacemos guerras por conquistas petroleras. No queremos destruir el planeta ni inmolarnos en acciones sin retorno. No queremos (o no debiéramos querer) ser serviles ni obedientes “socios menores”. No somos el “futuro” del capitalismo. Somos, apenas, un continente que busca su posible unidad geopolítica, su autoglobalización (propia, nuestra, centrada aquí y no la periferia de una Falsa Totalización Imperial), somos unos pocos países (Brasil, Argentina, el inminente Uruguay, Chile, Venezuela y la Cuba abierta al futuro) y tal vez terminemos por ser un territorio donde, todavía, la vida tenga un sentido, la muerte retroceda y los chicos puedan comer.

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