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Los Amados, quince años de militancia por el amor

El grupo festeja su fantasiosa “gira interminable” con un ciclo en el Club del Vino, donde demuestra su dominio musical e impacta con una puesta en escena que deja al público meneando las caderas.

 Por Silvina Friera

Los Amados cultivan el misterio: nadie sabe quiénes son esas extravagantes criaturas, con trajes, camisas y vestidos multicolores que ofenden a la vista. ¿Músicos en eterna gira internacional? ¿Actores de Almodóvar? ¿Impostores? ¿Auténticos decadentes? ¿Apologistas de lo kitsch? Todo eso y más. El grupo teatral-musical, que festeja sus 15 años, tiene un líder carismático de prolijo jopo y bigotito anchoa, Alejo “Chino” Amado, un uruguayo seductor que predica el manifiesto “El amor es el elixir de la vida”. El Chino, un ególatra que no soporta que le disputen las miradas, adula a las mujeres con sentencias amorosas, se pasea por las mesas y elige a las más jóvenes, a las que trata de conquistar con canciones como Mira que eres linda. Lo acompañan en este periplo por los escenarios de Buenos Aires la tecladista Raquelita, una niña que el Chino conoció en un kibbutz nicaragüense; el percusionista salvadoreño Pocholo Santamaría, un ex doble de riesgo; el contrabajista puertorriqueño Tito Richard Junquera, que en contrapunto con el líder repite pegajosas frases hechas (“el amor es la gasolina de la vida”); el despistado guitarrista Cristino Alberó y el trompetista guatemalteco Malvino Santoro.
El show, que se nutre de una estética retro anclada en los ‘50, es una parodia de aquellos artistas que presumen de grandes figuras de la canción latina, poco importa si lo fueron o lo soñaron. El Chino exhibe pergaminos de orígenes desconocidos en el género, y busca la aprobación en los rostros de las mujeres que siguen las presentaciones del quinteto: “A ti te he visto en Panamá –le dice a una–, pero a él no lo recuerdo. Me parece que estabas con otro”. El Chino no miente. Se cree una estrella única en el firmamento romántico, aunque la realidad corrija esa fantasía: su estampa, estilo y trajes denotan una decadencia irreversible. El humor de Los Amados nunca es agresivo ni grosero. No hay exabruptos porque la parodia no es peyorativa. La comicidad está aderezada con ingenuidad y salpimentada con una picardía naïf. “Esta noche se van enamorados o cambian de pareja”, promete el abanderado de la pasión amorosa, que le canta al amor con una voz acaramelada, tonos y estilos que remiten a Los Panchos o cantantes como Javier Solís y Cuco Sánchez, entre otros.
Los Amados arañan las canciones (Piel canela, Chiquitita, Yo lo comprendo) reforzando el estímulo sentimental y la sensualidad desde la caricatura. Entonces irrumpe la sorpresa: Torcaza Ramallo, cantante invitada, erudita en el arte de emular los sonidos de los pájaros. La estrafalaria diva hipnotiza de la mano de un repertorio de Yma Sumac, cantante lírica peruana. Distraída, juguetona y con una candidez casi higiénica, Torcaza ingresa en un delirio místico-lírico y el Chino debe retirarla para evitar un papelón. Es cierto que Los Amados son buenos músicos, pero exceden, con su puesta en escena, las fronteras de un recital de boleros dulzones. Las canciones carecen de autonomía porque hay un eje dramático que justifica los temas –ajenos y propios–, un eje que les proporciona originalidad y estilo.
Los Amados ponen al mundo entre paréntesis mediante un recurso que manejan a la perfección: una imitación secundaria (de las canciones) a partir de la fuerza primaria de las imágenes que imponen las letras. La matriz es más visual que musical, pese a que el grupo editó, en 1998, el CD Mensajero del amor. El Chino confiesa su desazón En tu boda: la mujer de la que estaba enamorado se casa con su mejor amigo. Con dignidad, le canta a la dama birlada y termina como padrino de la pareja. En el final reaparece Torcaza con un vestido a lo Carmen Mirada, con apliques de berenjenas, bananas y otras frutas y hortalizas. El tema de despedida, Con maracas y bongós, pone de pie a los espectadores, que bambolean las caderas imitando la coreografía del grupo. No hay más bises porque un barco los espera para trasladarlos hacia algún boliche centroamericano. Pero ellos, que viven en gira perpetua y abrumados por los compromisos, prometen que todos los sábados el barco los dejará en el Club del Vino.

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Los Amados entregan una inteligente apología de lo kitsch.
 
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