EL PAIS › A LOS 34, CREA UN PARTIDO NACIONAL

La hora de los pibes

A los 34 años, el intendente de Morón Martín Sabbatella será el más joven jefe de un partido nacional, cuya creación anunciará el martes. Respetuoso de Kirchner y de Carrió, no se siente representado por las culturas del peronismo y del radicalismo que ellos encarnan. “Somos pata de otra mesa”, dice. Mientras, Kirchner prosigue el armado que sostendrá la candidatura de Cristina Fernández en la provincia, dentro del justicialismo si Duhalde acepta todas las condiciones, por fuera si las rechaza.

 Por Horacio Verbitsky

El jefe político más joven de la provincia de Buenos Aires lanzará su propio partido nacional. A los 34 años, Martín Sabbatella se propone impulsar desde su Encuentro por la Democracia y la Equidad una renovación de la cultura política. El partido, que se mantendrá con bonos contribución y con un aporte del 10 por ciento de los salarios de sus integrantes que ocupen cargos públicos, bien podría llamarse Honestidad y Gestión, si Sabbatella no tuviera también un fuerte compromiso con los derechos humanos y con un proyecto de recuperación de la prosperidad y de la integración social perdidas. Ni peronista ni radical, respetuoso tanto del presidente Néstor Kir-
chner como de la ex diputada Elisa Carrió, no se siente representado por ninguno de ellos. Esa ajenidad a las dos culturas políticas predominantes revela un fuerte matiz generacional. Carrió le lleva diez años y Kirchner veinte. Su consolidación es un epifenómeno de los cataclismos de 2001 y 2002 y de la impugnación frontal a los hábitos y costumbres del clientelismo conurbano. Sabbatella se ofreció como el instrumento para hacerla realidad sin por ello abominar de la política. Por el contrario, revitalizándola con una alta dosis de participación popular.
Después del diluvio
Hijo de un militante de la tendencia revolucionaria del peronismo, Sabbatella comenzó su vida política junto con la finalización de la dictadura militar, en el Colegio Nacional de Morón. En busca de una identidad postdictatorial hizo una experiencia en el Frente del Pueblo, “salí corriendo” de la Federación Juvenil Comunista, le atrajeron el Grupo de los Ocho, el Frente Grande y el Frepaso. Su primera victoria municipal, en 1999, formó parte del auge de la Alianza entre Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez. Sabbatella, que entonces tenía 29 años, formaba parte del Frepaso. Obtuvo el 35 por ciento de los votos. Cuando enfrentó la elección siguiente, en 2003, De la Rúa sólo era recordado por la sangrienta represión en la Plaza de Mayo, por el corralito bancario y por su despedida en helicóptero, Alvarez propinaba sus divagaciones de dilettante en la Universidad y el Frepaso había expirado. Sabbatella se presentó a la reelección con su partido vecinal Nuevo Morón, sin candidatos a ningún cargo provincial. Junto con las boletas con su postulación distribuía unas minúsculas tijeras de plástico, como invitación al corte de boleta. Enfrente tenía al candidato justicialista y ex secretario privado del poderoso senador Horacio Román, reconciliado para la ocasión con su adversario histórico, el ex intendente Juan Carlos Rousselot. Pero también enfrentaba a los candidatos del ARI, del Partido Socialista y del Frente Grande, entre quienes no fue posible llegar a un acuerdo que unificara representación. Esta vez no obtuvo el 35 sino el 53 por ciento de los votos, contra 21 por ciento del PJ, que hizo la peor elección de su historia, y porcentajes ínfimos de los demás oponentes. También consiguió el record de corte de boleta: 34 por ciento de los electores de Morón introdujo la de Sabbatella junto con la de algún otro partido para gobernador, y el 19 por ciento eligió sólo la suya y se abstuvo en la elección provincial. Sabbatella se impuso en todas las mesas del distrito, de 360.000 habitantes y con un presupuesto de 103 millones de pesos anuales, lo cual revela que su propuesta atrajo a los distintos sectores sociales.
La basura limpia
Una de las claves de este asombroso resultado fue el cambio en el servicio de recolección de la basura. En buena parte de los partidos del Gran Buenos Aires insume entre el 10 y el 20 por ciento del presupuesto y los pagos que van de uno a dos millones de pesos mensuales son una caja generadora de recursos negros, como la instalación de hipermercados en violación de toda normativa. Sabbatella había presidido la comisión investigadora que esclareció los manejos turbios de gestiones anteriores. Convocó a una licitación en condiciones insólitas de transparencia. El pliego fue elaborado por los vecinos en audiencia pública, con veedores nacionales e internacionales y participación de organismos de la sociedad. El gobierno comunal contestó una por una las intervenciones del medio millar de asistentes a la audiencia. “No especificamos qué elementos debían usarse sino qué resultados queríamos lograr, lo cual evitó el habitual pliego a medida de un oferente”, explica. Al comprar el pliego, las empresas firmaban un pacto de integridad con el Estado: en caso de irregularidades aceptaban la caducidad de sus derechos y la inhibición posterior. De este modo se consiguió un servicio que goza del 92 por ciento de aceptación entre los vecinos y que cuesta 35 por ciento menos que antes.
Democracia de proximidad
Además de las instituciones representativas tradicionales, Sabbatella creó un consejo asesor integrado por los presidentes de cámaras empresariales, la universidad, las distintas iglesias, las centrales obreras, y también creó ocho consejos vecinales, que permiten la participación más extendida en los asuntos públicos. El Hospital de Morón fue renovado, tanto en su equipamiento (con un ecógrafo y nuevas ambulancias) como en sus procedimientos, mediante la designación por concurso de los médicos. Los espacios verdes del partido se duplicaron y se crearon colonias para los pibes de todos los sectores sociales, una necesidad que Sabbatella conoce por su único hijo, de 11, años. Su esposa, Mónica, es una psicóloga que a partir de la segunda gestión de Sabbatella coordina programas de prevención de salud. Es su único pariente en la función pública.
La creación de un nuevo partido responde a la idea de insertar esa democracia de proximidad, que tan buen resultado dio en Morón, dentro de un proyecto de país. “Hemos aprendido que el mercado no resuelve todo, que sin una intervención activa del Estado el vaso se llena pero nunca derrama, que necesitamos una sociedad de derechos con un Estado garante”, ensaya Sabbatella en su nuevo rol de dirigente nacional. “Queremos hacer un partido de ideas. Es imprescindible mejorar la calidad de los partidos”, dice. Se siente próximo a los alcaldes de Rosario y de Buenos Aires, Hermes Binner y Aníbal Ibarra. “Lo natural es que estemos juntos.” No se pronuncia, en cambio, sobre el de Córdoba, Luis Juez, porque no lo conoce lo suficiente. Pero no le entusiasma el denominado proyecto transversal de Kirchner. Comparte la política de derechos humanos del presidente que siente afín con la propia. Sabbatella recuperó la Mansión Seré, un centro clandestino de concentración de la Fuerza Aérea y lo convirtió en una casa de la memoria, donde se realizan actividades culturales y educativas constantes, con irradiación hacia los sectores de la sociedad que no han tenido militancia en el movimiento de derechos humanos. “Sin encerrarnos en el microcosmos de los convencidos”, dice. También aprueba la renovación de la Corte Suprema de Justicia y algunas medidas de la política económica. “No tenemos inconveniente en decirlo. Pero tampoco podemos callar que el PJ está viciado y corrompido y que no podemos ser parte de un dispositivo que lo incluya, ni desde adentro ni desde afuera. Nos sentimos pata de otra mesa. Vemos una gran contradicción entre la voluntad presidencial de construir lo nuevo y las estructuras en las que se apoya. ¿Qué tenemos que ver nosotros con Curto o Insfrán? No creemos que sirva aliarse con Frankenstein para enfrentar a Drácula ni que valga la pena construir con bosta. Entiendo las buenas intenciones de Kirchner, pero creo que hay que reconstruir el sistema político desde otro lado”, afirma. Sabbatella tampoco se identifica con la oposición cerrada de Carrió, “para quien todo está mal. Eso la desperfila. Es hacer política en relación al gobierno y no con una agenda propia. Queremos acompañar lo que nos parezca bien y rechazar lo que no podemos compartir. No somos ni opositores ni transversales. Queremos ser autónomos”, dice.
La mesa de Olivos
La contienda política decisiva se libra ahora por la representación de la provincia de Buenos Aires entre Kirchner y el ex senador Eduardo Duhalde, quienes la semana pasada se reunieron con Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner en torno de una mesa. Kirchner le asigna al encuentro una importancia menor que Duhalde, quien lo solicitó y lo difundió, tal vez porque luego de tres meses de abstinencia forzosa pudo acceder a la intimidad presidencial. La última vez que Duhalde opinó en público sobre la marcha del gobierno, Kirchner le respondió de modo frontal: preguntó quién era Duhalde para decidir cuál es la verdad, dijo que no le debía nada, descalificó a la burocracia política bonaerense, rechazó los pactos corporativos y aludió al uso de los fondos remitidos por la Nación a Duhalde con la inequívoca palabra “botín”. El diálogo fue cordial pero parco. Duhalde dijo que sólo quería dedicarse al Mercosur, que la mejor opción para presidir el justicialismo bonaerense era José María Díaz Bancalari, quien provoca los celos del gobernador Felipe es Felipe, quien está presionando a los intendentes. Duhalde también avanzó algunas ideas sobre la reforma política que piensa impulsar en su provincia: la mitad de los candidatos debían ser menores de 40 años (lo cual hace prever un aluvión de hijos y yernos) y los diputados no debían tener más de dos mandatos de cuatro años. También pidió que esos encuentros se repitan cada tres o cuatro semanas. Ambas partes dicen que no se habló de candidaturas para las elecciones del año próximo, pero es imposible ignorar que en los días previos Hilda González de Duhalde anunció su voluntad de postularse para la gobernación en 2007. El gobierno lo toma con calma. Ese es un año remoto y el horizonte no está más lejos de 2005. El gobierno no considera otra alternativa que la senadora Fernández de Kirchner. La única duda es si irá en la boleta del justicialismo, en caso de que Duhalde acepte las condiciones (60 por ciento de las candidaturas serán escogidas por Kirchner, quien tendrá poder de veto sobre los nombres restantes) o con la del Frente para la Victoria si el ex senador pretende otra cosa. Duhalde sólo puede esgrimir como compensación un acercamiento al hombre de negocios dudosos Maurizio Macri. Caso notable, Macri ya está contaminado ante la opinión pública con el estigma que se reserva a los políticos, aun sin haber entendido en qué consiste tal actividad, lo cual le ha permitido en una sola jugada incomodar a Duhalde y a su otro potencial aliado, el único ministro de Economía elogiado por el FMI, Ricardo López Murphy. Las principales figuras del gobierno han realizado encuentros de dirigentes con capacidad organizativa en función de ese proyecto. La reunión de la hermana presidencial con 3000 mujeres justicialistas; la unificación de las siglas partidarias de Miguel Bonasso, Francisco Gutiérrez y Eduardo Duhalde (a quien Kirchner llama Luis y sus amigos El Bueno) y la expedición del propio Kirchner por La Matanza, en compañía del dirigente metalúrgico Carlos Gdansky y del diputado nacional Juan Carlos Sluga, quien lidera la oposición en el sindicato de trabajadores municipales al duhaldista Alfredo Atanasof, son gestos que no admiten dos lecturas. “A quien nos devuelve algo le pedimos todo, a quienes nos robaron todo y a quienes lo consintieron no les decimos nada”, discurseó Sluga. En el gobierno ni siquiera se asimila cada frase de Hilda González con una decisión de Duhalde. En las últimas elecciones cada miembro del matrimonio apoyó a un candidato distinto en los comicios municipales del pago chico, Lomas de Zamora. Duhalde a Jorge Rossi, quien se impuso. Hilda González a María Elena Torresi, la esposa del presidente del bloque de diputados duhaldistas Osvaldo Mércuri. Aun hoy la actuación de tal o cual puntero de uno en el territorio lomense del otro suscita reyertas domésticas entre los Duhalde. En vez de participar en ellas (como alguna vez le solicitó la mujer) el gobierno nacional elige interrogarse con una sonrisa filosófica por los laberintos subyacentes a esos conflictos, tan parecidos a los que durante años mantuvieron los hermanos Menem en La Rioja y que constituyen uno de los rasgos distintivos del arcaísmo político de esas maquinarias familieras.
Meditaciones del domingo
Después de leer los diarios, Kir-
chner proseguirá en lo que le quede del domingo el análisis del proyecto de presupuesto nacional para 2005. Algunos puntos están definidos: el superávit no pasará del 3 por ciento ni habrá recursos para mejorar la oferta realizada a los poseedores de bonos de la deuda pública en mora, pese a la exigencia del FMI, contra cuyo director gerente Rodrigo Rato, Kirchner expresó desagrado al canciller español Miguel de Moratinos. “Nos trató peor que Horst Köhler”, rumió. La negociación con los acreedores es el trasfondo de todas las maniobras políticas de estos días. Al evaluar qué porcentaje de aceptaciones colectará la propuesta, el gobierno recuerda que la mitad de las deudas no cayeron en mora. Del resto, no menos de un tercio está en manos de residentes en la Argentina, a los que se atribuye una disposición favorable. Otro tercio adquirió los bonos a precios irrisorios luego de la quiebra argentina, por lo cual la oferta de pago constituiría una ganancia neta. Estos dos tercios de la mitad en default, más la otra mitad performing equivaldrían al éxito de la operación. Más del 80 por ciento de la deuda quedaría normalizada. El resto sería cuestión de los tribunales. Kirchner también revisará en estas horas lo actuado desde el 26 de julio en relación a los piqueteros, la radicalización ideológica de algunos grupos y la actitud provocadora de otros que, imagina el gobierno, gritan por izquierda y cobran por derecha. La posición oficial osciló desde la absoluta permisividad aun con quienes intentaron prender fuego a la sede de Repsol, a los operativos de saturación, con policías desarmados, que impiden bloqueo de boleterías, cortes de algunas calles, incendio de edificios públicos o privados. Un tercer momento, de reanudación del diálogo y acuerdo sobre las formas admisibles de protesta por la grave situación social, podría suceder con aquellos grupos dispuestos a esa discusión y no empeñados en el derrocamiento del gobierno al que algunos de ellos han exhortado. Algunos creyeron que las jornadas de diciembre de 2001 anticipaban la toma insurreccional del poder e intentan reproducir esas condiciones a voluntad ahora. Pero De la Rúa renunció cuando el justicialismo anunció que promovería su juicio político en el Congreso y la efervescencia de aquellos días se alimentaba, también, del furor de las clases medias estafadas por la confiscación de sus ahorros. ¿Qué queda hoy de ello? El repugnante episodio del botellazo criminal dirigido desde un estudio contable del microcentro contra una piquetera, y el comentario crítico al método de la movilización permanente del propio esposo de la víctima, indican cuánto ha cambiado desde entonces. Cada vez menos, cada vez más rabiosos, estos grupos se hunden complacientes en un aislamiento social que los torna carne de cañón para cualquier aventura. Los altos indicadores de desempleo y pobreza muestran que esa crispada representación (que padece los mismos vicios clientelistas del peronismo conurbano y del sindicalismo tradicional) no equivale a la desaparición de las causas que motivaron su emergencia y plantean al gobierno un desafío que no puede agotarse en el restablecimiento del orden urbano.

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