EL PAíS › HISTORIA TRAGICA DEL NACIONAL DE BUENOS AIRES

La otra Juvenilia

 Por José Pablo Feinmann

Colección Robin Hood. Esos libros de color amarillo, tapas duras, esos libros tempranos en que leímos Las aventuras de Tom Sawyer o las de Huckleberry Finn, donde el Facundo de Sarmiento se nos entregó incompleto pero, al menos, accesible, lo mismo que Moby Dick o Don Quijote de la Mancha. Esos libros donde habitaron los héroes de Salgari (Sandokán, El Corsario Negro), los relatos de Jack London o los mohicanos crepusculares de Fenimore Cooper tiñeron nuestra infancia y las de otras generaciones también. Más diminutos, amarillos siempre, todavía están en las librerías. Compré, hace un par de días, uno. Tiene el número diecinueve y araña las ciento veinte páginas. No compré ese libro por él sino por otro. Que no es de la Colección Robin Hood. Ignoro de qué colección es o será. Pero es parte de la obstinada, minuciosa memoria del horror. Se llama La otra Juvenilia y es la historia de la militancia y la represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Pocos libros tienen un título tan excepcionalmente adecuado. La historia que narra es “otra” porque la de una anterior ya fue narrada. La narró un señor muy importante de una generación muy importante –llamada “del 80”– y fue uno de los clásicos no sólo de la Colección Robin Hood, sino de la enseñanza argentina. El libro es Juvenilia y su autor Miguel Cané. Todos nos hemos educado leyendo ese libro. O, si se prefiere, ese libro ha sido parte de la educación de todos los argentinos que hicimos el bachillerato. Es algo tan establecido que tal vez suene ridículo o blasfemo preguntarse por qué. Todos los bienpensantes de la Argentina solemos acordar que fue una aberración pedagógica que el primer peronismo incluyera las memorias de Eva Perón como lectura escolar obligatoria. Nadie pareciera preguntarse por qué hemos tenido que leer (bajo todos los gobiernos de este país, obligatoriamente) las livianas travesuras de las aristocracias dirigentes durante los 12 y los 17 años de edad en ese colegio que fundó Bartolomé Mitre en el siglo XIX luego de una batalla decisiva que Urquiza le entregó en Pavón, dato acaso relevante. Pero me disculpo si algún lector serio cree que estoy incurriendo en algún revisionismo histórico. Del modo que sea, un hecho de poder impone siempre verdades. La generación de Cané ganó la guerra y organizó el país a su imagen y semejanza, ya que así organiza la verdad el poder cuando consigue imponerla. De aquí que hayamos sido educados bajo el imperativo de deleitarnos con las travesuras de las clases dirigentes, de los jóvenes educados de la burguesía porteña, de su oligarquía o de su aristocracia, dado que como aristocracia terminaron asumiéndose. En suma, que la prosa ligera del señor Miguel Cané (que era, por decir algo, xenófobo, racista, represor y, en grado serio, paranoico sexual) modeló y modela las mentes de los jóvenes argentinos.
La Colección Robin Hood entrega a Juvenilia su propia inocencia. Son libros para niños o para jóvenes. Lecturas inocentes. Con los años muchos sabrán que no. Que el miedo ya estaba ahí. El poeta Miguel Gaya, por ejemplo, no recuerda con agrado su lectura de La guerra de los mundos: “Oh madre que los marcianos del señor Wells ya no me acechen. Que los nocturnos, los embozados no me persigan. Que los marcianos malvados que pueden desembarcar en medio del terror de la noche no me quiten lo amado las uñas el aliento con bolsas de celofán”. Y sobre Juvenilia: “Durante el sitio de Curupaytí Miguel Cané y su amigo discutieron largamente. De igual manera mi amigo y yo exiliados tantos años discutimos largamente mientras poníamos en peligro nuestras vidas. Y no ganamos ninguna guerra. La de Miguel Cané y su amigo no merecía ganarse”. (Miguel Gaya, Colección Robin Hood, poemas, 1994.) ¿Qué guerra ganó Cané?
La Marea
Cané ganó todas las guerras. Hasta ganó la jornada de su sepelio en la Recoleta. Ricardo Rojas, que mucho no lo admiraba, se jacta de haber asistido a ella. Fue el 5 de septiembre de 1905. Hablaron Adolfo Saldías (ese compadraje entre rosistas y aristócratas, estancieros todos), Mariano de Vedia, Rodolfo Rivarola y Enrique Rodríguez Larreta. Según Rojas, Cané carecía de varias cosas: “Faltóle la vocación docente, aunque por breve tiempo fue director de estudios; como faltóle la del foro, aunque fue abogado, y la del parlamento, aunque fue legislador” (Ricardo Rojas, Historia de la Literatura Argentina, Tomo 8). ¡Pero escribió Juvenilia! “Cuyas ediciones se han renovado hasta nuestros días. Allí está el cuadro de nuestra Buenos Aires y de nuestra vida intelectual tal como fueron de 1863 a 1870” (Rojas, p. 445). Ahí está: eso hemos estudiado en nuestros colegios, así nos han educado. Con total imparcialidad. Con la imparcial historia de los niños de la clase dirigente entre 1863 y 1860. Cuando David Peña, en la Facultad de Filosofía, dicte sus conferencias favorables a Juan Facundo Quiroga, Cané habrá de enfurecerse. Y aquí empezamos a conocer a nuestro autor. En su texto inmortal e inmortalmente obligatorio escribe: “Pero mientras corregía pensaba en todos mis compañeros de infancia, separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos nombres se han borrado de mi memoria”. Y Cané, con pesadumbre, exclama: “¡Cuántos desaparecidos!” Cuántos, sí.
Cané es la figura esencial del dandy del ochenta. Esa generación goza de un prestigio tan tradicional como tedioso en nuestra cultura. Se dice que hizo el país. No hizo mucho. Sólo dejó seguir su curso a la economía que la abundancia fácil posibilitaba. Hizo ese “granero del mundo”, ese país de las vacas gordas que ruidosamente festejó en el Centenario. Bajo estado de sitio. Bajo versos torpes de Lugones: “Allá la vaca fértil como el campo/ su sustancia elabora/ La honda paz de los campos en su ser vegeta”. (Este tema lugoniano del “ser” de la vaca suele desvelar mis noches. Que el ser “vegete” en la vaca es una sublimidad a la que ni Heidegger accedió. Pregunta: si el “ser” vegeta en la vaca, ¿es el hombre su pastor?) O bajo himnos extravagantes de Rubén Darío: “¡Hay en la Tierra una Argentina!/ He aquí la región del Dorado/ He aquí el paraíso terrestre”.
Pero Cané (y todos los “lúcidos” del 80) están preocupados. Abrieron el país. Y se vino, incontenible, “la marea”. La chusma ultramarina. Acratas, anarquistas, indeseables de todo tipo. Y Cané será ejemplar en el arte del odio. “¿Dónde, dónde están los criados fieles que entreví en los primeros años en la casa de mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a pequeños príncipes?” (Oscar Terán, Vida Intelectual en el Buenos Aires de Fin de Siglo, p. 33). ¿Qué ocurre con los traviesos juvenilios educados entre 1863 y 1870? ¿Qué pasa con los mozuelos del severo rector Amadeo Jacques? ¿Qué les preocupa tanto? Cané podría decir: “¡Cuántos aparecidos!” Aparecieron los Otros. Y, para colmo, son Ellos quienes los trajeron. Ahora hay que dominarlos. Ya en Francia, en 1871, durante esos bullentes días de la Comuna, se vio el peligro. Lo vio Tocqueville, ¡el maestro de la democracia!, y advirtió: “La ola sigue marchando. El mar sube. Se siente que el viejo mundo concluye, pero ¿cuál será el nuevo?” (Terán, p. 40). Cané entra en pánico. Habla de “la marea”. Lucio V. López habla de “la ola invasora”. Cané, en carta a su madre, en 1882 y desde París escribe: “Lo que me revienta es el populacho canalla vociferando en las calles”. Por fin, la obra magna de su vida (su verdadera obra maestra) asoma en el alma de nuestro tierno autor para adolescentes y niños. La Ley de Residencia.
La “deliciosa” ley de expulsión. Lo confieso: no me resulta grato escribir sobre Cané. Voy a decir dos o tres más de sus ruindades. En 1899 presenta el proyecto de la Ley de Residencia. Se trata de un instrumento para expulsar a los “indeseables”. Cané la llama: “Deliciosa ley de expulsión de los extranjeros”. Se obstina en su esencialidad violenta, represiva. Escribe un artículo al que titula “La ola roja”. Y dice “que todas las concesiones hechas al ‘elemento socialista’ han resultado vanas” y recomienda, como método, el implementado por Thiers “en la sangrienta represión de la Comuna de París” (Terán, p. 46). Lucio V. López añadirá otra ejemplaridad: “(En la Argentina) el mal gusto que elimina la Europa encuentra, falto de crítica, amplio refugio”. Todo esto se mantiene a lo largo de los años, como Juvenilia en nuestras escuelas. Jorge Luis García Venturini hablará del “mal gusto” para voltear el gobierno constitucional de 1975 e impulsar el golpe del ’76. Y Mariano Grondona (preocupado, cierta vez, por el nombramiento de Eugenio Zaffaroni en la Corte) apeló a la idea de “invasión”. Esperemos, decía, que este ministro (Zaffaroni) “no represente la punta de lanza de una invasión. En tal caso, la alarma se justificaría” (Ver: JPF, La Historia Desbocada, tomo II, p. 75).
Cané llega al colmo en un texto (bastante conocido, por suerte, aunque menos que Juvenilia y no es lectura obligatoria en los colegios) donde se desmadra en todo tipo de obsesiones: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todo, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca que es hoy la base de nuestro país. Cada día los argentinos disminuimos. Salvemos nuestro predominio legítimo (...) colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos nuestras compañeras. Entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él” (David Viñas, Literatura Argentina y Política, tomo I, p. 173). El hombre que escribió este texto era un desdichado y estaba enfermo. Gravemente. Tanto, como para matar desde esa patología. No lo hizo él, sino sus herederos. Los que asumieron su mandato: cerrar el círculo y velar sobre él.
La otra juvenilia
Se trata, aquí, de anunciar un evento políticoeditorial. Santiago Garaño y Werner Pertot acaban de publicar un libro bajo el título de La otra Juvenilia. Militancia y represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Al Nacional de Buenos Aires siempre fueron pibes inquietos. Los de Cané lo eran. Hicieron, así, el país que hicieron. Esta juvenilia quiso hacer otro. Fue la juvenilia de los setenta. Querían el socialismo. Creían en la lucha de clases. Eran peronistas de izquierda. Habían llegado al peronismo desde el marxismo o desde el cristianismo. Otros, no eran peronistas. Pero estaban en la izquierda. Eran la “invasión”. La “punta de lanza”. La “ola roja”. Entre 1973 y 1976 más de 105 de ellos fueron desaparecidos. Sufrieron “la muerte argentina”. Las fechas de las desapariciones están entre 1974 y 1977. Sobre todo: entre 1976 y 1977. Sus edades son, mayoritariamente, las que siguen: 18 años, 20, 19, 21, 17, 25, 22, 23, 27, 24, 16 (¡16 años!), 18, 15... 15 años. En el prólogo a Juvenilia, Germán Berdiales define esa palabra como “expresión latina que se traduce por ‘cosas de mocedad’”. Ese chico de 15 años, ¿qué “cosas de mocedad” hizo que determinaron su tortura, su muerte, su desaparición en el Río de la Plata, el más ancho del mundo y ahora sabemos por qué: para cobijar tantos cadáveres? ¡Qué poco sabía esta segunda juvenilia! Qué mal había conocido a la primera. Cuánto les ocultó, les mintió esa novelita del feroz Miguel Cané. No les dijo la verdad. La más terrible, la más certera. No les dijo que la primera juvenilia (la que estudió entre 1863 y 1870) se educó y formó a este país para impedirles tomar el colegio que fundara, para ellos y sólo para ellos, Bartolomé Mitre. Para frenar la ola roja. Para derrotar la invasión. Para matarlos.

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