EL PAíS › DRAMATICOS RELATOS DE FAMILIARES DE LOS HERIDOS INTERNADOS

Dolorosa vigilia en terapia intensiva

Las madres acampan en los pasillos para seguir de cerca la evolución de sus hijos. En el Argerich, un chico dejó el respirador y se comunica por escrito con su familia; una chica dice que soñó con el recital todo el tiempo que estuvo inconsciente. En el Ramos Mejía, en cambio, se lloraba la muerte de una adolescente de 15.

Una mujer aprovecha el centímetro cuadrado que deja la unión de una bisagra en el vidrio de la puerta para meter el ojo inquieto. No es mucho lo que puede ver de la sala de terapia intensiva. Un pedazo de pared, a lo sumo el pecho celeste de un enfermero, pero ni noticias de aquel por quien toda la familia se internó de este lado de la puerta, en el pasillo. Reposeras, bolsas de dormir, canastos con alimentos y mochilas con alguna prenda para cambiar cuando el verano hiede. El calor es la única noticia que entra al segundo piso del Hospital Argerich. Esta tensión agridulce late también en el Ramos Mejía, donde ayer fue dado de alta un joven de 24 años, mientras falleció una chica de 15 años.
“El sabe que estoy acá”, asegura Nélida, mamá de Pablo Sachetti. Entre tanta incertidumbre, la mujer salió de la visita con una sonrisa que no le cabe en la cara: “Le acaban de quitar el respirador artificial”. Los diez familiares del joven de 24 años sienten que nació de nuevo. “Es un milagro. Verlo ahora y ver cómo estaba cuando llegó”, rememora la madre. Desde que hace unos días recuperó el conocimiento, Pablo no puede hablar pero se comunica con los familiares escribiendo en un papel. Así supieron por lo que pasó.
Pablo fue con dos amigos y la novia de uno de ellos para ver exclusivamente la actuación de la banda soporte, Ojos Locos. Cuando empezó a tocar Callejeros hizo, con uno de sus acompañantes, una escala en el baño antes de irse. De pronto entraron 70 personas desesperadas: el incendio. Cuando ya no entraba nadie más, se metió el humo. Pablo mojó su remera y se tapó la nariz y la boca. “Veía cómo se ahogaban alrededor”, relató el joven a su madre. Hasta que le tocó el turno a él y cayó desmayado.
“Qué semana”, suspira Nélida finalmente aliviada. Siete días cuyo sufrimiento tocó cima cuando los médicos advirtieron a los padres que los pulmones intoxicados de Pablo corrían riesgo de quedar inútiles. Ahora es altamente probable que no le queden secuelas. Para la madre es un diagnóstico tan auspicioso que preguntó vacilante a la enfermera si le sacaron el respirador artificial “como prueba”. Es que “ya el lunes se lo habían sacado, para probar, pero se lo tuvieron que volver a poner”. Le respondieron que esta vez es definitivo. “Hasta su expectoración ya es más clarita: ahora es amarillo oscuro”, cuenta Nélida.
El amigo con el que estuvo en el baño fue dado de alta anteayer. En cuanto a los novios, la chica murió. Y su compañero, luego de salir ileso de República Cromañón, fue al hospital el miércoles porque tenía problemas para respirar. Quedó en observación por 24 horas.
“¿Quieren entrar?”, pregunta un enfermero a los familiares reunidos ante la puerta de la unidad B de terapia intensiva. Por pura formalidad espera la respuesta, unánime y positiva. “Pasen de a dos por cama y mantengan esta puerta cerrada para que no salga el aire”, instruye. Los familiares entran obedientes y después de unos minutos salen para que pase el que sigue. Al batirse, las puertas expelen el vaho fresco y aséptico de esa sala. “No sale más mi vieja”, dice impaciente Joni, hermano de María José Filipelli, de 20 años. “Si vos hacés lo mismo”, le reprocha Juli, una de las amigas de la chica, que le cocina a sus familiares “guisados caldudos”, mientras la madre no se despega del hospital. Lo asegura Joni, que pasa 12 horas diarias en el hospital acompañado por los amigos comunes que se hizo con su hermana en Lanús.
Desde el domingo, cuando María José sufrió un paro cardiorrespiratorio, su madre no deja el Argerich. La chica despertó después de 5 días, que pasó, según escribió, “soñando y teniendo sueños del recital”. “Por suerte no pregunta nada sobre lo que pasó”, dicen sus familiares, por lo que aún desconoce las dimensiones de la tragedia. Pero, por suerte también, las dos chicas con las que había ido al boliche de Once están bien. Entre sus amigos está Pablo, que hizo un poético texto reclamando justicia, y Javier, que aprovechó la visita a María José para dejarle un dibujo. Después de visitarla, Pablo y Joni fueron a la marcha. Bajo las ocho banderitas argentinas famélicas y grises que abonan la entrada del Ramos Mejía, las caras son otras. Una veintena de adolescentes lloran a Agostina Ruzyckyj, de 15 años, cuyo cerebro murió. Se dan fuerza y se abrazan en silencio, después de haber estado una semana pendientes de su evolución. Llamaban por teléfono a sus casas para avisar a sus padres que iban a pasar la noche de velorio. Una de las acompañantes de una prima de Agostina intentaba consolarla: “Tenés que ser fuerte y demostrar a tus tíos que...”, y se le acabaron las palabras. No había nada que decir.
Las 16 personas que quedan internadas en este hospital tienen entre 16 y 29 años. Hacia el mediodía fue dado de alta Damián Varela, que igual tendrá que seguir viniendo. “Me falta oxígeno”, dijo el joven, que tenía mucha tos. Antes del incendio del jueves fumaba, pero “ya me fumé todo con esto”, comentó cuando dejó atrás la internación. El premio es inmenso: “La puedo contar”, evidenció el muchacho de 24 años.

Informe: Sebastián Ochoa

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Los padres de los jóvenes internados en terapia permanecen en los pasillos del hospital.
 
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