EL PAíS › COMO ESTA EL FENOMENO MAS ESPONTANEO DE LA POLITICA ARGENTINA DESPUES DE LA CRISIS

Asambleas a cinco años de los cacerolazos

Explotaron en todo el país y llegaron a ser 250 sólo en Capital y el conurbano. Muchas todavía existen como espacios autoconvocados con agendas más locales y de solidaridad. Testimonios de los que vivieron esos días de diciembre de 2001 y siguen en la brecha.

 Por Irina Hauser

De vez en cuando a Graciela Gurvitz le viene a la memoria el sonido de las primeras cacerolas que escuchó, aquel 19 de diciembre, desde la ventana de su casa sobre la avenida Nazca. No podía precisar de dónde venía, así que salió a la calle. Era como un imán, un llamado irrenunciable, la invitación ideal para ir a descargar la bronca acumulada, que ese día tenía una razón puntual: el estado de sitio. En la esquina de Jonte encontró decenas de personas a las que nunca había visto y que le contagiaron una emoción desconocida. Así como estaba, de short, remera y las llaves en la mano, empezó a caminar con su hija Verónica hacia alguna parte. En Flores pegaron la vuelta, empapadas de sudor. Al otro día salieron con sus cacharros y llegaron a Plaza de Mayo. Desde entonces Graciela comenzó a reconocer por el barrio las caras de su vecinos al andar y a enredarse en conversaciones infinitas que nueve días después terminaron en una reunión de 400 personas en la plaza Aristóbulo del Valle. Así nació la asamblea de Villa del Parque, una de cientos que se reprodujeron sin respiro ese verano, y que todavía hoy sigue en pie.

A cinco años del estallido social, quedan unas 40 asambleas en Buenos Aires. Hacen trabajos solidarios, producción autogestionaria, emprendimientos educativos y culturales, intervienen en reclamos públicos y políticos y debaten hasta el cansancio en forma horizontal, un rasgo que hace a su esencia y que tiene su eco en experiencias más nuevas como las de Gualeguaychú y Esquel.

Graciela, de 54 años, guarda en una bolsa las cacerolas, cacharros y cucharas abolladas que a veces pispea con nostalgia, con el recuerdo de aquel extraño sentimiento de entusiasmo que brotaba en medio del desastre. La asamblea de su barrio funcionó mucho tiempo en la plaza, luego se mudó a un espacio de usos múltiples del gobierno porteño, junto a las vías, pero desde que pusieron un registro civil volvió a la plaza. “Al comienzo muchos iban a las reuniones sacarse la rabia, quizá porque no podían sacar la plata del cajero, pero a otros se los veía con inquietudes y ganas. Hubo gente que se dio cuenta de que no vivía la vida que quería vivir. Y jóvenes que encontraron un vocación de social”, repasa. Graciela es diseñadora de bijouterie, pero desde ese fin de 2001 la asamblea se convirtió para ella en una actividad medular.

En la asamblea de Villa del Parque quedan 15 personas con actividades muy consolidadas. Adoptaron, con otras, un sistema de economía solidaria. Cada quince días convocan a productores independientes, les compran y venden en la zona: aceite de la cooperativa Puente del Sur, Yerba Titrayjú y productos de limpieza Burbuja Latina, elaborados por la asamblea Gastón Riva. Los martes, se juntan con la de Villa Urquiza, que funciona en la ex pizzería La Ideal, donde están montando un archivo de las asambleas. “Tiene todos los volantes, boletines, diarios, videos y fotos de estos cinco años”, describe Graciela. En equipo con la asamblea del Cid Campeador, proyectan una radio comunitaria, para que las organizaciones sociales puedan tener su programa.

“Quizá hoy no ves en la plaza a toda la gente junta, pero somos muchos trabajando en forma asamblearia haciendo cosas”, dice. “Los chicos de nuestra asamblea armaron una salita de primeros auxilios, otros dan apoyo escolar, hemos trabajado con los cartoneros y ahora con los trabajadores del ingenio Ledesma, y podría seguir”, dice Graciela.

En sus comienzos, las asambleas tenían discusiones caóticas, interminables, signadas por una ansiedad desbordante y una incertidumbre absoluta. Pero había un hilo conductor, sintetizado en la frase “que se vayan todos”. Era un modo de expresar el peso de la opinión y las decisiones populares que, entonces, comenzaban a articularse en la forma asamblearia propia de la democracia directa frente a un sistema político cuya legitimidad se caía a pedazos.

“Las asambleas fueron la forma concreta que los sectores medios urbanos encontraron para asumir la responsabilidad de sus decisiones frente al descrédito de la política institucional. Era un recurso que se venía usando en los movimientos de trabajadores desocupados. Fue impresionante su expansión por lo espontáneo”, dice Federico Schuster, decano de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), quien investigó los movimientos sociales. “Cada asamblea, por supuesto, tuvo su historia: algunas adoptaron un perfil vecinal y otras más político, al punto que en su nombre se llamaron ‘asambleas populares’. Pero todas han sido experiencias de compromiso ciudadano y debate político. Discutieron cuestiones muy profundas, otro modelo de sociedad y de política, y son varias las que todavía siguen”, describió.

Balas certeras

A mediados de 2002 había cerca de 250 asambleas entre Capital Federal y el conurbano. Buscaron interactuar a través de megaencuentros que se hacían los domingos en Parque Centenario. Era la famosa “interbarrial”, que se fue desarticulando con el tiempo, a medida que mermaba la concurrencia a las asambleas en general y crecía una discusión árida: ¿cómo relacionarse con los partidos políticos que recalaban en la estructura asamblearia?

Miguel Angrisano reconoce tres momentos de fractura que marcaron a la asamblea de Floresta, en la que aún participa, y que reflejan lo que ocurrió en muchos otros grupos de vecinos autoconvocados. “El primer quiebre fue producto de los intentos de los partidos de izquierda de apropiarse del espacio, que generó choques internos. El segundo fue a partir de que como había mucha gente que se acercaba por un poco de comida, aparecieron los punteros políticos con manejos por los bolsones de comida y eso molestó a los vecinos, sobre todo al vecino medio”, cuenta Miguel. El último momento crítico, dice, fue en 2003. “Con el nuevo gobierno y a partir de la mejora en el país la gente se fue desmovilizando. Algunos se fueron a los CGP, a partidos o sociedades de fomento, pero los que quedamos tratamos de evitar compromisos partidarios o favores políticos y mantenemos la horizontalidad”, explica.

En el origen de esta asamblea se superpusieron el malestar propio de 2001 y el asesinato de los jóvenes Maximiliano Tasca, Adrián Matassa y Christian Gómez, el 29 de diciembre de ese año. Los tres amigos se habían sentado a tomar algo en una estación de servicio y festejaron al ver en la televisión la imagen de un grupo de manifestantes golpeaba a un policía en Plaza de Mayo. El custodio del lugar, Juan de Dios Velaztiqui, un policía retirado, enfureció y los asesinó a sangre fría. Ya fue condenado a cadena perpetua. Los vecinos de Floresta se reúnen ahora en un predio de una manzana al que llaman “el corralón”, que tiene una placita con un monumento en homenaje a los chicos asesinados. Por iniciativa de la asamblea, en el lugar está en vías de construcción un colegio secundario. “Nuestra actividad viró hacia el lado cultural, con actividades para los vecinos. Proyectamos películas, tenemos un teatro y aportamos a la educación a través de talleres”, explica Angrisano.

Cooperativos

Mauro tiene 20 años. El 19 de diciembre de 2001 salió del colegio y se fue directo al Congreso. Estuvo en todas las protestas, pero recién se sumó a una asamblea barrial, la de Almagro, hace tres años, a través de un grupo de jóvenes llamado La Rivolta. “Hoy somos 30 personas, casi todas nuevas. Es un buen espacio para participar en el que me siento a gusto”, destaca. Este grupo funciona en un espacio recuperado, que estaba abandonado, sobre la calle Medrano, entre Perón y Sarmiento, donde ahora tiene tres cooperativas: una de alimentos vegetarianos, una herrería y un taller de serigrafía donde hacen estampados para remeras. Todo lo que recaudan lo destinan a un comedor infantil de Villa Fiorito.

La trayectoria de la asamblea de Almagro incluye un comedor y merendero, una campaña para la erradicación del PCB y un relevamiento de salud y nutrición en el barrio que obligó a los centros de salud de la zona a proveer servicios elementales y leche a madres que la necesiten. “Ahora estamos concentrados en hacer una recopilación de todo lo que hicimos para evitar que nos desalojen, estamos en juicio”, dice María Cristina Oleaga, una psicoanalista que integra el grupo desde sus inicios.

El espíritu cooperativista reina también en la asamblea de Parque Avellaneda, que conformó la cooperativa La Alameda en un viejo bar de la zona, y “que siempre se caracterizó por una fuerte relación con los sectores más humildes”, dice Gustavo Vera, uno de sus referentes permanentes. “Nosotros fuimos los primeros en denunciar la situación en los talleres textiles, el tráfico de personas y el trabajo esclavo. Juntamos testigos y pruebas y logramos sentar un gran precedente”, se enorgullece. Con la idea de mostrar que se pueden hacer las cosas bien montaron una cooperativa textil y comedores para los pobres. “Llevamos varios reclamos a la Defensoría del Pueblo”, dice, como la discriminación a los inmigrantes. “Impulsamos desde el no pago de la deuda externa hasta la ayuda a una vecina con problemas”, añade.

Vera comenta que la asamblea intentó encontrar un punto de equilibrio en la relación con el Estado: “Hemos logrado reconocimiento manteniendo autonomía, pero en algún punto es una quimera sobrevivir sin ayuda estatal. De todos modos, nos abrimos paso sin planes sociales y con lucha”. Siempre mantuvieron, en la base de toda iniciativa, el lema “que se vayan todos” y el debate político “no como un asunto táctico –advierte– sino como un clamor popular para que cambie la forma de hacer política, el clientelismo, la corrupción”. “Buscamos articular el trabajo barrial y nuestros objetivos de cambio social”, redondea.

El vínculo con el Estado siempre fue un punto sensible para las asambleas. Cada una lo tejió, o no, a su manera. La Asamblea de Coghlan, por ejemplo, trabajó en la ley de comunas. La de Villa Urquiza presentó un proyecto arquitectónico para recuperar el cine 25 de Mayo, que fue aceptado por el gobierno porteño.

En cooperativas, cerca de los Centros de Gestión, en conjunto con organizaciones piqueteras, con fábricas recuperadas, o con escuelas, “las asambleas se han conectado de algún modo con lo institucional, pero conservan el funcionamiento horizontal que las distingue y que rompe con las viejas formas de organización en un país de tradición gremial”, explica la socióloga Norma Giarraca, investigadora de movimientos sociales en le Instituto Gino Germani. “Era muy difícil pretender que las asambleas se mantuvieran como al comienzo, que era un momento de ruptura institucional. La gente tampoco aguanta tanto tiempo la ruptura. El proceso electoral posterior al asesinato de Kosteki y Santillán, propició la vuelta a la institucionalidad. Y aunque las asambleas queden inmersas en ese proceso, no han quedado dentro del Estado”, apunta la especialista.

Rescates

Marita Foix, una docente de 68 años, recuerda al detalle el papelito que le dieron en la esquina de Córdoba y Pueyrredón cuando fue al primer cacerolazo. “Nos autoconvocamos el sábado en la plaza de Córdoba y Anchorena”, decía. Parecía como si le hubieran leído la mente. Justo lo que necesitaba. En el fervor de aquellos días en las calles se cruzó con gente que no veía desde hacía tiempo y cuenta que le hizo “mucho bien tomar contacto con la gente del barrio, antes vivíamos aislados”.

La asamblea de Córdoba y Anchorena, como se llamó, “discutía la realidad total”, hizo trabajos de apoyo al Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, confluyeron con los autoconvocados de Almagro en el relevamiento barrial de salud, y apoyaron a los trabajadores de Brukman en resistir los intentos de desalojo y lograr la expropiación. “Al comienzo, tratamos de sostener aquella idea de ‘piquete y cacerola, la lucha es una sola’, pero quedó en la nada. Cuando buena parte de la clase media recuperó cosas ya no le importó el resto”, dice Marita. En el ínterin, recuerda, también hicieron proyecciones de cine en la plaza y debates “pero poco a poco el público se fue apagando”. “Los que quedamos no nos sentíamos inclinados a discutir por la caca de perro”, dice.

De aquella asamblea hoy queda un grupo de diez personas, que más bien se convirtió en un grupo de buenos amigos que se juntan religiosamente una vez por mes y conservan entre sus actividades estables las de colocar baldozas con los nombres de los desaparecidos del barrio, una iniciativa (Memoria en los barrios) que comparten con asambleas de otros puntos de la ciudad. Han ido a las marchas por la aparición de Julio López y contra las papeleras.

“Lo que fue desapareciendo de las asambleas es el momento del espacio público deliberativo, a medida que se reorganizaron los viejos actores. La ciudad de Buenos Aires, además, es el primer lugar donde se recupera prosperidad económica”, dice Giarraca. “Lo que queda de 2001 es cierto valor simbólico, el espíritu asambleario que irrumpió en la Argentina y que tuvo implicancias en otros países, como Ecuador, donde se escuchó el que se vayan todos, y que reaparece ahora en la asamblea de Gualeguaychú y en la pelea contra la mina de Esquel”, analiza.

Elsa integraba la asamblea de Parque Lezama, que terminó de disolverse hace apenas un mes. Estos años, dice, “fueron como un seminario intensivo de política”. “Vi de todo, a los que huían espantados ante la presencia de gente que traía sus viejas discusiones políticas y otros que cuestionaban el acercamiento a los piqueteros”, cuenta. “Con el repunte económico sólo fue quedando gente mayor. Al final éramos cinco y resolvimos que no teníamos poder de convocatoria. Hace un mes decidimos separarnos. Yo encontré un espacio en la educación popular en la Universidad de las Madres. La verdad, me convertí en una militante”, dice satisfecha.

“Todo esto fue un sueño de poder popular, con un alto grado de espontaneidad y de reproducción infernal. Pero estoy convencido de que las experiencias de este tipo no se mueren. No se olvidan, quedan en la memoria popular, forman parte de la experiencia social, ciudadana y política y en los momentos de crisis reaparecen”, evalúa Schuster.

Marita Foix asegura que en la asamblea “tuve lo que no me dio ninguna experiencia de militancia. Me encantó que pasara algo y tarde o temprano algo más pasará”.

Informe: Emilio Ruchansky.

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Imagen: AFP
 
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