EL PAIS › EL DIRECTOR DE “EL CAUDILLO” FELIPE ROMEO, VIVE EN BUENOS AIRES Y RESTAURA EDIFICIOS ANTIGUOS

El órgano oficial de la Triple A del Brujo

Autor de la consigna “el mejor enemigo es el enemigo muerto”, publicaba las listas de “sinárquicos” a matar y es figura prominentemente en la causa que investiga a la Triple A. Fue uno de los fundadores de la JPRA y ya en 1975 figura en una denuncia por un arsenal clandestino. En 1988 fue preso por drogas. Y ahora es restaurador de cúpulas.

 Por Sergio Kiernan

Felipe Romeo fue uno de los personajes más conocidos de la derecha dura del país, el creador de la divisa “El mejor enemigo es el enemigo muerto”. Con apenas treinta años, en 1975 llevaba dos al frente de El Caudillo, el house organ de la Triple A que gritaba que “estamos en guerra” y saludaba los asesinatos, atentados y amenazas de la organización clandestina como actos de limpieza de una patria amenazada “por las dos pinzas de la sinarquía”. Hoy, pasados los sesenta, luego de un breve exilio español, una vuelta a la trinchera que terminó en la nada y un arresto por drogas, Romeo figura de forma prominente en la causa que investiga el terror negro y que a fines de diciembre culminó en la detención en España del ex subcomisario Rodolfo Eduardo Almirón, custodio presidencial y guerrero contra la “sinarquía”. Romeo pasa ahora sus días recuperándose de sus problemas cardíacos y en una nueva profesión, inesperada en alguien con su historial: es restaurador de edificios antiguos.

Romeo tenía 28 años cuando fundó la revista favorita de Almirón, el jefe de la Triple A que espera su extradición en España. Nacido en la zona sur bonaerense, Romeo era un miembro veterano de la Guardia Restauradora Nacionalista que se escindió de Tacuara y para el ’73 ya tenía un nuevo referente, Alberto Brito Lima, jefe del Comando de Organización. Romeo participó del nacimiento del paraguas político de la ultraderecha en el peronismo de la época, la J.P. de la República Argentina, la jotaperra, junto a amigos como el coronel Osinde.

El Caudillo apareció el 16 de noviembre de 1973, “cuando el general Perón se aprestaba a comenzar a depurar el movimiento de los infiltrados que se habían encaramado en distintas posiciones merced al traidor Héctor Cámpora”. Abiertamente militante, sin la menor pretensión de periodismo –el sello editorial era Vertical SA, nada menos–, la consigna era “Perón o muerte” y “Perón manda”. Otra característica de este tabloide quincenal era el casi total anonimato, ya que la única firma visible era la de Romeo, el director, en el staff y en el editorial, siempre a doble página, que funcionaba como una bajada de línea a la derecha peronista.

El lenguaje, las ideas y las propuestas de El Caudillo eran un llamado constante y una justificación de la violencia de su organización madre, la Triple A. Desde su logo –una tacuara– hasta secciones como “Buscado”, donde se publicaba la foto de un “zurdo” con un “prontuario” y la invitación a “compañero, ya lo conoce: grábese esta cara para reconocerlo cuando se lo cruce”, El Caudillo arrancó pidiendo cabezas y terminó aplaudiendo y reivindicando a los que las hicieron rodar.

Que Romeo, su revista y su anónimo grupo de redactores tenían el mismo patrono y referente que la Triple A, José López Rega, no era ningún secreto. Una vez que El Brujo asumió el Ministerio de Bienestar Social, la revista se pobló de interminables, amplios y repetidos avisos de diversos programas oficiales financiados por esa repartición. Así, hay dobles institucionales sobre nada en particular, avisos sobre programas de viviendas y páginas enteras sobre encuentros deportivos juveniles. En la pauta comercial de El Caudillo se puede seguir el avance de la derecha de la época sobre el aparato del Estado, proceso que se acelera a partir de la muerte de Perón en julio de 1974. Van apareciendo anunciantes como ELMA, la desaparecida empresa naval estatal, el Instituto Nacional de Vitivinicultura, la Caja Nacional de Ahorro, el Banco Nacional de Desarrollo, el Banco Social de Córdoba y, poco antes del golpe, la municipalidad porteña. Nunca hubo un anunciante privado, pero alcanzaba con las muchas páginas pagas con dineros públicos.

La identidad política de Romeo y de El Caudillo queda en claro no sólo por sus odios sino por sus amores: Lorenzo Miguel, Casildo Herreras, Jorge Camus, Raúl Lacabanne, Oscar Ivanissevich, Ricardo Otero –“a todos hemos apoyado y todos tienen la confianza de la compañera Isabel”–, las 62 Organizaciones y la Falange Española, citada como ejemplo “de revolución nacional”.

Isabel o muerte

La revista de Romeo ganó protagonismo a la muerte de Perón. La edición 35, del 19 de julio de 1974, proclama en tapa que “Isabel no es la heredera de Perón”. La aparente contradicción se resolvía al dar vuelta la revista, que en contratapa continuaba con que “Es presidente por mérito propio”. La bajada de línea a la derecha es clarísima: a partir de este momento hay que enfrentar “la alianza Gelbard-Romero-Firmenich que sabotea el proceso de Reconstrucción y Liberación Nacional”. Esta “rosca gorila”, explica El Caudillo, acaba de vivir una derrota porque las 62 Organizaciones lograron “reperonizar” la CGT. “Nosotros estamos aquí para hacer una revolución y para cumplir a sangre y fuego el mandato de Perón”, editorializa Romeo en ese entonces, “para apoyar a muerte a Isabelita y para convertir en realidad efectiva los postulados del justicialismo. Este será nuestro homenaje militante para con Perón y nuestro Pueblo.” Y si alguien se pregunta por qué esta plataforma debe cumplirse, Romeo explica en el final “porque es así y porque Perón manda”.

Mientras que las protestas revolucionarias de El Caudillo no son muy creíbles, resultan mucho más tangibles sus explicaciones paranoides sobre la coyuntura de esos años difíciles. Romeo explica que “hay una pinza sinárquica con una pata izquierdista y otra derechista”, lo que fuerza a los peronistas “de verdad” a luchar en dos frentes. Por un lado, hay que combatir a personas como Adalberto Krieger Vasena o Alvaro Alsogaray, la pata sinárquica derecha. Por el otro, a Montoneros y el ERP, la pata izquierdista. Todo indica que Romeo y su gente realmente creían que estos grupos e intereses literalmente servían al mismo amo y actuaban coordinadamente.

Una de las estrategias del “enemigo” era “irritar a los militares” para que “pongan orden”. Romeo, sarcástico, ya se imagina “un gabinete con socialistas democráticos, demoprogresistas, manriquistas, radicales y algún peronista complaciente” sirviendo “al coronel de turno”. En su estilo desaforado y ultraagresivo –que lo llevaba a gritar constantemente–, Romeo avisa sobre otro frente, la universidad, “que es el antro sinárquico por excelencia” donde “bolches, yankys (sic) y demás yerbas se preocupan especialmente en degenerar a la juventud argentina” con “desnacionalización y coloniaje mental”. El Caudillo saludó alborozado el nombramiento de Ivanissevich como ministro de Educación y la intervención a la UBA del todavía más desatado Alberto Ottalagano, que apareció en la tapa de la revista Gente haciendo el saludo nazi y con el título de “Sí, soy fascista, ¿y qué?”. Tanto le gustó el reportaje al interventor universitario, que lo mandó a reeditar en un librito con el mismo título.

Para marzo de 1975, El Caudillo advertía sobre la “intentona subversiva” de aumentar las acciones armadas en centros urbanos para aliviar la presión sobre las “zonas liberadas rurales”. Mostrando una vez más su formación “nacionalista”, Romeo advierte que estas zonas liberadas se parecen mucho al Plan Andinia, “que es un antecedente”. El Plan era un invento, todavía reciente, del profesor Walter Beveraggi Allende, que afirmaba que “el gobierno judío mundial” buscaba crear un segundo Estado de Israel robando la Patagonia argentina. Ramón Camps, eventual amigo y mentor de Romeo, era un fan convencido de la existencia del Plan Andinia, tanto que intentó que Jacobo Timerman se lo admitiera en la mesa de torturas.

Según la causa que investiga a la Triple A, Romeo habría prestado otros servicios a su causa: la redacción de la avenida Alcorta funcionaba también de arsenal y base de operaciones (ver nota aparte).

Bajo las Malvinas

Hubo una tercera etapa de El Caudillo, que se abre con el retorno de Romeo de un exilio bastante fácil en España, donde contaba con amigos locales e “importados”, como Casildo Herreras, ya famoso por su frase “yo me borro”, y el ahora detenido Almirón. El Caudillo reaparece en mayo de 1982, con oficinas en Uriburu 260, piso 4, y con avisos salutatorios de la Secretaría Política del PJ, de la CGT y de las 62 Organizaciones. El tema excluyente es la guerra de Malvinas: “Reaparecemos porque Argentina está en guerra”, explica el editorial, nuevamente de Romeo, que pondera que el país sufrió tres agresiones, la guerrillera, la económica y la militar, siempre a manos del enemigo sinárquico.

La revista de los ochenta publica muchas notas a y de referentes sindicales ya olvidados, y brinda generosos chivos a entidades como el Frente de Acción Nacional Justicialista, grupo cuyo logo era la insignia militar del Tercer Reich, sólo que con cóndor en lugar de águila y escudo justicialista en vez de svástica.

Romeo fue detectable en política hasta el fracaso electoral de Italo Luder, su esperanza para volver a escena. Por entonces se dedica a editarle los libros a Camps, bajo el sello RO-CA (Romeo-Camps), y acompaña a su socio a las presentaciones de su libro El poder en las sombras, explicando que lo une al por entonces todavía militar “un fervoroso patriotismo y la identidad de nuestros enemigos”.

Al triunfo de Raúl Alfonsín le siguió un largo período de bajísimo perfil del que salió en las páginas policiales. El 26 de octubre de 1988, la División Moralidad de la Policía Federal lo detuvo en el bar de una persona “con antecedentes de delitos contra la propiedad y robo de automotores”, en Gascón 1460. Según la causa abierta, Romeo tenía “entre sus ropas” 110 gramos de cocaína de alta pureza. Después de seis días preso fue liberado bajo fianza de 50.000 australes y acusado de tenencia de estupefacientes, sin que se pudiera probarle que intentaba traficar.

Según personas que lo conocieron en los años que siguieron, Romeo sufrió recurrentes problemas de salud por su estilo de vida, que culminaron en un infarto en 2006 y la instalación de dos stents, a los 61 años de edad. Ya formaba parte hace años –en carácter de socio, amigo o acreedor, de acuerdo a distintas fuentes que se contradicen– de la empresa “CR”, dedicada a las restauraciones y que tiene como sede el último piso y la cúpula gaudiesca de Ayacucho y Rivadavia. El edificio fue restaurado por la firma y, según su propia declaración en un site especializado, “por el profesor Felipe Romeo”. Tras las ventanas espejadas hay un espectacular dormitorio. Quienes conocen a este Romeo dicen que ya no habla de política, que repite aquello de que a cierta edad no hay que creerse ciertas cosas, pero que cada tanto arenga a sus albañiles –“¡sean valientes!”, los exhorta, para desconcierto general– durante obras como la restauración de la catedral de Chascomús.

De Caudillo a restaurador. Un raro cambio para alguien que proclamaba que “sólo la desaparición física del enemigo nos dará la victoria”.

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Felipe Romeo en 1982, cuando volvió a sacar su revista. Los ejemplares de los setenta muestran la violencia de sus consignas. Su oficina en la cúpula de Ayacucho y Rivadavia, que él restauró.
 
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