EL PAíS › GABRIELA MICHETTI: UNA FICHA EN EL CASILLERO CORRECTO

La chica de ruedas

Sólida, habladora, carismática, activa y encaradora, la segunda de Macri en la fórmula porteña parece haber sido la gran palanca que movió el voto. Con una historia personal donde se mezcla la devoción católica con la capacidad de remontar momentos más que difíciles, su capacidad es innegable. El quiebre, no sorprende, es la parte ideológica.

 Por Sandra Russo

Podría decirse, después de estar un par de horas leyendo la historia de vida y las definiciones de Gabriela Michetti, que cuando Mauricio Macri inventó el PRO, con sus famosos “equipos técnicos” de trabajo, puso una ficha en el casillero correcto. Puede haberlo hecho incluso sin conciencia de que esa ficha iba a empujar otra y ésta a otra, en un movimiento dominó que culminaría el día en el que una funcionaria técnica de la Cancillería se acercó a ese partido nuevo, y compró. Michetti, que admite entre risas que la llaman “la chica de ruedas” y puede dar cátedra acerca de lo que implica aceptar una realidad adversa y hacer algo nuevo con ella, concentra en su imagen y en su discurso todo lo que Macri debe haber soñado alguna vez, incluso sin ser consciente de soñarlo: Michetti es una líder carismática a quien es inútil y eventualmente injusto disimularle la estatura. Viene de fábrica con la obsesión de ser la mejor en todo, un accidente terrible no hizo más que regar aquella obsesión, y ella no perdió un minuto desde entonces. Michetti no toma aliento: no puede parar de ir por más.

En Laprida, el pueblo donde creció y donde también, años más tarde, se accidentó, su padre “era el médico más prestigioso”. Su madre, “la esposa del médico, divina, un amor”, y ella, la abanderada. Su CV indica que se recibió de Licenciada en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador, y que siempre le sobró paño para manejarse en escenarios en los que había que tener no sólo inteligencia sino también una formación concreta y sólida. Si de solidez se trata, Michetti es una roca. Y tal vez ése sea el mayor atractivo de su magnetismo, en estos tiempos en los que están tan en boga los conceptos de sólido y líquido para discriminar entre tendencias y fenómenos: Michetti es un cóctel de significados tan intensos, dueña de una personalidad tan evidentemente sólida, que encandila a un electorado líquido que si no fuera por ella no tendría dónde anclar sus expectativas. Es ella, al lado de él, la que tranquiliza a parte de ese electorado. Es ella, con su prueba superada de la silla de ruedas, la que habla hasta por los codos y dice lo que los suyos esperan escuchar, la que construye espacio político. Y la que deja dudas sobre qué hará con ese espacio, porque habría que ver qué pensaría su maestro, Carlos Auyero, de tantos dones al servicio de un proyecto liderado por Macri.

De familia católica y ella misma católica practicante, se entienden los puntos en común que tiene Michetti con Elisa Carrió: además del amor a Dios, las une el recelo a los Kirchner. Como Carrió, Michetti detesta “la agresividad” no sólo de este gobierno, sino de “los políticos en general”. El “no responder a los agravios” de Macri debe haber sido un consejo de Michetti, quien por otra parte ha reconocido públicamente que “a Mauricio le cuesta expresarse”. Es interesante observar en este punto a qué le llama Michetti “agresividad”, y preguntarse si su ambición no le ha hecho dejar en suspenso algunos de los postulados de su vieja militancia democristiana. Por ejemplo, cuando se le pregunta por los negocios de Franco Macri, y ella contesta: “Lo que tengo es lo que Mauricio siente por él, evidentemente lo quiere mucho a su padre, y las consideraciones que él hace respecto de que su padre ha sido un empresario a quien injustamente no se le han valorado muchísimas cosas buenas, como la generación de empleo y el tipo de trato de los recursos humanos, cosas que mucha gente reconoce dentro del ambiente industrial. También esa sensación de una persona controvertida a partir de las vinculaciones con el Estado, que no necesariamente tienen que ser malas, porque el Estado necesita hacer licitaciones y necesita de los empresarios”. Bien: en afirmaciones como ésta, lo sólido se derrite, la ideología aparece, el rigor se ablanda, la chica de ruedas con currículum de lujo se permite las simplificaciones más burdas y deja entrever que hay gente que no puede parar de ir por más, como sea.

No descarta ser candidata a presidenta en el 2011, y tal vez lo sea. ¿Por qué no? Nada queda fuera del alcance de esta mujer a quien cuesta mucho, demasiado, imaginársela sin respuestas, sin optimismo, sin garra. Las pezuñas las empezó a exhibir públicamente cuando comandó la maniobra política para dejar fuera de juego a Aníbal Ibarra, por quien siente una vieja aversión. Como su amiga Carrió, Michetti también habla de amor y buena onda pero hay ocasiones en las que pierde los estribos y le asoma una bilis ácida, una vocación de aplastamiento.

“En verdad, yo no siento que me tenga que definir así por donde en el imaginario, la centroizquierda es la dueña exclusiva de la sensibilidad, los derechos humanos y la gente pobre, y la derecha es el orden, la eficiencia”, ha dicho. De hecho, el PRO quiso hacerse “dueño” de la gente pobre en el lanzamiento de campaña y salió mal. Pero los desalientos Michetti los combate con fe, y su asesor espiritual es nada menos que el cardenal Jorge Bergoglio, a quien ve “bastante habitualmente, cuando necesito conversar con alguien que me imparta sabiduría”. Se siente afortunada, Michetti, de tener el “honor espectacular” de que Bergoglio le conceda entrevistas cada vez que ella lo necesita. “Me encantaría verlo más seguido, pero tampoco lo quiero molestar tanto”, dice.

Cuando se accidentó, y su papá fue a verla a la clínica donde la habían llevado, ella cuenta que le dijo: “No te preocupes, voy a ser feliz igual en silla de ruedas”. De hecho, en una de las páginas del sitio web del PRO hay un artículo titulado: “Me dolió más mi divorcio que el accidente”. Es que Michetti pertenece, a diferencia de Mauricio (¡y ni hablar de Franco!), a esa clase media católica que se casa para toda la vida, pase lo que pase, haya o no consenso. Mantener a flote un matrimonio depende de dos personas, no de una sola. Pero de una sola persona sí depende revertir una desgracia personal e imprimirle a una silla de ruedas un lustre supersónico, biónico y pro.

Cuando llegó a la política, Michetti, después de nueve años de rehabilitación, la abandonó. Eran pocos los progresos y demasiado el esfuerzo, ha explicado. Y la verdad, Michetti descubrió otra forma de avanzar, para la cual su silla de ruedas no es un impedimento. Ella tiene su dream team y es un frente con López Murphy, Carrió y Lavagna. Dice que hoy votaría por Carrió, claro. Sueña con ser la artífice de ese acercamiento. Políticamente correcta, dueña de un poder de seducción nuevo a los ojos masivos, Michetti en las entrevistas y personalmente es esa buena mina de la que todas nos haríamos amigas. Irradia una fuerza de voluntad de un voltaje increíble, y podría ser coronada ya mismo Reina de la Antiautocompasión. Pero ideológicamente, porque mal que les pese a los del PRO todavía somos muchos los que pensamos el mundo en términos ideológicos, y creemos que las ideologías son las que desde el principio de la historia han sido la vara que dividió muy pocos bienes entre muchísimas personas, haciendo de algunas de ellas seres humanos y de otro montón pura basura, Michetti es líquida. Hace agua cuando, por ejemplo, dice que “en la Argentina de hoy, para construir se necesita tener un gobierno para generar gestión concreta”. Como si existiera alguna gestión concreta abstracta, cuyo resultado no sea un costo o un beneficio. Como si se pudiera estar de los dos lados. Ahí la sólida Michetti hace glu.

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