EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Sentimientos

 Por J. M. Pasquini Durán

Néstor Kirchner es reeleccionista, tal cual lo practicó en Santa Cruz en sucesivos mandatos de gobernador. ¿Por qué no en la presidencia de la Nación? En el siglo XXI los humores sociales cambiaron, sobre todo a partir de la crisis político-institucional de 2001/02, como quedó ratificado en el rechazo de Misiones a la reelección indefinida, por lo que sólo quedó en pie la norma de dos mandatos consecutivos. En ese caso, la experiencia de Carlos Menem probó que el reelecto comienza a perder poder a partir del primer día del segundo período y su mandato real expira a los dos años, puesto que para entonces comenzarán a probarse la ropa que va a dejar, como en el tango, dado que no podrá aspirar a un tercer período. Aunque no agote las razones para el renunciamiento, otro motivo es que la alternancia, así sea matrimonial, oxigena la relación del Gobierno con la sociedad en la medida que la novedad de la gestión despierta expectativas diferentes. Remachar sobre esta presunción inspiró a los publicistas de la campaña de la senadora Cristina Fernández para elaborar la consigna de lanzamiento: “El cambio recién comienza”.

El método imperfecto para nominar a la sucesora fue la exclusiva voluntad presidencial, del mismo modo que Duhalde promovió a Kirchner, un casi desconocido para el país, ni qué decir en Buenos Aires, hace apenas cuatro años, en 2003, aunque hoy parezca tan remoto. No es el procedimiento deseable en una democracia republicana, pero otra vez hay que remitirse a las crisis orgánicas de los dos principales partidos populares, peronistas y radicales, para entender que la necesidad tiene cara de hereje. Una vez instalada en la opinión pública, con favorables encuestas de intención de voto y una publicidad intensiva, serán convocados los congresistas del Partido Justicialista (PJ) para revalidar la candidatura en un congreso más o menos formal, donde lo más probable es que se imponga el hábito que se les atribuye a los caciques peronistas de “acudir en auxilio del que gana”.

Para integrar la fórmula oficialista está propuesto el gobernador mendocino Julio Cobos, de la UCR, si un próximo encuentro de sus pares y correligionarios consiente esa participación a cambio de otros cupos en el reparto de posiciones ejecutivas y legislativas nacionales que se irán develando en las próximas semanas. Desde ya, este binomio expresaría la gestación de lo que alguna vez en el alfonsinismo se llamó “tercer movimiento histórico”, pero que ahora se presenta como “convergencia plural”, porque ya no pretende ser la exclusiva fusión bipartidaria, sino que busca otros fragmentos de distinta filiación, además sin obligación de renunciar a la identidad original de cada componente. Así, por ejemplo, están tentando a un socialista bonaerense para que ocupe la vicejefatura del actual gabinete y es probable que el titular de Credicoop, Carlos Heller, de estrecha relación con el Partido Comunista, no sea olvidado después de su participación en la reciente competencia porteña. En la segunda vuelta de la ciudad, el ministro Filmus aseguró que lo apoyaban tres docenas de organizaciones políticas y vecinales, que serían en el distrito las potenciales bases de la llamada “convergencia”. Durante buena parte de su mandato, el presidente Kirchner, asistido por varios colaboradores en la Casa Rosada y por la obra de Acción Social, trabaja en la construcción de puentes con organizaciones no gubernamentales, aunque sin integrarlas orgánicamente todavía a ningún otro compromiso que la búsqueda de intereses compartidos.

Si el proyecto funciona es obvio que dejará en la intemperie a ciertas fracciones del peronismo que, por otra parte, los Kirchner no tienen deseos de retener a su lado. A fin de congregar a los resentidos, se reunieron en San Luis Menem, Puerta, Rodríguez Saá y otros figurines de la última década del siglo pasado, pero no los congregan las tradicionales banderas peronistas de la justicia social, la soberanía económica y la independencia política, sino la reivindicación de las políticas neoconservadoras de los años ’90, sobre los que la mayoría de los ciudadanos tiene ahora opiniones desfavorables. Incluso antiguos mentores de aquella gestión, hoy en día están entusiasmados con la “nueva derecha” triunfal de Mauricio Macri y descalifican a los nostálgicos porque son un lastre impopular. En la víspera, Carlos Menem ocupó la tribuna de opinión del matutino La Nación (“Los ‘malditos’ años ’90”) para rescatar su propia gestión como si se tratara de un “paraíso perdido”, pero anteayer, en el mismo espacio, anotaba Natalio Botana: “El arte de la coalición no consiste en armar alianzas negativas, o en acumular votos para apuntalar derrotas, sino en la capacidad de dar a luz una alternativa de gobierno y un programa viable” (“El avispero”, 5/7/07).

Botana aludía también a los debates en la “nueva derecha” sobre los modos de enfrentar la candidatura de la senadora Fernández de Kirchner. Hay allí dos pareceres que sobresalen después de constatar la imposibilidad de una convergencia de los heterogéneos competidores en la oposición. Una hipótesis, atribuida a López Murphy, dice que lo mejor sería la unidad, pero si no se puede, dado que ninguna individualidad está en condiciones de polarizar, como ocurrió en la ciudad, lo mejor sería la multiplicación de candidatos que podría restar votos al oficialismo y permitiría la segunda vuelta, en cuyo caso el más votado recibiría el apoyo de los otros. La otra opinión, que se le adjudica a Eduardo Duhalde, es que lo único que conseguirán los opositores es sacarse votos entre ellos, sin alterar el flujo habitual del peronismo, que aseguraría la victoria de la candidata en primera vuelta, de lo cual deduce el antiguo caudillo bonaerense que, también esta vez, el futuro está en manos de los peronistas y de nadie más. Habrá que ver si la convencional disciplina de la camiseta tiene aún la misma influencia sobre los votantes que en el pasado.

Un dato a tener en cuenta es el comportamiento del aparato nucleado en la CGT debido a los recursos que maneja, sobre todo para enturbiar las aguas de estos últimos meses de Néstor Kirchner. Por lo pronto, ya presentaron factura, reclamando un nuevo salario mínimo del Consejo Nacional del Salario y apoyo financiero para las obras sociales, una de las cajas importantes del negocio gremial y, en principio, el Gobierno está dispuesto a convocar al Consejo y estudiar el resto de la demanda. Es probable un nuevo aumento por decreto de las jubilaciones. Esta semana la UTA estaba por declarar una huelga de ómnibus de corta y media distancia, con el consiguiente trastorno público, pero el secretario de Transporte anunció que si fuera necesario los reclamos salariales del sector serían cubiertos por subsidio oficial. De modo que si el residual de los ’90 es toda la oposición peronista, doña Cristina ya puede ir preparando el cotillón.

No son las únicas precauciones de la gestión gubernamental. En los últimos días obtuvo un compromiso explícito de Brasil para aumentar la provisión de energía eléctrica y el vicepresidente de Bolivia estuvo en la Rosada para ratificar el contrato de provisión de gas. Al mismo tiempo, la empresa Metrogas fue sancionada por cortes exagerados en el suministro a grandes consumidores, cambiaron el presidente del directorio y el Presidente lanzó acusaciones de sabotajes como parte de campañas sucias contra la candidata. Junto con el reconocimiento de la crisis energética, combinada con las inclemencias climáticas, los problemas del sector no están superados, pero nadie podrá decir que las autoridades son indiferentes. En todo caso, los cargos críticos tienen que ver con un proceso de desinversión, pero cuyo período de tiempo supera con creces los últimos cuatro años.

En su último encuentro con las Fuerzas Armadas, el presidente Kirchner anunció un aumento de sueldos y volvió a establecer las bases de la relación con los militares a partir de la resolución del pasado con memoria, verdad y justicia. Para quienes están comprometidos con esos mismos valores, comenzó el juicio a Von Wernich, uno de los curas involucrados de manera directa con el terrorismo de Estado, lo que es una buena noticia, pese a que siguen pendientes numerosas causas que involucran a jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad. Pese a los esfuerzos para reformar la estructura de mandos y los cánones de la educación, lo mismo que las reparaciones a los veteranos de Malvinas, los vínculos con los uniformados continúan débiles y fluctuantes, ya que hasta el momento las instituciones no comparten la opinión predominante en la civilidad sobre lo que sucedió en el siglo pasado y, en particular, durante los años setenta. Es una de las tareas pendientes para el próximo período presidencial.

Especular sobre las características y obras del futuro gobierno es un esfuerzo vano y las opiniones que circulan responden más bien a la labor de lobbies dedicados a presentar determinados intereses particulares como requerimientos programáticos o decisiones de la intimidad del matrimonio Kirchner. Hasta los argumentos oficiales que se usaron para presentar la candidatura de la senadora son tan generales que significan todo y nada. ¿Qué quieren decir con “el cambio” que se anuncia? ¿Qué pasará con reformas como la política y la tributaria, que esperan turno desde hace años? ¿Y la redistribución del ingreso seguirá el ritmo actual, lo mismo que la creación de nuevos empleos? El catálogo de preguntas abiertas es casi interminable, pero las respuestas acabadas no existen, más allá de la imaginación y los presentimientos de la pareja presidencial.

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