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Una interna a muerte, aunque nadie quiere votar a un radical

La UCR tiene una intención de voto casi inexistente, pero la pelea por la candidatura es feroz. Odios entre provincianos y porteños, y figuras en pugna en el deporte favorito de la UCR.

 Por José Natanson

Rodolfo Terragno piensa que con el modelo irlandés logrará conmover al electorado independiente. Angel Rozas confía en el apoyo de los dirigentes provinciales, que prefieren un candidato derrotado, pero del interior. Osvaldo Alvarez Guerrero emprende una cruzada imposible. Y a Leopoldo Moreau no le importa que las encuestas ni siquiera lo mencionen, porque considera que es el “más radical” de todos. En medio de la peor crisis de su historia, los radicales se preparan para las próximas elecciones como sólo ellos saben hacerlo: cruzados por internas mezquinas y enfrentamientos eternos.
La frase, aunque un poco trillada, define mejor que cualquier otra el espíritu del partido de Yrigoyen: para un radical una elección es algo que sucede entre interna e interna. Hoy más que nunca, la vieja sentencia tiene sentido.
Con un 1,1 por ciento de intención de voto según el último sondeo de Analogías publicado por Página/12, Terragno es el mejor posicionado, aunque todo indica que le costará llegar a la segunda vuelta: la encuesta lo ubica en un cómodo noveno lugar. Además, y si bien mide mejor que el resto, sus correligionarios no terminan de aceptar su estilo –en verdad nunca lo hicieron– y Alfonsín no para de cuestionarlo: lo definió como “un pasajero” del radicalismo.
El senador confía en que su perfil y su propuesta le permitirán sortear los obstáculos, pero sabe que no será sencillo. Además de la resistencia de Alfonsín, un grupo importante de dirigentes provinciales se opone a su candidatura, no tanto por su figura como por sus socios: los radicales del interior prefieren cualquier cosa, incluso la desaparición de su partido, antes que cerrar un trato con el eje Buenos Aires-Capital que lideran los dos aliados clave de Terragno, Federico Storani y Jesús Rodríguez.
Este grupo heterogéneo –integrado por los cinco gobernadores, los restos del delarruismo comandados por Rafael Pascual, un conjunto importante de legisladores y muchos intendentes– había pensado en Roberto Iglesias para enfrentar a Terragno. Cuando el gobernador mendocino decidió no postularse, los radicales del interior comenzaron a presionar a otro gobernador, el chaqueño Angel Rozas.
Jefe formal del radicalismo, Rozas aún no dio el sí definitivo, pero sabe que cuenta con el respaldo del ex presidente. “Alfonsín lo quiere de candidato porque está apostando a cerrar un acuerdo con el peronismo, hacer una fórmula conjunta y convencer a Rozas de que vaya de vice. Es un planteo ingenuo, porque los peronistas no quieren saber nada, pero igual no pierde la esperanza”, asegura un radical cercano a Terragno.
Sin apoyos de peso, y con una imagen en el subsuelo de la política, la candidatura de Moreau se parece bastante a una jugada testimonial. “Si lo principal es fortalecer al partido, yo soy el mejor candidato: no hay nadie más identificado con el partido que yo”, ha dicho el diputado, cuyas chances son prácticamente nulas. Algo parecido ocurre con el ex gobernador rionegrino Osvaldo Alvarez Guerrero, un adicto a este tipo de peleas absurdas: en el mejor momento de Fernando de la Rúa, por ejemplo, quiso disputarle la candidatura a senador, y finalmente abandonó la carrera.
Sea cual fuere el candidato, es evidente que el radicalismo se encamina a una catástrofe electoral. Sus dirigentes confían en que el aparato y el poder territorial de los gobernadores e intendentes les permitirá zafar: ayer, por ejemplo, el santafesino Luis “Changui” Cáceres reapareció para reclamar una estrategia que articule a los diferentes sectores internos. Los problemas, sin embargo, parecen demasiado graves: la UCR no sólo sufre la falta de candidatos taquilleros; tampoco tiene figuras prestigiosas, ni un liderazgo unificado ni buenas gestiones para mostrar (ni siquiera tienen una que haya concluido normalmente en los últimos 70 años).
Por supuesto, los problemas se agravan por las decisiones de sus dirigentes. En el radicalismo existen enfrentamientos –como la peleaStorani–Pascual o el clásico de San Isidro entre Moreau y Melchor Posse– que se han convertido en disputas de carácter casi personal y que bloquean cualquier tipo de acuerdo. Para colmo, hay en los radicales –y en esto coinciden todos– una decisión inquebrantable de oponerse a cualquier tipo de renovación: dos semanas atrás, un legislador que lo respeta le aconsejó a Alfonsín que limitara sus apariciones mediáticas y hasta le sugirió, con mucho cuidado, que pensara en la mejor forma de abandonar poco a poco la vida pública.
El ex presidente –que representa para su partido el peso simbólico de una figura deslegitimida– le respondió enojado: “Yo estoy recorriendo los pueblos, hablando con mis amigos, escribiendo. Pídame cualquier cosa, menos que me retire de la política. Eso no va a pasar nunca”.

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Alfonsín usa su peso simbólico aunque no es candidato. “Jamás voy a dejar la política,” dice.
 
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