EL PAIS › OPINION

Jóvenes, educación y política

 Por María Elena Barral, Cristina Gómez Giusto, Sandra Alegre y Beatriz Greco *

–Néstor nos habló de la historia –respondió Facundo, un joven de 20 años, ante la pregunta acerca de “qué fue lo que les llegó tanto de Kirchner”.

Néstor Kirchner señalaba en un discurso en 2009 que para que la juventud participe “hace falta la ocasión, la fuerza y la iniciativa”. Resulta interesante detenerse en la palabra ocasión, que se emparenta con oportunidad. Algo que los adultos debemos construir para las nuevas generaciones y junto con ellas. Lo expresan con claridad los jóvenes que en estos tiempos hallaron una ocasión, quienes reconocen que una parte sustancial de esta experiencia política se expresa en una dimensión colectiva: “Ser parte de algo”, “formar parte de una historia”. Para quienes por 2000/2001 se encontraban en la escuela secundaria (o en esa edad aunque no fueran a la escuela) el cambio es muy potente: de ser parte de un país que se deshace a ser parte de un país que se proyecta hacia un futuro.

Estamos atravesados hoy por un contexto de transformaciones profundas. Transformaciones que apelan a una suerte de invención de la juventud que requiere un pensar más agudo, más atento, considerando otras variables, otras relaciones. Relaciones distintas de las sostenidas desde la lógica de los bandos opuestos, que se plantean en términos de “un ellos y un nosotros”, “lo viejo y lo nuevo”, “el pasado y el futuro”. La complejidad de la época nos invita a desarmar las dicotomías, a reponer la relación adultos-jóvenes como espacio de encuentro y transmisión, el “entre” generaciones, donde lo nuevo puede tener lugar historizando lo ya vivido, dándole sentido desde un presente. Nos coloca frente al desafío de cuestionar las miradas que se despliegan sobre los jóvenes y la juventud. No sólo las peyorativas, marcadas por la incompletud, el déficit, la incapacidad y la fragilidad; sino también las idealizadas, que les atribuyen la posibilidad absoluta, la omnipotencia, la fuerza, la novedad... como se oye en muchos discursos que ponen en los jóvenes una carga de responsabilidad sobre un futuro idealizado sin hacerse cargo de las condiciones que como adultos estamos obligados a generar para que ellos tomen su parte.

Varias experiencias educativas actuales –desarrolladas en el contexto escolar o en otros ámbitos como ONG o agrupaciones políticas– están sosteniendo proyectos que tienden a relativizar el formato escolar conocido (homogeneización, jerarquización, fragmentación de los conocimientos, normalización) y están pudiendo hacer lugar a la participación política de los jóvenes en nuestro tiempo, reuniendo prácticas de enseñanza y ciudadanía. Lo hacen preguntándose por lo que permite, favorece, promueve experiencia política en nuestro tiempo y en otros momentos históricos. Esto supone comprender las condiciones sociales, históricas, políticas, jurídicas que habilitan o no la participación y la experiencia misma, tanto para jóvenes como para adultos.

Muchos jóvenes están en las escuelas, obligados o no, están allí y no basta con “bancarlos” o rechazarlos. Los espacios de participación en las escuelas pueden ser un modo de “hacer lugar” genuino, fortaleciendo el sentido inclusivo de la educación. Ahora bien, ¿qué sucede cuando los jóvenes se expresan, participan, actúan?, ¿qué pasa cuando los jóvenes se presentan públicamente como sujetos de derecho ejerciendo derechos?, ¿desde qué miradas se analiza nuestro tiempo y desde qué perspectivas se habla de lo político? El tema de las tomas de las escuelas puede ser un excelente ejemplo en este sentido. Empiezan aquí las tensiones y se dibujan modos muy diferentes de concebir a los jóvenes y a su participación, particularmente en el ámbito educativo.

Lo curioso es que pareciera no haber inconvenientes cuando los jóvenes “hacen como si” participaran, discutieran, reclamaran. Nadie está en contra de los parlamentos juveniles, de simular un debate político, de hacer un ejercicio de acción de amparo o una actividad como por ejemplo: “Exponga en dos columnas argumentos a favor y en contra de...”. Ahora bien, cuando los jóvenes toman la escuela, confrontan la información de funcionarios o discuten con sólidos argumentos ante reclamos, organizan una manifestación... algo anda mal o es culpa de algún partido político o agrupación. O de la escuela. Así pareciera comprenderlo el propio ministro de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Esteban Bullrich, cuando en los inicios del conflicto apeló a los padres ignorando, obviando, a los jóvenes como interlocutores válidos.

Para el acto en el Luna Park, realizado el pasado 14 de septiembre, en el que Kirchner le hablaría a la juventud, los afiches convocaban con la leyenda “Néstor le habla a la juventud le habla a Néstor”. El adulto como habilitador, garante, capaz de acompañar la participación de los jóvenes: allí reside el sentido de la transmisión, la filiación y, en definitiva, de la educación. La idea de “don” colabora a pensar que aquello que los adultos dan a las nuevas generaciones, en términos político-educativos, no genera deuda, no hay devolución.

Bárbara Caletti, una historiadora muy joven, escribió en Página/12 a propósito de la despedida multitudinaria –y abrumadoramente juvenil– a NK los últimos días del pasado octubre: “Y es que el miércoles 27 fue uno (otro) de esos momentos en que sentís que la historia se te mete en las venas. Te transita como el líquido de contraste que se usa en los estudios médicos. Te sentís ahí, un pequeño punto y coma, espacio entre esas líneas que serán leídas en futuros lustros, y también –por qué no– lejanas décadas. Sentirse parte de algo más, de un sujeto colectivo. Hacer, o más bien ser la historia. Entendámonos: Historia con mayúscula. Y protagónicamente”.

En contraste con lo que el ministro Bullrich plantea cuando comenta que lo importante son los doscientos años que vienen y no los que pasaron, son los mismos jóvenes quienes nos interpelan a asumir la transmisión de nuestras experiencias y la restitución de la memoria, de la justicia y de la verdad.

Muchos jóvenes de hoy se reconocen en esos otros jóvenes de los ’60 o ’70 (politizados, perseguidos, desaparecidos, resistentes) y a la vez saben que no son iguales. Así, se preguntan de qué modo vivir la política y prueban, ensayan formas más cercanas o más lejanas a ese modelo de militante que ofrece la historia. Las propuestas desde los colectivos artísticos y otras son un ejemplo de estas nuevas formas de vincularse con la política. Formas que los adultos pueden propiciar para ellos y que ellos mismos se forjan, arman, pelean. Lo político entendido como aquello que interrumpe un orden injusto naturalizado, lo político reuniendo lo arbitrariamente separado (como por ejemplo pobreza y buena educación), lo político como movimiento que se atreve a transformar lo aparentemente dado, lo que parece incuestionable, lo que parece inamovible. Lejos de asustarnos por lo político haciéndose lugar en las escuelas podríamos pensar que aún no se ha hecho el lugar suficiente. Lo político como fuerza constante que tiende a la igualdad y a la emancipación es vital para la construcción de sociedades democráticas pluralistas. Y hay quienes, desde una forma de gobierno posible, están brindando la ocasión.

* Integrantes de Encuentro Educativo Buenos Aires, un espacio de participación para la construcción de un proyecto político-educativo para la ciudad conformado por profesionales de la educación provenientes de diferentes disciplinas (docentes, pedagogos, psicólogos, sociólogos, antropólogos, trabajadores sociales y otros) que acompañan las políticas del gobierno nacional.

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