EL PAíS › LLANO Y DIRECTO, MENOS EN SU MUERTE

La víctima equivocada

 Por Raúl Dellatorre

Por su trayectoria y su edad, era muy fácil augurarle un futuro promisorio. Por su compromiso político y sus convicciones, era muy difícil objetar en algo el rápido escalonamiento de su carrera. Por su sencillez y su capacidad para explicar fenómenos complejos de la economía, seducía y atrapaba. Todo en Iván Heyn parecía ser llano, directo, sin dobleces ni intenciones ocultas. Todo menos su muerte.

Frente a él, uno trataba de imaginar cómo es que este pibe morocho de rulitos, de corta edad pero con una cara aniñada que aparentaba menos, había podido en tan pocos años crecer profesional y políticamente tan rápido y firme. Desde asesor de la ministra de economía Felisa Miceli a los 26 años, pasando luego por la Secretaría de industria con Miguel Peirano, hasta arribar, hace apenas diez días, como subsecretario al área de Comercio Exterior. Un área caliente, que la propia presidenta de la Nación colocó en su discurso de reasunción en un rol estratégico.

Uno podía imaginar a Iván cumpliendo el rol de armador de los mecanismos de regulación del Estado sobre el comercio, uno de los costados de la economía que estudió con fanatismo más que dedicación. Volcando su experiencia de cinco años en funciones políticas clave dentro de la estructura de la administración para lograr la convivencia más fructífera con Beatriz Paglieri y Guillermo Moreno, secretarios de Comercio Exterior e Interior.

Pero a poco de conversar con él, la sensación se transformaba en otra. Porque este “joven brillante”, como ahora muchos lo reconocen, se convertía de golpe en el pibe más ingenuo, más inocente e informal. Capaz de proponerse para hacer una entrevista televisiva en estudio con la misma remera de La Cámpora con la que acababa de marchar. “¿Vos estás loco, querés darles pasto a las fieras?”, lo ubicó el compañero, el dirigente, el amigo que circunstancialmente estaba junto a Iván. El inminente entrevistado levantó los hombros y abrió su boca en una sonrisa pícara como diciendo “¿y qué tiene de malo?”, pero aceptó el saco y la chomba “más propia de su investidura” que otros trabajadores en el set se sacaron y le ofrecieron para que se exhibiera al aire.

Al hablar de economía, desplegaba solvencia, pero la ocultaba en parte con una generosa distribución de créditos hacia otros por una idea, una propuesta, un discurso esclarecedor. Como si no tuviera títulos suficientes para exponerlos con su propia interpretación.

Dicen que en la gestión como funcionario público era muy peleador, un defensor de las ideas y el modelo de desarrollo industrial con inclusión a ultranza. Dicen que no se privó de cuestionar ni al ministro de economía Martín Lousteau en su momento, siendo miembro de su equipo, por su “incomprensión” del modelo de crecimiento. Y, sin embargo, esas “insolencias” no le impidieron ir ganándose el respeto de los demás. Incluso desde puestos de “combate”, como el de director por el Estado en una empresa privada monopólica, en su caso en Aluar.

Desacartonado hasta el extremo, el día que Cristina les revoleó, por videoconferencia, la humorada de calificarlos “los conchetos de Puerto Madero” a él (presidente de la Corporación P. M.) y al todavía ministro Amado Boudou (vecino de P. M.), a Iván no le preocupó si iba a pasar vergüenza frente a quienes lo estuvieran viendo, o si el hecho iba en desmedro de su prestigio político. Por su cabeza debe haber pasado la preocupación por las cargadas que iba a recibir de sus amigos y compañeros, por haber sido “calificado de concheto por la Jefa”.

Así de simple en su trato. Con una enorme ambición política, de concreción de proyecto, más que personal. Aunque le gustaba sentirse protagonista, “hacedor” en el proceso. Recibía elogios hasta la saturación, como el título de “economista estrella”, pero a su vez los misiles de una oposición que demonizó lo que denomina “la acumulación de cargos por los jóvenes de La Cámpora”.

Pero Heyn no se la creía. Jamás cambió sus modos sencillos y humildes, tanto en la argumentación como en el combate de ideas. Siempre se mostró como un buen producto de un nuevo modo de hacer política: llegó adonde llegó siendo parte de una construcción colectiva, respaldado por sus compañeros pero a la vez incitando a sus compañeros a comprender, nutrirse de elementos para poder discutir, no dejarse avasallar por tecnicismos carentes de sustento cuando el tema en debate es la economía. Sólido en sus convicciones políticas, en su formación técnica y habiendo ganado, en los últimos tiempos, una riquísima experiencia de gestión. Así se ganó el afecto de la Presidenta, no como amigo de Máximo, como con mala intención algunos dijeron y repiten.

Ayer Cristina Kirchner lo debe haber llorado casi como a un hijo. Muchos otros lo lloran, confundidos, incrédulos. Sintiéndose víctimas de la peor de las injusticias. El principal legado que deja Iván ayer estaba a la vista frente a cualquiera que lo hubiera tratado: dejó una tristeza inconmensurable.

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