EL PAíS › LAS POLITICAS DE AJUSTE DEL FONDO Y LOS GESTOS AMABLES DE KöHLER

Cambia la máscara, pero no las ideas

 Por Raúl Dellatorre

En el Gobierno consideran que han pasado exitosamente el examen de la visita de Köhler. Hasta hubo quienes se entusiasmaron creyendo ver una actitud presuntamente autocrítica en el “number one” del Fondo: en vez del ogro que esperaban recibir, se encontraron con un alemán con cara de bonachón y sonrisa generosa para exhibir su blanca dentadura. Las apariencias engañan y rápidamente deberían aprenderlo los noveles funcionarios: el Fondo no cambia de ideas, sino simplemente de máscara. Muy pronto el Gobierno estará discutiendo con Singh, Dodsworth y compañía acerca de presupuestos y gasto público, si cobrarles impuestos a los exportadores y especuladores financieros o al consumo masivo, si gastar en planes sociales o pagar los intereses de la deuda. Ahí se podrá ver el verdadero rostro del organismo, de rasgos largamente conocidos.
Contrariamente a la imagen de arrepentimiento que algunos creyeron ver en el máximo representante del Fondo, un reciente documento de Kenneth Rogoff, director del Departamento de Estudios del FMI, en respuesta a las críticas recibidas por el organismo, deja en claro que su cerrada concepción en favor de los ajustes estructurales y enraizada en el “pensamiento único” no reconoce mella. En un capítulo titulado “El mito de la austeridad”, Rogoff rechaza que “en todos los países en que el Fondo se hace presente, las políticas macroeconómicas restrictivas que impone a los gobiernos invariablemente dan por tierra con las esperanzas y aspiraciones del pueblo (...). Sostengo que la realidad es casi la contraria: como norma, los programas del Fondo reducen la austeridad en lugar de crearla”, se aventura el economista principal del FMI.
Más aún, como para dejar en claro la bonhomía del Fondo, Rogoff dispara que el organismo “actúa donde ningún acreedor privado se atreve a intervenir y otorga préstamos a tasas tan favorables que sus países sólo podrían soñar en obtener en las épocas de mayor bonanza”. Y afirma que “a corto plazo los préstamos del FMI permiten a un país deudor en dificultades ajustarse el cinturón menos de lo que tendría que hacerlo a falta de esa asistencia; las condiciones de política económica que el Fondo aplica a sus préstamos sustituyen a la disciplina más rigurosa que impondrían las fuerzas del mercado si el FMI no existiera”. De allí su sorprendente conclusión: las recomendaciones del Fondo no hacen a las políticas públicas más restrictivas, sino que son liberadoras de recursos. Además, explica que los gobiernos de los países en desarrollo “acuden a la asistencia financiera del Fondo cuando ya están sumidos en profundas dificultades financieras provocadas, en general, por una gestión desacertada y por mala suerte (sic) combinadas en diversas proporciones”. Y ello, asegura, es verificable a lo largo de los últimos 50 años, “desde el Perú de 1954 hasta la Argentina de hoy”. El mismo país que acaba de visitar Köhler.
Está visto que el Fondo, lejos de estar en proceso de revisión de sus tradicionales recetas de austeridad, está tan convencido como siempre de que no sólo son las mejores, sino las únicas posibles. Y además, que los equivocados son los que lo critican. Ante gobiernos como el de Kirchner, que dicen cosas tales como “no estamos dispuestos a aplicar ajustes en perjuicio de la población”, o “el FMI tiene gran responsabilidad por lo que ocurrió en Argentina”, ¿qué piensa, en realidad, el Fondo? Kenneth Rogoff responde, utilizando una muletilla que ayer repitió Köhler en conferencia de prensa. “La institución sirve de cómodo chivo expiatorio cuando los políticos enfrentan a la población de sus países con un presupuesto menos despilfarrador. ¡El FMI nos obligó!, es el estribillo habitual de los gobiernos que reducen el gasto y los subsidios.”
Aunque en público haya representado el personaje del funcionario humilde que se equivocó en el diagnóstico, subestimó la recuperación argentina y se culpó de los errores cometidos, Köhler siente, internamente, que merecería felicitaciones, agradecimientos y hasta disculpas por las “injustas” diatribas. El hombre sabe esperar: ya llegará la hora de”negociar” el acuerdo y mostrar quiénes son los Dueños –entre otros activos– de la Verdad.

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