SOCIEDAD › UNA FAMILIA FUE MULTADA POR SER MALOS VECINOS

Condenados a portarse bien

 Por Horacio Cecchi

Durante unos cuantos años (alrededor de 15, dicen los memoriosos), los siete chuckys del matrimonio de Valentín Gómez al 2900, 5º 32, tuvieron lo que se dice podridos a los vecinos. Los canarios del balcón del 3º de enfrente, cruzando Valentín Gómez, hace tiempo que están que trinan con el sol rebotado en sus ojillos merced al truco del espejo maldito. No es nuevo que el cartero mire hacia arriba cada vez que pasa a dejar un sobre por el edificio, después de haber recibido una taza de café sobre su cabeza, pocillo incluido. El ascensor que queda atascado porque los chuckys juegan a dejar la puerta abierta. La ropa de la del 3º desteñida porque la madre de los diablillos lava el piso con lavandina. El portero harto de que le escupan el pasillo. Todas pequeñas historias de pequeñeces. Pero lo que alimentó los ánimos consorcistas, lo que colmó su paciencia y los sacó de quicio, fue soportar durante una década la grotesca lluvia de caquitas. Y cayeron de punta hasta que zanjó la Justicia: ordenó a los del 5º 32 pagar 200 pesos de multa y controlar más de cerca a los muñecos malditos.
Son siete los hijos de Horacio Luis y Rosa. Llegaron al edificio de Valentín Gómez 2972 cuando Rosa estaba embarazada del primero, hará unos 18 años, según recuerdan los más antiguos del consorcio. Seis varones, el menor de unos 4 o 5 años, y una mujercita de alrededor de 15.
Quién no ha atado una lata a la cola de un gato o pateado cestos. Diabluras de chico. Pero los muy chu-ckys del 5º 32 lograron superar los extremos. Falta de límites, podrá decirse. Y es cierto. Ni siquiera se detuvieron ante el enrejado del balcón de calle. “¿Te acordás, José, cuando sacaban y pishaban a los que pasaban por la vereda?”, preguntó al quinielero el encargado del edificio de enfrente cuando este diario pedía precisiones.
“Cortan la luz, dejan la puerta abierta del ascensor. La mujer cada vez que pasa por el pasillo escupe. Y tiene la costumbre de baldear todos los jueves. Yo ya sé que los jueves se inunda el edificio. Los del piso de abajo tienen el departamento destruido por la humedad”, relata agotado Roberto, el encargado del edificio. Un cartel de venta colgado del balcón del 4º piso testimonia el relato. “Lo pusieron en venta hará unos cuatro o cinco años. Pero no se lo ubican a nadie”, aseguró el quinielero. El vecino del 5º 31 logró eludir la incómoda situación. “No pudo vender el departamento pero igual se mudó. Ahora está vacío”, reconoció un consorcista.
Cruzando Valentín Gómez, en el 3º piso del edificio de enfrente, una mujer acostumbra colgar las jaulas de sus canarios de la pared del balcón. Los días de sol radiante los tweeties están que trinan. No es que sean ninguna maravilla sino que los chuckys del 5º les hacen la jugarreta de rebotar con un espejo los rayos de sol sobre los ojos y los pájaros enloquecen. A veces pueden escucharse los gritos enfurecidos que cruzan la calle desde arriba. En el consorcio, del 4º hacia abajo también supieron de los lavados de piso con lavandina. “La mujer me arruinó cantidad de ropa”, se quejó la del 3º. “También tiran cuchillos, tenedores, una vez le apuntaron al cartero con una taza de café”, dijo Rogelio. Pero lo que enerva a los consorcistas es la lluvia de excrementos. “Empezaron con pañales sucios”, aseguró una vecina. El abogado Arnaldo Martínez, del 4º 26, exactamente debajo de la conflictiva familia, inició un juicio por daños en el ‘99. Antes, se expidió la justicia contravencional porteña: condenó al matrimonio a pagar 200 pesos y a “observar reglas de higiene y urbanismo”.

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