EL PAíS

Retórica y mística en Laclau

 Por Horacio González *

Cuando se cierra una obra –él, que meditó sobre la imposibilidad del concepto de cierre– se cierra una vida. Lo decimos así y no al revés, porque Ernesto Laclau tenía plena conciencia de haber dado una obra y dedicó su vida a propagar el lenguaje que la constituía, en gran medida por él mismo inventado. Su hablar cotidiano se componía de desafíos, ironía y tango. Cuando abandonaba esas nostalgias, aparecía la expresión “debates y combates”. Tan latinoamericanista, tan fervoroso adherente a itinerarios políticos que defendió como un deber ser kantiano, su escritura razonante consistía en una consideración casi geométrica sobre el orden de las diferencias y las equivalencias, pero en su caso llevada a un tenso diálogo con una radicalización de la tesis del significante vacío de la lingüística del siglo XX.

Esto lo puso frente a la facticidad de la “nada mística” y los dilemas de su representación. Creo que ésa es su mayor originalidad. En algún momento de su largo trayecto –desde el Partido Socialista de la Izquierda Nacional hasta Essex, y desde el debate europeo con Negri o Zizek hasta sus restallantes declaraciones cada vez que pisaba Buenos Aires– pronunció la palabra que faltaba: misticismo. Reflexionó con este énfasis en sus últimos trabajos, donde se ocupó de la interesante figura de Meister Eckart, haciéndolo objeto de su antigua interrogación sobre la imposible plenitud de la vida política.

La dificultad de todo presente lo lleva a Laclau a explorar la potencialidad de la ausencia, de la nada, del misticismo y del lenguaje como lo otro que se pone en acto de comprensión necesaria (pero desfalleciente) de lo que trae todo significante político: precisamente aquella imposibilidad de saturación de sentido. Tales dificultades son entonces las que crean lo político entendido como una realidad esencialmente frustrada en el intento de saberse a sí misma. Ningún enunciado puede cerrar su propia cualidad de abarrotarse, con la cual en principio es formulado. Llama Laclau política a eso, pero eso no puede ser tampoco enteramente llamado (es decir, le es inhibido ser objeto completo de un llamado por otro).

Estas paradojas del ser argumental de la vida (porque hay un vitalismo profundo en el trasfondo de estas consideraciones) le sirven para esclarecer el funcionamiento de las ideologías, indispensables pero a la vez ineficaces para designar el campo de posibilidad del ser político. Para lo cual se explayará sobre los nombres de Dios. El célebre “mito” de Sorel se le ofrece como modo intelectual del tratamiento con la diferencia y la igualdad de los enunciados de acción. El mito se torna, quizá como quería Sorel, en un revelador de lo que toda situación tenía como sedimento. No servía como plenitud del pensar, pero en su “falla” descubría una forma del ser.

Los nombres de Dios siguen como comprensible ponderación retórica el itinerario de lo inefable, que llama a actos de sustitución o representación, metáforas o metonimias de por medio. Laclau es, desde luego, un consumado retórico y toda su filosofía es una retórica que proclama a la vez el fin de la retórica. Estos actos deben consumarse pero al hacerlo dejan el vacío necesario como para que se reanude el ciclo fatal del significante vacío. Siempre se reintroduce una diferencia, como en este caso, en que lo político en su capacidad de dar nombres es subsumido a un estilo místico, como el de Eckart, que labora con la nada y el vacío de Dios.

El retórico verdadero es siempre un gran laico hablando de las religiones y del lenguaje; conoce el vacío, el chiste que ayuda a descubrir los nombres ausentes, y es el que se anima a dar un nombre sin ser augur. Una vieja revista argentina, de cuando Laclau era joven, llevaba como acápite una frase de Nietzsche. “Di tu palabra y rómpete”. Al conocer la muerte de Laclau, nos dieron ganas de volver a nuestra adolescencia.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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