EL PAíS › OPINION

Lo peligroso es fracasar

 Por Julio Nudler

El megacanje, el corralito. Dos intentos desesperados de sostener lo insostenible. Domingo Cavallo, acosado por los jueces, prueba ahora el sabor amargo de haber perdido todo el poder, y por ende toda la impunidad. El Cavallo que reprogramó con los banqueros la deuda para correrla hacia el futuro, barriéndola de su camino, sin dejarse disuadir por el enorme costo que le cargaba al país, no es un Cavallo diferente del que cogobernó a la Argentina entre 1991 y 1996. Tampoco lo es el que requisó los ahorros del público. En aquellos años, y sobre todo hasta fines de 1994, violentó todas las barreras y mintió todo lo que hubiese que mentir. Llegó a presentar como un promisorio aumento en las exportaciones industriales las falsas ventas de la mafia del oro. Habló maravillas de Menem, de Iberia y de quien fuera preciso. Impuso una reforma previsional que provocó un brusco deterioro fiscal y desató así la espiral del endeudamiento, que ya no se detendría. Defendió la aberración de que un grupo de empresarios les pagaran sobresueldos a él y a todo su equipo. Todo valía, ninguna verdad podía detenerlo.
Sin embargo, no es Cavallo quien importa, en todo caso, sino el país y el poder que lo toleraron y hasta festejaron. La condición era figurar entre los ganadores de su política. Cumplido ese requisito, los escrúpulos no contaban. Era el mismo país en el que vencía Menem, a pesar de los atropellos, de la corrupción y de todas esas malas prácticas que volvieron inviable a la Argentina. Ahora mismo, cuando un juez resuelve indagar a Cavallo o procesarlo, nadie lee esos actos como un triunfo de la Justicia, sino como presuntas manifestaciones de oportunismo, que aprovechan el espacio creado por una relación de fuerzas que hoy desfavorece a Cavallo y posibilita convertirlo en reo, con rédito de imagen para quien lo hace.
Lo que no se le perdona a Cavallo es su fracaso, y por tanto se investigan sus métodos y se lo quiere condenar por ellos. Ahora no tiene la suerte de contar con ese escudo impenetrable del éxito que lo protegió durante algunos años. No importaba que fuese un éxito pasajero, engañoso y a la postre fatal. Ni siquiera interesaban mayormente quiénes caían bajo las ruedas de aquella estrategia, los excluidos, los desocupados, los científicos que debían ir a lavar los platos. Había shoppings centers, multicines, autopistas, coches similares a los del primer mundo y megarrecitales. ¿A quién podía preocuparle la corrupción, el atropello a los procedimientos republicanos, el hundimiento de sectores productivos?
Ahora es diferente, o quizá sólo lo parezca.

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