EL PAíS › DUHALDE ASEGURO ANTE LA UCR QUE ESTÁ CANSADO Y QUE PODRÍA IRSE

Otra vez el truco del hombre que da lástima

Por Eduardo Tagliaferro y Felipe Yapur

Hay momentos en que a los hombres les parece estar viviendo algo que ya pasó, algo conocido. Esa sensación tuvieron ayer el titular del radicalismo, Angel Rozas, el vicepresidente Pablo Verani, y los titulares de los bloques parlamentarios Horacio Pernasetti y Carlos Maestro, cuando atravesaron la puerta del despacho del Presidente en la Casa Rosada. Cada uno de ellos sospechaba cuál era el motivo que lo había llevado a Eduardo Duhalde a llamarlos por teléfono individualmente y citarlos en la Casa de Gobierno. “Estoy cansado de gobernar”, les dijo sin dejar dudas de su agobio físico y político, que magnificó con la afirmación de que, además, estaba “buscando reemplazante”. Sorprendidos, los radicales lo escucharon en silencio. “Está como (Fernando) De la Rúa en las últimas horas de su gobierno, el Presidente está cambiando el agua de los jarrones”, comentó uno de ellos cuando bajaban las escaleras rumbo al Salón de los Bustos de la Rosada.
En ningún momento los interlocutores de Duhalde percibieron qué había detrás de esa reunión. No hubo pedidos explícitos, no hubo quejas, no hubo reclamos. Les quedó sí la sensación de que el Presidente quiso compartir con ellos los resultados de su gira europea. Cosa que realmente hizo a mitad del encuentro.
Apenas el mozo dejó sobre la mesa la primera ronda de café, Duhalde se permitió expresar su estado de ánimo. Luego de comentarles sobre su “cansancio de gobernar”, señaló que “esperaba encontrar un reemplazante” para dar un paso al costado. En ningún momento de la charla se mencionó la palabra renuncia. No hacía falta, todo estaba muy claro.
Tan contundente eran los dichos del hombre de Lomas de Zamora, que luego de su sorpresa inicial los dirigentes del radicalismo le manifestaron su “apoyo institucional”. Una definición vaga y deletérea a la que los radicales mostraron ser afectos a lo largo de su historia.
Más allá de la frase se vieron obligados a darle un poco más de contenido. “Nosotros lo apoyamos y vamos a seguir apoyándolo. Usted sabe que los cuestionamientos más grandes los tiene en su propio partido. Precisamente de los gobernadores de Santa Fe, Carlos Reutemann, y de Buenos Aires, Felipe Sola”, dijo Verani a modo de consuelo.
“Cierto es, no tengo apoyo”, fue la escueta respuesta de Duhalde al gobernador de Río Negro. Los radicales percibieron que la soledad que emanaba de Duhalde tenía su fundamento en el rechazo de la interna partidaria. Fue un instante, pero alcanzó para que a todos los presentes se les corporizara un fantasma conocido: que la próxima reunión de gobernadores peronistas en Santa Rosa, La Pampa, termine convirtiéndose en una nueva cumbre de Chapadmalal. Aquella que motivó la renuncia de Adolfo Rodríguez Saá porque hasta los propios le apagaron la luz de la residencia veraniega.
“Los diputados radicales, sus autoridades, trabajaron personalmente para que saliera la Ley de Quiebras”, fue otra de las frases con la que los socios de la coalición parlamentaria, que lo llevó a la Rosada, intentaron mostrarse solidarios con él. No por nada hay pocas sensaciones más difíciles de consolar que la de soledad. Más aún si todo parece venirse abajo y ese hombre tendría que ser el símbolo del poder político.
“Me fue mal”, fue la primera conclusión que entregó el Presidente para explicar su viaje a España e Italia. Por cierto, aunque en la reunión del bloque los senadores radicales al analizar la gira europea habían llegado a la misma idea, escucharlo de boca del propio Duhalde los estremeció.
Incluso les llamó la atención que éste se sorprendiera por la unanimidad de las voces con las que tuvo que enfrentarse. Comentó que tanto José María Aznar, el presidente del Gobierno español, como el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, le dijeron que “si quería una Argentina floreciente primero tenía que acordar con el Fondo Monetario”. Más allá delo duro de la frase, lo más aterrador fue la conclusión que el propio Duhalde les comentó a sus visitantes: “El FMI pide estas leyes y el acuerdo fiscal para empezar a negociar. Si esto es el comienzo, cómo vamos a seguir, qué más nos van a pedir”. La conclusión a la que había llegado Duhalde ya la había hecho pública otro hombre del justicialismo, el ex secretario de Hacienda y hoy senador por Santa Fe Oscar Lamberto: “Cada vez que estamos por llegar al gol, el Fondo nos corre un poco la raya”. Aunque tardío, el conocimiento que viene de la experiencia personal suele ser más doloroso. Así los radicales intentaron explicar la “mala imagen” que, con brutal sinceridad, el Presidente estaba compartiendo con ellos.
Hubo tiempo para que Duhalde se quejara de la lentitud que invade a la política. Lentitud para gobernar, lentitud para legislar. No fue una presión, pero fue lo más parecido a la prisa de un hombre que es acosado por sus acreedores. Claro, el Presidente venía de mirar personalmente a la cara de quienes se presentan como los gestores de los acreedores.
Los pasillos de la Rosada fueron los testigos de las primeras impresiones que compartieron los radicales entre sí cuando abandonaron el despacho del Presidente. Había pasado una hora y media, sólo habían tomado café y aunque en el despacho no había un bonsai, todos se acordaron de De la Rúa, días antes de aquel 20 de diciembre. También se llevaban la idea de que “recién ahora Duhalde tenía una noción clara de la realidad y del peso de los organismos extranjeros de crédito”.
Afuera, los asesores del Presidente seguían desmintiendo las versiones de su renuncia.

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