ESPECTáCULOS

“A mí no me interesa bailar con disfraz flamenco”

El granadino Rafael Amargo, la nueva estrella de la danza española, presenta aquí mañana y pasado un show de homenaje a García Lorca.

 Por Verónica Abdala

“Yo no hago de García Lorca ni de nadie. Supongo que ni siquiera hago de mí mismo. En todo caso encarno sentimientos: los traduzco a mi lenguaje, que es el baile.” De lejos, Rafael Amargo (granadino, 27 años, imagen muy fashion) parece uno más entre los jóvenes que avanzan sin rumbo fijo por las calles de Buenos Aires. Pero la forma en que se planta ante quien pretenda conocerlo y, en definitiva, la fuerza con que irrumpió en el escenario del flamenco contemporáneo, revelan que es cualquier cosa menos un chico desorientado.
Los críticos de su país advierten desde hace por lo menos dos años que posee las cualidades necesarias para convertirse, en poco tiempo, en una figura de renombre internacional. De hecho, en España, lo mencionan como el heredero de Joaquín Cortés y el nuevo referente del flamenco contemporáneo. En la Argentina, hasta aquí, tuvo la suerte o la desgracia de pasearse como un ilustre desconocido: esa realidad seguramente cambiará a partir de mañana, cuando se presente por primera vez en Buenos Aires.
Después de La garra y el ángel (1997) y Amargo (2000), los dos shows con que estrenó compañía propia, el bailaor y coreógrafo (su verdadero nombre es Jesús Rafael García Hernández) presenta el que considera su “plato fuerte”. Poeta en Nueva York (que se verá mañana y pasado en el Teatro Opera, a las 22) es un sentido homenaje al libro homónimo que Federico García Lorca escribió entre 1929 y 1930, durante una temporada en la Gran Manzana.
El show que se verá en la calle Corrientes –en el que Amargo está a cargo de las coreografías y la dirección general– es un montaje de géneros y estilos en el que confluyen la danza, la música y la poesía, como partes de un todo indisoluble. En su afán de revivir el mundo que Lorca expuso con palabras, Amargo no ahorra recursos: fusiona las coreografías flamencas y de danza contemporánea (lo acompañan en escena quince bailarines, siete músicos y cuatro cantaores), con la proyección de imágenes (una selección a cargo del director de cine Juan Estelrich), y al ritmo del flamenco, el jazz, el folklore popular español y los ritmos latinos. El cóctel se completa con la lecturas de poemas en escena. Recientemente, tras la presentación en el Festival Spoleto de Italia, obtuvo por este show el Premio Leonida Massine per L’arte, que también obtuvieron Rudolf Nureyev, Maurice Béjart, Vladimir Vasilez y Alejandra Ferri.
“Todos los elementos suman y de algún modo aportan para completar el sentido. Nosotros lo bailamos todo, con el cuerpo y el corazón: la soledad, la perplejidad, el amor de Federico y su oscuridad, y no nos importa más nada. La libertad es el punto de partida y el de llegada”. Amargo parece decir, sin decirlo: “Somos jóvenes y tenemos derecho a apropiarnos del mundo, la poesía y sus sentidos como si nadie lo hubiese hecho antes, y sin pedir permiso”. De hecho, lo hace.
–¿Cuáles fueron las ideas pilares, esas a partir de los que fue estructurándose Poeta...?
–Fueron tres posibilidades las que me fascinaron. En primer lugar, sumergirme en la poesía de Lorca, que es esencialmente flamenca, como podría serlo la de Alejandra Pizarnik o la de Alfonsina Storni, porque nos conducen a universos oscuros. En segundo, porque hacer ballet con un argumento rígido me parece un poco kitsch, y preferí el surrealismo de estos textos. Finalmente porque me parecía que este espectáculo me permitía lucirme, como creo que ocurre. Este show me dio la posibilidad de bailar el dolor y la soledad como nunca lo había hecho antes. Quise contarlo al poeta inmerso en ese barullo de arte que era Nueva York a fines de los años 20, su libertad y sus temores. ¡Y no me digan que es bonito que se me parte el alma! Díganme que pueden verlo a Lorca flotando en el aire. Díganme que les gusta, y que les duele.
–Los recursos de los que se vale para lograr ese retrato bailado del poeta son de lo más variados...
–Vale todo excepto venderse, hacer lo que esperan los otros. A mí no me interesa bailar con el disfraz de flamenco típico, con el pantalón de tiro alto. Me interesa explorar nuevas formas. La seguridad con la que te mueves hace que, después de sorprenderse, la gente te respete y te quiera. Afortunadamente, creo que eso está ocurriendo conmigo.
Cuando se le recuerda que parte de la prensa española lo compara con Joaquín Cortés, Amargo se molesta, pero disimula. “Prefiero no explayarme, pero se equivocan de plano”, dice. “Pertenezco a la misma generación, pero somos distintos. Mientras que él pertenece al mundo del fashion y anda de novio con Naomi Campbell, yo me identifico con la bohemia, con un perfil si se quiere más alternativo. Puedo comerme las comparaciones y me considero su amigo, pero en el fondo no tenemos nada que ver, yo me jacto de no parecerme ni casarme con nadie. Y si a él lo viste Armani, yo prefiero sentarme a conversar con el modisto. Entre una actitud y otra, me parece, hay un abismo.”
–Su público está integrado mayoritariamente por jóvenes de entre 18 y 30 años. ¿Ese dato lo estimula?
–Me enorgullece, porque significa que de algún modo la generación del nuevo siglo también se siente atraída por el flamenco, en distintas partes del mundo. Yo me alimento de la pasión y bailo para el pueblo, para la masa, no para los críticos. En ese sentido mi baile es bien político.

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“Poeta en Nueva York” es un retrato bailado del poeta granadino.
 
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