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La televisación no aportó más que previsibilidad

La dupla de Dolores Cahen D’Anvers y Pablo Marcovsky luchó por encontrar el timing a una tarea insulsa, si se tiene en cuenta que el único atractivo de la ceremonia fueron los discursos traducidos.

 Por Julián Gorodischer

Dice el manual de las transmisiones locales de los Oscar: conducirá un cinéfilo más o menos hábil para hilar nombres y fechas, acompañado de una modelo para interpretar los vestidos y el calzado. Hubo picos de fallidos e imprecisión en el pasado reciente, cuando la mujer estatua (Daniela Cardone, Paula Colombini, entre otras) pretendió ser el paralelo de Joan y Melissa Rivers sin conseguir otra cosa que el bostezo. Esta vez, no hubo modelo, y no hubo alfombra roja, pero sí una muy anunciada “ceremonia de los discursos” que exigía, en el a priori, literalidad y precisión. ¿Iba a cumplirlo Canal 9, en el marco de lo que “Telenueve” promociona como la liberación de Irak y sus analistas como una campaña justa de Estados Unidos? Noche de sorpresas al fin, la tan mentada ceremonia de las palabras fuertes reservó apenas la virulencia al discurso teleterrorista de Michael Moore, y a los más sutiles de los hispanoparlantes Gael García Bernal y Pedro Almodóvar. Ni el pacifismo de Susan Sarandon se impuso frente al pedido de referencia sólo al arte, y (hay que reconocerlo), la transmisión local a cargo de Pablo Marcovsky y Dolores Cahen D’Anvers remarcó esa decepción en todo momento.
Cuando el creador de La cruel verdad dijo lo que dijo sin medias tintas (...”Usted es una vergüenza, señor Bush”), allí donde el subtitulado de TNT, prometido para evitar la irritante traducción simultánea, quedaba demorado e incluso interrumpido detrás de la música y el abucheo, la traducción de Canal 9, extraño Canal 9 alejado de la habitual canción de guerra, siguió hasta el final con el alegato pacifista. Incluso, Marcovsky, había advertido: “Si gana Moore, prepárense...”, minutos antes de que el director de Bowling for Columbine tirara la piedra y recogiera el abucheo..
Ahora bien: ¿A qué reservar, este año, una conducción local, que no tiene como función presentar o traducir, sino al inexistente comentario del vestuario o a la descripción de la alfombra roja? Sin desfile de figuras y trajes, con una mayoría de luto en el auditorio, no quedó mucho por hacer, o decir, y más cuando lo que se dijo no aportó un plus de información. No sólo el error puede resultar molesto, sino también la redundancia en el tono dominante de Cahen D’Anvers, dedicada a recordar ganadores o a repetir nominados. Los errores no fueron graves: confundió al director de Harry Potter con el de El señor de los anillos, creyó escuchar en el discurso crítico de Chris Cooper (premiado como “Mejor Actor de Reparto”, por El ladrón de orquídeas) el alegato de un presentador, detalles corregidos por Marcovsky y superados en clima distendido, de poco peso en comparación con aquellos viejos tiempos de enviados especiales, cuando se sucedían los bloopers de Catalina Dlugi y Marley al pie de la alfombra roja.
El resto: un perfil bajo a prueba de todo, el estatismo de los cuerpos arrojados en el sillón, la sobriedad del estudio y la efectividad de una buena traducción. Quedó, apenas, releer los extensos listados de ex ganadores, muertos recientes o premiados, en la entrega más enumerativa que se recuerde, matizados por extrañas cadenas de asociación a cargo de Cahen D’Anvers. “Con este premio, también gana Darío Grandinetti” (por el Oscar al Mejor Guión Original para Almodóvar), también esmerada en anticipar predicciones según ley probabilística (mejor película corresponde a mejor director). Y, claro, a desmentirlas con una justificación de tono ambiguo y general, cada vez que la profecía no se cumplió: “Atenti, ¡están ocurriendo sorpresas!”.

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