EL MUNDO › OPINION

Imperio omnívoro

 Por James Neilson

A algunos norteamericanos que están resueltos a castigar a Francia por su “traición” al frustrar sus esfuerzos por incluirlos en la “coalición de los voluntarios” que está tratando de eliminar a Saddam Hussein, se les ha ocurrido una idea genial: entregar “tarjetas verdes”, o sea, permisos de trabajar en Estados Unidos, a diez mil expertos en computación franceses. ¿Funcionaría? Puede que sí, que muchos galos deseosos de ir a Silicon Valley aprovecharían sin pensarlo dos veces la oportunidad para trasladarse al país al que todos dicen odiar pero que aun así se ha convertido en una inmensa aspiradora de materia gris procedente de todos los rincones del planeta, lo que asegura que siga distanciándose cada vez más de sus rivales europeos, entre ellos Francia. Para colmo, ni siquiera les sería necesario abandonar sus sentimientos antiimperialistas. Por el contrario, en muchos sectores norteamericanos, en especial los académicos, intelectuales y artísticos, encontrarían a personas que piensan del mismo modo que ellos y que no vacilan en manifestarlo. Es que, a diferencia de sus antecesores, el imperio norteamericano es tan pluralista que, como ciertos movimientos políticos argentinos, se ha mostrado más que capaz de apoderarse de la oposición a sus propios designios para que, sin darse cuenta, los militantes se sumen a sus legiones.
Esta característica plantea un problema a sus adversarios. ¿Cómo ser antinorteamericano –de izquierda, se entiende, porque para los derechistas no es un problema en absoluto– sin vincularse con yanquis tan emblemáticos como Naom Chomsky y Susan Sontag? Aunque estos y sus muchos admiradores no tienen nada que ver con la política exterior o interior de George W. Bush y sus laderos, representan una faceta del poder imperial, la cultural, que algunos, sobre todo los franceses, dicen creer es tan nefasta como la militar. A su modo están en lo cierto. Tarde o temprano, el “poder blando” de la cultura suele transmutarse en el “poder duro” económico y castrense. Es que, gracias en gran medida a sus ingentes riquezas, los norteamericanos amenazan con conquistar al movimiento “contra la guerra” –la de Irak, porque a menos que haya norteamericanos involucrados a nadie le importa un bledo lo que puede suceder en Asia o Africa–, norteamericanizándolo para que termine como la industria de la comida rápida y barata, una mezcolanza de consignas tan excesivamente contundentes como la letra de una canción comercial pero que así y todo resulte irresistible para millones que de otro modo nunca soñarían con participar.

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