EL MUNDO › LA TEVE DE EE.UU. BUSCA UNA TRANSMISION “HIGIENICA” Y SE AUTOCENSURA

Imágenes sin sangre, ni casas, ni iraquíes

Si alguien mirase solo televisión iraquí, contaría los minutos que faltan para la derrota de los Estados Unidos. Y si mirase solo la norteamericana llegaría a la conclusión de que, como dijo el animador Ted Koppel, el mayor problema de esta guerra es ver en la tele “el desierto más feo del mundo”. Dos crónicas, desde Bagdad y Washington, con el comportamiento de los medios locales revelan, según los casos, la censura oficial, la presión social, la autocensura y la propaganda.

Javier del Pino
Desde Washington

Un ciudadano de los Estados Unidos que siga la guerra sólo por la televisión puede llegar a pensar que los iraquíes no existen y que en las batallas nunca hay sangre. Las imágenes son siempre “higiénicas”, censuradas por decisión de las cadenas. Casi ningún espectador había podido ver las imágenes de sus soldados prisioneros en Irak. El Pentágono pidió a las televisiones que no las emitieran y lo aceptaron.
Las animaciones en tres dimensiones son de un realismo tan perfecto que el espectador asiste al lanzamiento del misil y su trayecto sobre Irak, pero nunca se ve cómo explota la bomba al llegar al suelo. Las animaciones virtuales terminan donde empieza la tragedia y las cámaras de las televisiones de EE.UU. parecen tener un filtro para el drama. La legendaria autocensura en la televisión de EE.UU., documentada profusamente tras el comportamiento de los medios en la cobertura del 11-S, evita a los espectadores de este país asistir a espectáculos incómodos en el comedor de su casa. La audiencia sólo vio en directo la caída de las personas que optaron por tirarse desde lo alto de las Torres Gemelas. Las cadenas de información general nunca repitieron esas grabaciones.
En la guerra contra Irak, la tecnología permite la primera retransmisión en directo de una operación de conquista, pero condena a los espectadores a contemplar sólo “el desierto más feo que he visto en mi vida”. Así lo describía el veterano Ted Koppel en la ABC montado en un camión con las divisiones que avanzan por el sur. Las “tanquecámaras” y las unidades de conexión por satélite en movimiento permiten retransmitir en directo con una nitidez que casi requiere maquillaje. Nunca se ven iraquíes, ni casas, pueblos o batallas. Sólo una peregrinación militar sin incidentes en un desierto que parece, efectivamente, de los más feos y menos televisivos que pueden contemplarse.
Las conexiones con los enviados especiales empiezan a convertirse en una especia de retransmisión deportiva surrealista. Un animador, situado en una ciudad de aspecto cuidadosamente árabe, pide a sus corresponsales el minuto y el resultado de la batalla. Cuando un misil estalla cerca del presentador, como le ocurrió a Walter Rogers en la CNN, explica en seguida que “no es nada”, sin dar mayor importancia a la tragedia que puede haber provocado. El acontecimiento que puso a prueba los límites de la autocensura lo ofreció en bandeja Al Jazeera este fin de semana. La CBS estaba entrevistando al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuando recibió las imágenes de los soldados estadounidenses entrevistados como prisioneros de guerra. Emitieron unos segundos de la grabación para buscar la primera reacción de Rumsfeld, que habló de la Convención de Ginebra e inmediatamente hizo un llamamiento público a las cadenas de televisión para pedir que no emitieran nunca esas imágenes. Todas aceptaron la sugerencia y ocultaron el material, hasta que bien entrada la noche empezaron a verse algunos extractos.
El Pentágono habló primero de la necesidad de informar a las familias, pero reconoció después que el daño mediático de la grabación podía ser enorme. Ayer por la mañana, Paula Zahn, la presentadora “estrella” de la CNN, dijo en antena: “El Pentágono nos pidió que no emitamos las imágenes, pero la CNN decidió emitir imágenes y sonidos breves de los prisioneros porque el tratamiento que reciban forma parte de la cobertura informativa de la guerra”. Dado que hay casi 300.000 soldados estadounidenses en la zona de combate, sus millones de familiares están sometidos al otro bombardeo, el informativo.
Aún así, una encuesta publicada ayer en el diario USA Today revela que el 87 por ciento de los estadounidenses considera que los medios de comunicación están haciendo un trabajo bueno o excelente. Otro sondeo que hacía ayer el Wall Street Journal en sus páginas de Internet indicaba que la gente otorga la mejor puntuación a la cadena ultrapatriótica Fox News. El mismo fervor patriótico provocó una extraña subdivisión en la derecha periodística de EE.UU. Quienes se autodefinen como conservadores creen que hay una escisión de columnistas cuyo apoyo a Bush y a la guerra no es tan entusiasta como debería ser. Los definen como “paleoconservadores”, patrióticos en su filosofía pero dudosos sobre la conveniencia de que EE.UU. entre en batallas lejanas y nada claras. Pat Buchanan, político y periodista, criticó la excesiva “israelización” de la Casa Blanca y cree que su país está metiéndose en guerras “que no tienen interés”. En el otro lado del espectro ideológico, las protestas en contra de la guerra parecen condenadas a ser una imagen de recurso para rellenar silencios en la cobertura militar. En cambio, una cadena de radio alternativa, la californiana Pacifica Radio, se convirtió en la bandera del movimiento y vio cómo varias emisoras compran su programación para emitirla en ciudades del interior del país. El resto de las radios se deja llevar. Las de “country”, bastión patriótico-musical del país, prohibieron poner discos de las Dixie Chicks porque una de las cantantes dijo hace poco que lamentaba haber nacido en el mismo estado que el presidente, Texas.

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Las explosiones televisadas nunca muestran qué quedó en tierra tras la caída de la bomba.
 
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