ESPECTáCULOS › “CHICAGO” FUE LA GANADORA DE UNA NOCHE CARGADA DE TENSIONES-

Irak queda muy lejos de Hollywood

Los premios a “El pianista” resultaron la gran sorpresa de una ceremonia caracterizada por algunos pronunciamientos sobre la guerra contra Irak y muchos, demasiados, silencios. La velada consagró a “Chicago” y dejó sin nada a Martin Scorsese.

 Por Luciano Monteagudo

Fue un momento extraño. “La Academia felicita a Roman Polanski y acepta este Oscar en su nombre”, dijo Harrison Ford, con una sonrisa impostada en sus labios. Para sorpresa de todos, el responsable de El pianista acababa de ganar la estatuilla al mejor director, imponiéndose sobre quienes hasta entonces eran, según las encuestas previas, los favoritos Martin Scorsese (por Pandillas de Nueva York) y Rob Marshall (por Chicago). El aplauso pareció cálido y sostenido, lo que hizo aún más patente el vacío. El realizador polaco no pisa el territorio de los Estados Unidos desde hace 25 años, cuando una corte del estado de California lo encontró culpable de “relaciones sexuales ilícitas con una menor”. Aun hoy, refugiado en Europa, es considerado un prófugo de la Justicia estadounidense.
En verdad, todo fue un poco desusado en la ceremonia del domingo por la noche, inevitablemente signada por la sombra de la invasión estadounidense a Irak. A pesar de los esfuerzos de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que hizo todo lo posible por asegurar que el show fuera business as usual (al fin y al cabo, la cadena ABC había pagado por los derechos de televisación una cifra record de varios millones de dólares), la larga velada transcurrió todo el tiempo en una delgada línea roja. Salvo la encendida diatriba del documentalista Michael Moore (ver aparte), no hubo, es cierto, sobresaltos mayúsculos. Pero al mismo tiempo ese rictus de alegría con el que pintan su rostro las estrellas de Hollywood cada ceremonia parecía más tenso y fingido que nunca.
¿Hablar o no hablar? Esa era la cuestión. La mayoría eligió un silencio cómplice, sobre todo considerando que el viernes anterior a la ceremonia, el actual presidente de la Academia, Frank Pierson (que luego quiso enmendarse con una breve y confusa alocución que incluyó a desgano la palabra “paz”), había afirmado que el ritual debía cumplirse más que nunca, sobre todo “en un momento en que la cultura y los valores americanos están bajo ataque”. Alguno de los 5607 miembros de la sociedad que representa debió haberle respondido algo desde el escenario, hacerle notar que estaba confundiendo deliberadamente a las víctimas con los victimarios. Pero no. A excepción de Moore, la mayoría fue silenciosa o tibia, sumisa frente al poder de esa comunidad más cerrada que la del anillo que imaginó Tolkien.
Algunos ensayaron ciertos gestos. En un momento bizarro de la noche, Pedro Almodóvar, ganador del Oscar al mejor guión original (el primer hispanoparlante en llevarse una estatuilla en este rubro), también pareció sentirse sorprendido de ser convocado al podio. El tampoco era un favorito. Y había prometido que, de subir al escenario, no se iba a conformar con exhibir el popular pin en la solapa con el símbolo de la paz. “Me gustaría leer algo, aunque sé que está prohibido”, amenazó mientras recuperaba el aliento. Y dedicó su premio “a toda la gente que está levantando su voz en favor de la paz, los derechos humanos y la legalidad internacional”. Parecía un documento redactado por un diplomático, para ser presentado en una sesión de rutina de las Naciones Unidas antes que en la tribuna de millones de telespectadores que ofrece el Oscar. Al fin y al cabo, Bush, Blair y Aznar, el presidente del país de Almodóvar, también invocan palabras parecidas para justificar el bombardeo ininterrumpido de Bagdad.
Por su parte, ni Bono, ni Caetano Veloso ni Paul Simon, tres músicos reconocidos no sólo por su talento sino también por sus intervenciones políticas, se animaron a sacar los pies del plato. Cantaron los respectivos temas que integraban la terna a la mejor canción. Agradecieron los aplausos. Y luego callaron. Mucho más elocuentes fueron, en todo caso, las ausencias, que se hicieron sentir, significativamente, en el rubro “mejor film extranjero”. El director finlandés Aki Kaurismaki ya habíadecidido no asistir en repudio “a un crimen contra la humanidad realizado por vergonzosos intereses económicos”. Otro tanto hizo el elenco del film chino Héroe. Y nadie subió al escenario para retirar la estatuilla en nombre de la película ganadora, Nowhere in Africa, dirigida por la alemana Caroline Link. El micrófono también quedó vacío cuando la película japonesa Spirited Away ganó el Oscar al mejor largometraje animado. No en nuestro nombre, parecían decir esas ausencias.
¿Y qué dice en todo caso el triunfo de Chicago, que se llevó seis estatuillas, entre ellas a la mejor película? Hacía 34 años, desde Oliver!, en 1968 (cuando arreciaba la guerra de Vietnam: todo paralelismo es intencional), que un musical no se llevaba el premio mayor. Un premio que paradójicamente celebra sobre todo una creación de Broadway, a diferencia, por ejemplo, de Moulin Rouge, que dentro de una tradición estrictamente cinematográfica proponía nuevos caminos para el género. En esto también fueron conservadores los votantes de la Academia, que en su momento no atendieron a la renovación y ahora premian al musical convencional.
Si en todo caso la Academia pateó el tablero fue en el sorpresivo sprint final que ubicó a El pianista en un segundo lugar, con tres premios de primera línea que no estaban en los planes previos de nadie: al mejor director (Polanski), actor (Adrien Brody) y guión adaptado (Ron Harwood). Es verdad que el tema de la Shoah reflejado a gran escala siempre pulsa una cuerda sensible entre la masa societaria del Oscar (allí está La lista de Schindler para probarlo), pero aquí además parece haber pesado la intención de evitar el monopolio de premios para una única compañía, la omnívora Miramax.
No parece casual que Pandillas de Nueva York no haya conseguido ni una sola de las diez estatuillas a las que aspiraba, y que Las horas se llevara solamente el premio a la mejor actriz, “por una nariz”, como bromeó el presentador Denzel Washington en referencia a la ganadora, Nicole Kidman. Ambas películas parecían las favoritas en varios rubros y ambas tienen el respaldo de la productora de Harvey Weinstein, que también está detrás de Chicago. Demasiado poder para un solo hombre, habrán pensado quizás esos votantes, que son también, cada uno a su manera, accionistas y miembros de esa junta de directorio llamada Hollywood.

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Arriba, una de las cosas que la televisión no mostró: las protestas en la puerta del teatro.
 
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