ESPECTáCULOS › “EL AGUA EN LA BOCA”, DEL JOVEN FEDERICO ARZENO

Un ejercicio de fin de curso

 Por Horacio Bernades

Que una película como El agua en la boca se estrene en una sala cinematográfica en lugar de exhibirse en el microcine de una escuela de cine –como ejercicio de fin de curso– es atribuible a que el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales dispone de tres nuevas salas destinadas a difundir producciones locales. En ese caso, tal vez sería conveniente revisar algunos criterios de programación y promoción del cine argentino, ya que estrenar una película tan precaria como ésta difícilmente le haga un bien a nadie que no sean sus propios hacedores.
Si se dejan a un lado las serias imperfecciones técnicas que afectan rubros tan esenciales como la imagen y el sonido (El agua en la boca se ve mal y se oye mal), deberá admitirse que el arranque al menos logra plantar un enigma. Cargados de víveres y elementos como para una subsistencia de varias semanas, cuatro personas ocupan un departamento vacío. Más allá de sus nombres, poco y nada se sabe de ellos, ni tampoco qué relación los une ni cuáles son los motivos de que estén allí. De a poco van apareciendo datos que podrían hacer pensar en alguna clase de célula secreta, regida por la férrea preceptiva de un “comunicado” que funciona casi como credo. Deberán dejarse los borceguíes puestos, no pueden sacar la basura para no delatar su presencia, harán guardias nocturnas rotativas y un equipo de radio parece ser esencial para esperar ciertas órdenes que nunca llegan.
Todo tiene un aire como a Esperando a Godot. El problema es que, en lugar de disparar para el lado del absurdo y el sinsentido existencial, el guionista Víctor Miguel simplemente parece haberse conformado con plantear un punto de partida, sin saber muy bien para dónde ir luego. No pasará entonces nada que no sean las horas muertas y los distintos modos de llenarlas: uno juega al ajedrez, otro quiere ver la tele, el de más allá juega al líder del grupo y está el que le quiere cuestionar su poder. Por más que se insinúa, tampoco se avanza en un posible estudio del micropoder y sus batallas. Para peor, el director Federico Arzeno parece tener ciertas cuestiones de gramática cinematográfica sostenidas con alfileres, por lo cual en determinados momentos un actor mira a un costado y no se sabe bien qué o a quién está mirando.
Como consecuencia de estas inconsecuencias, en un momento dado la película simplemente se corta, dejando en el aire un plano y la película entera. Es como si alguien hubiera dicho: “Filmamos hasta los 76 minutos, y ahí cortamos, no importa dónde estemos”. Por suerte, el plazo fijado para hacerlo fue breve. Sería injusto no destacar la corrección de las actuaciones, a cargo de un elenco de desconocidos.

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