ESPECTáCULOS › “BUSCANDO A NEMO”, NUEVA JOYA DE LOS ESTUDIOS PIXAR

Una fábula sobre padres e hijos

Los creadores de “Toy Story” y “Bichos” vuelven a lo más alto de su arte con una aventura submarina que hace honor al estudio, una película concebida para que grandes y chicos disfruten en igualdad de condiciones.

 Por Martín Pérez

Una bandada de gaviotas descerebradas que gritan “mío, mío, mío” cada vez que ven algo que se mueve cerca suyo. Una niña de ocho años con aparatos en los dientes y llena de energía, con la música de Psicosis como fondo cada vez que aparece en cuadro. Un grupo de peces y un pelícano obsesionados por las prácticas dentales. Y podríamos seguir. Porque todos estos personajes –y muchos más– son los protagonistas de los gags más eficaces de Buscando a Nemo, una película de dibujos animados que cuenta la historia de los desencuentros entre un padre sobreprotector y un hijo que quiere comenzar a salir del cascarón. Una clásica historia de iniciación, pero no sólo para el pequeño sino también para su padre. Uno llevará su desafío demasiado lejos y el otro deberá vencer su miedo a los peligros del océano atravesándolo para cumplir con su promesa de que nunca le pasará nada. “Curiosa promesa”, señalará Dory, la pececita que ayudará a Marlin en la búsqueda de su hijo Nemo. “Porque si no le pasa nada, pues nada sucederá en su vida.”
Autores de muñecos que cobran vida como los de Toy Story, insectos idealistas como los de Bichos y monstruos profesionales como los de Monsters Inc. , en su quinto largometraje los responsables de Pixar han decidido esta vez contar una historia bajo el agua. Sus protagonistas son dos pececitos de colores. De color naranja y blanco, para más datos. Pero pese a las golosinas para el ojo que pueblan cada encuadre de esta película de animación por computadora, las reglas del mundo en el que suceden sus aventuras no son muy diferentes a las del mundo real. Tanto ahí como aquí, el pez grande se come al chico. Y eso es algo que en Buscando a Nemo queda claro desde el mismísimo prólogo, en el que se cuenta la tragedia que dejó solos en la vida a los protagonistas del film. Sobreprotegido hasta la asfixia por su padre, Nemo terminará desafiándolo en su primer día de clase. “Te odio”, le dirá a su padre antes de hacer todo lo que tiene prohibido y terminar capturado por un dentista australiano aficionado al buceo y a los peces de colores. Un drama que dará comienzo a la verdadera película, la del viaje de Marlin a través del océano en busca de su hijo Nemo, una odisea que pondrá todo el universo Pixar en movimiento, hasta construir una nueva gran película, quinta joya consecutiva del mejor estudio de Hollywood del momento, con o sin animación de por medio.
“Desde que Preston Sturges hizo siete comedias clásicas consecutivas entre 1940 y 1944 que un solo nombre no devenía en un indicador consistente de placer, tanto de crítica como de público”, escribió a propósito de Pixar el crítico Kenneth Turan en el periódico Los Angeles Times. “Por más de que nos preocupemos porque nuestras películas luzcan bien, el noventa por ciento del secreto de nuestro éxito está en el guión”, le aseguró a Página/12 el director del film, Andrew Stanton. Semejante preocupación, sumada a la convicción de que sus films no son para niños sino que para todo el mundo, no han hecho más que transformar a Pixar en el estudio que mejor representa al Hollywood más clásico. Con dibujos, sí. Y preocupándose por poner al día ciertos conceptos éticos y morales. Pero de allí, del formato más convencional, es de donde parte la historia de Marlin y Nemo. Y su tragedia y su drama bien clásico, al punto de que el espectador ocasional no puede evitar en el comienzo ser carcomido por la duda: ¿Será esta la película menos Pixar del estudio de John Lasseter? Pero cuando Marlin comienza la búsqueda de Nemo y aparece Dory, y después llega al auxilio el tiburón Bruce al frente del gag de los escualos que repiten “los peces son nuestros amigos, no nuestra comida”, Pixar ya ha metido la aventura en su universo –o impuesto su universo al mundo, digamos– y todo irá sobre rieles hasta el final.
Dividiendo la narración entre las peripecias de Marlin –y Dory– en el océano en camino a Australia y las aventuras de Nemo en una pecera con vista a la bahía de Sydney de la que sólo quiere escapar, Buscando a Nemo es una película formidable. Para todo público pero sin ser jamás condescendiente, con gags adultos que no están allí para entretenerlos mientras distraen a sus hijos sino para disfrutarlos como niños, y llena de personajes memorables y gags imaginativos, Buscando... tiene un momento cumbre realmente inesperado. Es cuando Marlin le narra a los hijos de la tortuga Crush –que grita “Tengo ciento cincuenta años y aún sigo joven, que siga el rock” al despedirse, aunque no respeten el diálogo en el doblaje– las peripecias de su aventura en busca de su hijo. Una narración que repiten y comentan todos los habitantes del océano, y que termina llegando hasta la pecera de su hijo. A pesar de haber vivido junto a Marlin cada parte de esa historia, y a todo color, la emoción que transmite al espectador ese relato es el mejor alegato a favor de la narración oral que se ha visto alguna vez en el cine. Algo que termina de convertir al quinto film de Pixar –y el segundo de Stanton, que antes había codirigido Bichos— en una obra generosa que resume mejor que ninguna otra lo que significa el desafío de hacer el mejor cine desde dentro de la industria, en una época con tanta industria y tan poco cine.

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Primero fueron juguetes con personalidad, después insectos idealistas y ahora peces de colores con
sentimiento de culpa.
 
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