ESPECTáCULOS › EL DIRECTOR BERNARDO BERTOLUCCI HABLA DE SU ULTIMA PELICULA

“Quise recuperar el clima de los ‘60”

En The Dreamers, el realizador vuelve a París para seguir a tres personajes imbuidos de algunos de sus temas favoritos: la lucha por los ideales, el sexo y la particular atmósfera de la época.

Por Bob Flynn

Mientras renguea por la blanca curva del paseo frente a la playa de San Sebastián, Bernardo Bertolucci parece tener mucha más edad que sus 63 años. El director de hitos como El conformista y La estrategia de la araña, que logró fama mundial con su acumulación de Oscar para El último emperador, en la década del ‘80, e infamia universal por Ultimo tango en París en los ‘70, enfrenta a los fotógrafos españoles con una sonrisa cansada mientras se apoya en un bastón. El ex énfant terrible está presentando su película número 22, The Dreamers, adaptación de la novela Los santos inocentes, de Gilbert Adair. Bertolucci puede ser un énfant más bien envejecido, pero su nueva película es reconocida como un regreso a las formas y contenidos de su juventud: radicalismo, sexo y flashbacks de los sesenta.
Aunque su película ha sido saludada como “el renacimiento” del director, él parece decididamente malhumorado. Y no ayudan demasiado ni un desplazamiento de disco, en su columna vertebral, ni la batalla con las tijeras del estudio y del censor que amenazaban con cortar drásticamente el contenido sexual explícito de la película o infrigirle la sentencia (mortal desde el punto de vista comercial) de una calificación NC-17 en Estados Unidos, que excluye al público menor de 17 años.
En su suite, Bertolucci se anima cuando escucha el sonido de protesta que surge de la calle, donde el personal del hotel está manifestando. La vista parece alegrarlo y lentamente cae en una entrega amistosa, expansivamente italiana, exudando un entusiasmo de niño por esta película. Los disturbios y las políticas revolucionarias de los ‘60 son una excusa para las escenas de desnudos, masturbación y pérdida de virginidad de la heroína, Isabelle, encarnada por Eva Green, una pálida parisina ingenua en el centro de las atenciones carnales de su hermano mellizo Theo (Louis Garrel) y un recién llegado estudiante estadounidense Matthew (Michael Pitt). “Estaba preparando una secuela a Novecento, para traer la historia de Italia al día de hoy”, dice refiriéndose a su épica de cinco horas realizada en 1976. “Y luego leí el libro de Gilbert. Era tan fiel a la atmósfera de los ‘60. Era una época que yo conocía tan bien, que me identifiqué con la historia y con todos los personajes muy fuertemente. Quería volver ahí, volver a esa época y traerla nuevamente a la vida. Quería encontrar esa atmósfera.”
La campaña de Bertolucci por salvar a The Dreamers de la mutilación funcionó y Fox Searchlight la lanza en la versión sin cortes, en todo Estados Unidos y asumiendo con convicción las consecuencias de un certificado NC-17. Es la primera vez en seis años que un estudio grande corre el riesgo con su producto. “A Fox siempre le gustó la película” dice Bertolucci “y yo estoy muy contento de que lancen la versión original. Como he dicho siempre, un orgasmo es mejor que una bomba.”
Bertolucci, en Novecento, había ido desde la épica a la intimidad. Con Ultimo tango en París produjo una pieza de cámara angustiada y erótica que shockeó al mundo cuando fue estrenada, treinta años atrás, y fue simultáneamente condenado por obscenidad y elogiado por la renombrada crítica Pauline Kael, por “crear el trabajo icono de una generación”. The Dreamers marca su regreso a París, su seductor mundo fantástico de la memoria. “Mi mayor temor es el de repetirme. Tengo que dar vuelta la página después de cada película e ir al otro extremo”, dice. “Pero París es siempre maravilloso; lo era en los ‘60 y lo es ahora. Encuentro soñadores en París, en los cafés y en las calles, en Champs-Elysées. Si uno camina por París está seducido continuamente.”
Pero la enorme sombra de Ultimo tango en París inevitablemente cae sobre The Dreamers, a la que algunos llaman en broma Primer tango en París. La historia gira alrededor de un triángulo de lánguidos estudiantes con el aire revolucionario de la primavera de 1968 como telón de fondo. En comparación con la febril fuerza de Brando, el hermoso trío en The Dreamers en tan liviano e insustancial como un soufflé. Sin embargo, es una película agudamente personal, aunque fracasa en su intento provocativo. En parte gracias al propio Bertolucci, el sexo ya no produce shock. El film, no obstante, está lleno de referencias al cine y se regodea en una banda de sonido que oscila entre Hendrix y The Doors y en una mirada que va hacia atrás más que hacia adelante. “Una y otra vez la nostalgia es vista en sentido negativo; pero yo tengo nostalgia por el idealismo”, dice Bertolucci. “Creo que podemos ser nostálgicos sin ser sentimentales. En este momento sería imposible hacer las películas que hacíamos en los ‘60 y los ‘70, el clima es el erróneo. Pero tengo nostalgia por las épocas en que uno podía desafiar y hacer preguntas. No soy un cineasta político, pero la política está en mis películas, eso es verdad”, insiste. “Pero estoy cada vez menos entusiasmado por la política. Ahora la política carece de toda ideología. Es como una disciplina, una técnica que sólo les interesa a los técnicos. The Dreamers es sobre un tiempo en el que había un movimiento de gente joven y común, que tenía la esperanza de cambiar las cosas.”
Pero 1968 fue una falsa primavera, ganó el establishment y ahora parece período de idealismo social y liberación personal tan breve como exótico. “La revolución no sucedió, es verdad”, añade Bertolucci. “En muchos sentidos, los movimientos de los ‘60 fueron un fracaso. Pero en muchos otros fueron un fenómeno social. Era el comienzo del feminismo. Fue un tiempo muy importante. Las cosas cambian.”

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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“Mi mayor temor es el de repetirme”, afirma Bertolucci.
 
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