ESPECTáCULOS › “INSEPARABLEMENTE JUNTOS”, DE BOBBY Y PETER FARRELLY

Una comedia por un mundo más justo

La nueva película de los autores de “Tonto y retonto” no sólo demuestra un increíble desprejuicio, sino también la lucidez de poner en el centro de la escena los mecanismos del prejuicio social y proceder a desactivarlos de la manera más contundente. Por su parte, “El tren blanco” le da voz e imagen a ese ejército de las sombras que integran los cartoneros.

 Por Martín Pérez

Algo muy extraño pero revelador sucede cuando ya casi ha terminado la flamante película de Bobby y Peter Farrelly. Después del final propiamente dicho de su historia, y luego de que se terminaron los tan habituales gags recolectados durante su metraje que suelen acompañar a los créditos, e incluso luego de que el interminable desfilar de su completa lista de colaboradores haya ocupado casi rutinariamente la pantalla, aparece de pronto la imagen en primer plano del encantador Ray “Rocket” Valliere, vestido como en la última escena colectiva de la película, parado frente a un micrófono en medio de un escenario. “Rocket” es uno de los tantos amigos discapacitados de los hermanos Farrelly que siempre pueblan sus películas, y lo que hace frente al micrófono –y la cámara– es agradecer a todos los que lo apoyaron en su decisión de actuar en Inseparablemente juntos. Pero durante su largo, honesto y emocionante agradecimiento mientras siguen pasando los títulos, puede que sea imposible para el sorprendido espectador no ponerse a pensar que así deberían ser todos los discursos en ceremonias como la de los Oscar. O más aún: que en un mundo mejor y más justo, los Oscar deberían ir a parar a las manos de personajes como “Rocket”. Y es precisamente por eso que los Farrelly son un caso único en Hollywood. Porque filman sus delirantes comedias humanistas como si realmente un mundo mejor y más justo fuese posible.
Como oportunamente señaló el crítico norteamericano David Edelstein, cuando aparecieron en escena una década atrás con su película Tonto y retonto, para muchos prejuiciosos aquel título funcionó desde entonces y hasta ahora como un resumen de su trabajo. Pero en el transcurso de estos diez años, sin embargo, los Farrelly han ido demostrando en sus películas no sólo un increíble desprejuicio a la hora de juguetear con los límites del mal (o buen) gusto, sino también una capacidad casi surrealista de reírse de todo (y de todos), así como la lucidez de poner en el centro de la escena los mecanismos del prejuicio social y proceder a desactivarlos de la manera más contundente posible. Capaces de cultivar una admirable empatía por los desclasados de todo tipo, tamaño y cantidad; y después de recorrer las obsesiones del amor, atreverse con la esquizofrenia, la misoginia e incluso la fobia a la obesidad, esta vez los protagonistas de su película son una pareja de hermanos siameses.
Unidos a la altura de la cintura, y diagnosticados como inseparables por los médicos desde temprana edad, a pesar de formar un equipo prácticamente indestructible, Bob y Walt Tenor son diametralmente diferentes entre sí. Bob es tímido, inseguro e introspectivo, mientras que Walt es dueño de un carisma avasallador, algo que lo transforma en un galán infalible, y también lo lleva a actuar, cargando a cuestas con el pavor a los escenarios que demuestra Bob. Pero el gran sueño de Walt es probar suerte en Hollywood, y finalmente convence a su hermano Bob de abandonar su pueblo para intentar cumplir con su sueño. “Mírate: se van a reír de vos”, le dice Bob. “¿Por qué irían a hacerlo?”, le pregunta sinceramente su hermano. “Porque estás demasiado pálido: lo primero que tenemos que hacer en California es broncearnos”, responde aún más sinceramente Bob. Y es en ese optimismo rayano en lo surrealista donde el humor de los Farrelly trasciende esa recurrente y casi infructuosa distinción entre reírse “de” o reírse “con”, para dedicarse al sin sentido feroz hasta la ternura y cuyo único límite es jamás hacer de cualquier discapacidad algo que rebaje a su portador. Pero simplemente porque honestamente creen que algo así no puede nunca ser realmente divertido.
Con Matt Damon y Greg Kinnear admirables en sus papeles de Bob y Walt Tenor, Inseparablemente juntos cuenta con la ayudita de estrellas como Meryl Streep y Cher en su cabalgata hacia el éxito inverosímil de Walt en el mundo del espectáculo. Por allí también aparece un increíble Seymour Cassell interpretando a un agente de artistas tan fuera de época, cuya sola presencia en pantalla asegura un caudal de risas cada vez que aparece en escena. Pero además de la existencia de los habituales gags contundentes –y un par de ellos son realmente memorables, como el del oso de peluche–, Inseparablemente... es antes que nada una película encantadora. Porque sus autores saben desarrollar tan bien a sus personajes que, aun desde la nube de su optimista surrealismo social, es imposible no acompañar el sentimentalismo por momentos reducido al absurdo que recorre su historia sobre las paradojas de –en las palabras de Edelstein– “cómo la simbiosis te hace más fuerte pero te aísla, mientras que la separación te hace sentir libre, pero incompleto”.

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Matt Damon y Greg Kinnear están inseparablemente unidos y no pueden ser más diferentes entre sí.
 
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