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Federico García Lorca, un antídoto para la tristeza

La actriz y directora Virginia Lago piensa en la luminosa obra del poeta y dramaturgo español como un canto a la alegría, una invitación a la vitalidad. Por eso, el jueves próximo repone su espectáculo “El Angel”.

 Por Hilda Cabrera

¿Por qué no alejar la tristeza volviendo a Federico García Lorca, cuya personalidad simbolizó para muchos la alegría, esa emoción que trasmuta la vida y el arte en fiesta? La actriz y directora Virginia Lago dice que también hoy es posible apropiarse de ese placer que proporciona el trabajo propio y volcarlo en un espectáculo. En este caso, una creación suya, El Angel, que podrá verse a partir del jueves 4 en la Sala Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes, acéfalo durante algo más de dos meses tras el cambio de gobierno y ahora en manos del director Julio Baccaro.
Aportando su granito de arena a la programación de urgencia del coliseo –puesto que no hubo tiempo ni dinero para nuevas producciones–, Lago bucea en los textos de Lorca y de algunos célebres estudiosos de la obra de este poeta y dramaturgo nacido en la granadina Fuentevaqueros en 1898 y asesinado el 19 de agosto de 1936 en Viznar (Granada) por un pelotón de las fuerzas franquistas.
En diálogo con Página/12, la actriz cuenta que el germen de esta obra fue un trabajo de 1989, presentado en la Feria del Libro. Lo mostró luego en Bahía Blanca y en otras ciudades del país y de Uruguay. En Buenos Aires realizó sólo cinco funciones en el Teatro La Carbonera, “para los amigos”. Pero su pasión por el poeta no es reciente. Hija de españoles que amaban a Lorca, conserva fresca la imagen de su padre recitándole La casada infiel. En El Angel la acompaña en escena el músico Marcelo Alvarez, con quien hizo otros espectáculos, como Violeta vuelve a nacer y Pensando en vos. Lago explora en esta puesta la faceta reflexiva del artista y sus investigaciones sobre la música popular española, vertientes en las que “demostró gran profundidad y, al mismo tiempo, una humildad y sencillez que nos hace sentir acompañados, como si nos diera un abrazo”.
“Cuando uno lee los textos de investigadores como Alfredo de la Guardia o el irlandés Ian Gibson, siente que Lorca no podrá morir nunca”, sostiene. “Me impresionó muchísimo leer un reportaje que Gibson hace a un enterrador, que dice no saber exactamente dónde están los huesos del poeta. Todos sabemos que se lo fusiló, pero no podemos dejar de hablar de él como si estuviera presente.” Lago siente que el poeta forma parte de su identidad cultural: “Lo leo desde que era chica y siempre encuentro en él cosas nuevas. Me asombra cuando escribe, por ejemplo, que hay que tener ideas democráticas y gustos aristocráticos, y hacer de la humanidad, sin diferencias de clase, la gran aristocracia del mundo”.
Aunque de modo diferente, algunos versos de Poeta en Nueva York poseen esa visión abarcadora al referirse al cumplimiento de “la voluntad de la Tierra/ que da sus frutos para todos”. Lago ve en el poeta a una víctima de aquellos que “se creen inmortales” e instalan un clima de apocalipsis, como está pasando hoy en la Argentina, donde –opina– “la gente parece haberse despertado, porque pasa hambre o porque le tocaron el bolsillo, y donde lo peor es la indiferencia: acostumbrarnos a que haya muerte y violencia, y se coma de la basura, a resguardarnos cada uno en lo suyo, sin resistir”. Según Lago, los artistas no pueden cruzarse de brazos y esperar a que el Gobierno piense en ellos, “cuando no se ocupa de asuntos tan urgentes como la alimentación, la salud y la educación”. La actriz integra una cooperativa que viene ofreciendo espectáculos y organizando talleres en el Teatro Del Barrio, de Boedo 1759, donde todos los sábados a las 21 puede verse La cicatriz ajena, sobre textos de Armando y Enrique Santos Discépolo (abonando una entrada de 3 pesos). A Lago le espera otro estreno, pero esta vez como directora, y en el San Martín. Se trata de Cuentos de hadas, de la uruguaya Raquel Diana, “la historia de una familia obrera uruguaya que rescata hechos sociales y políticos, sobre todo de losaños 60 y 70, como el surgimiento de Tupamaros, pero desde un lugar poético”.

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