EL PAíS › LOS QUE CARNEARON EL GANADO ACCIDENTADO EN ROSARIO

El día de la vaca

Hubo un accidente, hubo 26 vacas maltrechas, cayendo del camión. Y hubo un barrio más que humilde en el Gran Rosario que se encontró con un regalo de carne. Esta es la historia de argentinos que apenas recordaban lo que era un churrasco.

 Por Marta Dillon

Las vacas no vuelan. Pero a veces caen del cielo, si es que se piensa que desde allí llegan las bendiciones. Porque eso fue para los vecinos de los barrios del sur del Gran Rosario la rodada del camión jaula que el sábado anterior extendió, a los pies de ese amontonamiento de ranchos, 26 animales de buen tamaño. Más o menos 3 mil kilos de carne fresca que el destino rapiñó al frigorífico Swift para hacer felices, al menos fugazmente, a miles de personas que difícilmente recordaban el sabor de un bife. Las imágenes fueron tremendas, es cierto. Improvisados matarifes agitándose entre charcos de rojo intenso, con el arcaico instinto del hambre despierto, la boca húmeda frente a las vacas maltrechas por el choque, viendo en ellas nada más que el alimento. Pero quién les quita lo disfrutado después de una semana de haber aspirado como perfume el “humito” que desprendió la carne asada o cocida en guisos y estofados. Las miradas razonables pueden rasgarse las vestiduras, pero en Las Flores y en Las Granadas, a ambos lados de la avenida donde sucedió el accidente, a algunas sonrisas podría caberles aquello del gato que se comió el pescado. Si no fuera porque la realidad, literal, asfixia cualquier metáfora.
“Qué puedo decir, tengo nueve hijos, para nosotros esa cabeza de vaca fue una bendición. La hicimos asada, en el horno de barro. Es cierto que el hombre que me la dio ya le había sacado la lengua, pero quedaban los cachetes, el seso, todo.” Sobre la mesa que ocupa toda la vereda frente a su casa, Nelly Novak expone la cornamenta de la vaca faenada al costado del camino. “¿Ve? tiene el asta cortada por el choque.” Las dos quijadas se secan sobre la reja, con todos los dientes en su lugar. Su marido, Pantaleón Sosa, juega con ellas, las empuña como un arma, “a lo mejor sirven para asustar a la gente”. Son sus trofeos personales, el recuerdo de una buena comida, algo tan escaso que el matrimonio tiene que remontarse años en el tiempo para encontrar el antecedente de alguna bacanal parecida. Las diferencias entre ellos ya se han limado, aunque hace ocho días la indignación de Nelly parecía blindada. “Es que estuvo ahí todo el tiempo y no me trajo nada”, dice ella. “Yo fui para decirle a la gente cómo hacer, soy un hombre de campo y los veía ahí sin saber cómo entrarle al animal, apuñalándolas en cualquier lado. Hay que levantarles la mano y clavarles en la parte del cuello. Pero yo no tenía cuchillo, por eso no me llevé nada.” Fue una suerte para los dos que la solidaridad no los dejara afuera del festín. ¿Cómo podía Nelly perdonar a Sosa su timidez cuando “la polaquita” de al lado –una nena menudita de 13 años– había cargado sola una pierna entera durante diez cuadras? “Ellos también son nueve hermanitos, y hay días que mandan a los chiquitos al comedor escolar y los grandes se aguantan a mate dulce. Hay que ver el hambre que hay antes de hablar de cómo se faenaron las vacas, ¿vos crees que en el frigorífico las tratan mejor?” ¿Vale la pena responder? En la periferia de Rosario, el hambre, rotundo, sin adornos, es eso que los encuestadores como Artemio López describen cuando dicen que esta zona es la de “mayor concentración de pobreza estructural severa del país”. Es de lo que hablan los números cuando dicen que en el mismo lugar 560 mil personas, sobre una población de algo más de un millón, viven bajo la línea de pobreza. La mitad de ellas, bajo la línea de indigencia.
La gente o la vaca
Con el tiempo, el hormigón se fue quedando desnudo. Algunos ladrillos cuelgan como jirones de las vigas que semejan ventanas a ningún lado. Una fila completa de módulos rojos parece el último vestigio de una boca alguna vez dentada. Se trata del Fuerte Apache rosarino, los restos de un edificio que se planeó para urbanizar el barrio Tiro Suizo, al sur de la ciudad, y que alguna razón de Estado dejó inconcluso. Los ladrillos que faltan de la estructura se pueden ver en las casillas mixtas aledañas. Laschapas que reemplazaron ahora cierran los espacios todavía útiles del edificio. Este conglomerado de viviendas informales, donde algún resto de animal llegó a las ollas, está tan estigmatizado como su par de Buenos Aires, y es el paso obligado en el camino hacia Las Flores, otro barrio marcado con el sino del peligro para cualquiera que sea ajeno. Laura no lo desmiente del todo: “Dicen eso pero es peor lo que te puede pasar en el centro. Una no conoce a nadie y qué sabés lo que te pueden hacer”, la joven de 29 ubica el peligro en lo desconocido. Y eso parece ser Las Flores para el resto de Rosario. Aunque es difícil advertir la amenaza si se está sentado en la vereda disfrutando del pan casero que ofrece Nelly rodeada de vecinos. Como en cualquier otro margen la relación con las instituciones es crucial. “El día que se cayó el camión la policía se vino con todo, la gente se empezó a juntar, ellos también, y en un momento dispararon al aire para que nos desbandemos. Pero estábamos ahí tranquilos, aplaudiendo para que nos den las vacas, porque el barrio es así. Pero es mentira que nos fuimos encima, eso pasó cuando nos dieron permiso. Porque el camión volcó a la una y recién a las seis empezó la faena.” Tiene quince años y en el reparto a Marina le tocó “el cogotito”. Su papá es una de las 35 mil personas que se quedaron sin trabajo en Rosario en el último año. Ahora cuida coches en el centro, un conchavo nuevo que ejerce por prepotencia, pidiendo monedas a quienes estacionan en lugares habilitados. En ese barrio donde la desocupación es aplastante, todos recuerdan con nostalgia cuando pasaba “el 51 verde”, un colectivo que llevaba trabajadores a los frigoríficos cuando éstos tenían algo que hacer allí. Una excepción en una ciudad donde todas las líneas pasan por el centro y ninguna une los barrios. El papá de Marina alguna vez trabajó en el frigorífico. Dicen que muchos de los que se acercaron a ese tendal de vacas que quedó después de que aquel camión volcara también tenían esa experiencia. Aunque el apuro haya vuelto irreconocibles la mayoría de los cortes “con cuero y todo, para que no se ensuciara la carne”, apunta Sosa.
“¿Cuánta gente iban a matar por una vaca? Yo pienso que un policía no puede ordenar que se mate a un cristiano por un animal.” Sosa cree que la policía no reprimió porque entendieron lo mismo que él. Y cuando no tiene explicación para el proceder de la fuerza, se inclina por el sinsentido: “Cuando en diciembre entraron al barrio disparando, no sé, creo que habrán estado borrachos, porque yo no haría eso, disparaban a la gente que mateaba en la calle, les teníamos que pegar a los chicos para que se entren rápido”. A los que no disculpa de ninguna manera es a los “políticos. Ahora se les ha dado por darnos las cajas lo más lejos posible del barrio, porque así pueden decir que la gente se está movilizando, que vamos a cualquier lado a saquear”. De todos modos, esa estrategia no duró mucho. En el último mes las cajas con ayuda alimentaria eran tan difíciles de encontrar como la cita adecuada para recibirlas. “Nosotros no queremos movilizarnos, vos ves como la gente escapa cuando le dicen vamos acá o vamos allá. ‘Andá que te disparen a vos’, te contestan. Pero eso sí, acá que no vengan los políticos porque los corremos a tomatazos.”
Las famosas cajas que todo el mundo nombra pero nadie ve, eran el alivio esperado para un cotidiano desesperante cuando llegó el milagro de la carne. “Pero a la vez –dice Nelly– a nosotros no nos dan porque me dicen que mi hija tiene trabajo, ¿qué quieren, que viva de mi hija? ¿que ella me mantenga?” La pregunta de Nelly será enunciada por más de una mujer en Las Flores, donde las calles anegadas llevan nombres tan románticos como jacarandá o jazmín, y en el barrio de enfrente, Las Granadas.
Cirujas
Necesariamente hay que hundir los pies en el barro. No hay otro acceso hacia Las Granadas, nombrado así cuando hace dos años se inauguró ese complejo habitacional diseñado por la Universidad Nacional de Rosario ycompletado por un sinnúmero de casillas enclencles levantadas sobre un basural que tiene un propietario famoso: Huberto Roviralta, aquel marido maltratado al que Susana Giménez le estroló un cenicero en la nariz. Allí los vecinos parecen eximios promotores de la pobreza, invitan entusiastas al tour del horror y siempre tienen algo más dramático que mostrar bajo la lluvia persistente del viernes santo. Antes, en el Centro Comunitario que Alberto “Manzana” Suárez maneja como “referente”, todos se apuraron a describir la lista de necesidades básicas –leche para niños desnutridos según el diagnóstico del hospital, algunas chapas, destapadoras de pozos, comida para todos, trabajo o al menos planes–; y se les hizo agua la boca recordando la faena de una semana atrás. “Basta de hablar de carne que se me rechifla el estómago”, dijo un hombre mientras unos diez vecinos a la vez, relataban lo que habían conseguido. “A esa señora todavía le queda, no ve los colores que tiene”, dice otro y Graciela, la señora, sonríe feliz e invita a ver su trozo con hueso de una carnaza indefinible. Ella, junto a otras ocho mujeres, arrastraron una vaca con sogas y cables desde la ruta hasta un lugar apartado en donde la faenaron como pudieron, pero a salvo del resto. “Estaba con mis dos hijos más chicos. Tengo nueve vivos y uno muerto. Pero no tenía cuchillo, por eso me tocó la pulpa”, un desgarro sanguinolento que convirtió en estofado, milanesas, guiso y tuco con carne, un lujo. Ella tiene una de las casas de material del barrio, se la asignaron en 1999, a los dos meses de la mudanza masiva el 70 por ciento de los vecinos había quedado desocupado.
“Nos dicen que somos piratas, que matamos las vacas vivas. pero son accidentes que pasan y no se pueden desaprovechar”. Manzana Suárez, erguido por la solemnidad de su lugar de referente, no habla únicamente de las vacas. Cada tanto los camiones que transitan la panamericana a esa altura vuelcan o sueltan algo de la mercadería que llevan y que la gente recoge. Ahora mismo se puede ver una alfombra amarilla de maíz al costado de la avenida de circunvalación. “Eso se levanta para alimentar a los pollos o se lo muele bien, se le saca la grazna y se puede hacer mazamorra o locro”, dicen. Manzana es quien organizó la parada de Ordóñez y Oroño, a metros del cruce de Circunvalación y Panamericana, en la puerta del centro comercial Libertad que desde hace tres días custodia la Gendarmería. “Porque siempre nos tratan de ladrones, tuvimos un gran conflicto, porque en esa parada somos todos muchachos grandes que limpiamos vidrios de autos. Nos vinieron a decir que el supermercado había bajado las ventas porque nosotros dábamos mal aspecto. Entonces hicimos un censo de 36 compañeros y se lo dimos a la policía para que no nos levante más. Ahora nos dividimos la parada en tres turnos y todo está más tranquilo.” En la recorrida por el barrio, entre los charcos profundos como piletas de lona, es fácil ver restos de huesos, pequeños. Los grandes ahora se cirujean y se venden. Por eso cuando los niños encuentran algún fémur o incluso una pata con pezuña y todo, festejan y lo muestran con alegría. Acostumbrados a dar cuenta de ranas, pericotes y gatos, en los días de fiesta (o perros bisbean en secreto; pero eso sí, nadie se come la mascota del vecino, tampoco es tan fácil), el tamaño de esos huesos los sorprende. Y se lleva de viaje a todos por la memoria de tiempos mejores: “¡Antes sí que había trabajo!, se entusiasma Manzana, “De ciruja, sí, pero había que ver cuánto trabajo había”. Un solo escalón más arriba del hambre, desde la perspectiva del abismo, parece el paraíso.

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