ESPECTACULOS › DOS OBRAS OLVIDADAS DEL GRAN TENNESSEE WILLIAMS

Frágiles, solitarios y marginales luchando contra una sociedad rígida y castradora

El autor de Un tranvía llamado deseo vuelve rescatado por el Grupo Fénix.

 Por Hilda Cabrera

Este trabajo nacido en el taller del director Agustín Alezzo se compone de dos obras cortas del dramaturgo estadounidense Tennessee Williams (1911-1938) en las que se retrata a seres enfrentados a una realidad que deja poco margen a las ilusiones. Como escribe el maestro Alezzo en el programa de mano, muestra a individuos “con rasgos personalísimos, marginales, de sensibilidades extremas, ávidos de apurar una existencia que reconocen excesivamente breve, víctimas de una sociedad rígida y castradora, cuyas reglas desafían en medio de un mundo agónico”. El espectador es enfrentado así a pequeños universos familiares, donde las pasiones se entreveran con sentimientos de soledad y frustración. El material del que parte el autor de El zoo de cristal, Verano y humo, Un tranvía llamado deseo y La rosa tatuada, entre otras piezas célebres, desacomoda sentimientos y estampa circunstancias límite. Si uno de los propósitos del teatro es descubrir en las carencias y debilidades temas para recrear, puede decirse que esa búsqueda es central en estas obras en un acto que sacuden emocionalmente. En Libre (At Liberty), Tennessee hurga en una conflictiva relación madre-hija. La señora se muestra implacable. Sentada en su sillón, enjuicia atendiendo más al “qué dirán” de los vecinos que a la enfermedad y a las esperanzas todavía no deshechas de la joven.
“Tus ojos son como un metro midiéndome para la tumba”, le increpa la frágil Bessie, que aún sueña con representar ese “papel maravilloso” que la consagre. Se enorgullece de su nombre artístico, Gloria La Greene, una fantasía insólita en ese pueblo gris de Mississippi, donde comparte la casa con su madre. Esta y Bessie son sólo dos exponentes de un cotidiano desajuste con la vida. A la joven se le cansa el cuerpo ante la adversidad. Sabe, sin embargo, que el daño mayor sería desentenderse de lo que cree su vocación. La atmósfera de Blue Mountain le resulta asfixiante: diez meses de enfermedad en ese “pueblo maldito y húmedo” acabaron con Bessie, en otro tiempo “una radiante criatura”.
Ardo en llamas, gritó el Fénix (Cried The Phoenix, de 1951) es un homenaje al poeta, novelista, crítico y pintor inglés D. (David) H. (Herbert) Lawrence (1885-1930). La acción transcurre en la ciudad francesa de Vence, donde este creador murió enfermo de tuberculosis. Con pocos trazos, Tennessee traslada a escena el imaginario de un Lawrence irónico e incluso cruel en la convivencia con su amante Frieda. En esta pulseada con la vida que se le acaba, protagoniza secuencias de desamparo y de trasgresora inventiva para no sucumbir condenado a la inmovilidad. De esos miedos finales surgen, a pesar de todo, nuevos anhelos para los que no existen respuestas. Cada acción es entonces única y fugaz, y nada dispuesta a la farsa. En esta exploración del mundo sensible, la totalidad del Grupo Fénix, se destaca justamente por resolver con inteligencia y talento la esencial desnudez de las situaciones límite. “Sólo los pequeños de la tierra que se escurren colina abajo como piedritas desprendidas por la lluvia son capaces de una credulidad tan monumental –dice Lawrence sobre los fanáticos que andan buscando dioses domésticos–. ¡Encuentran a su dios y le dan mermelada! Si encuentro al mío, alguna vez.. Si encuentro al mío, me arrancaré el corazón del cuerpo y lo quemaré ante él.” Lawrence condensaen esa frase su protesta. También él quiere ser un Fénix, después de que su cuerpo arda como “una casa de papel de seda incendiada”.

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Libre y Ardo en llamas, gritó el Fénix, en el escenario de El Ombligo de la Luna.
 
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