ESPECTáCULOS › CACHO CASTAÑA VA POR SU PRIMER LUNA PARK

“No sé qué pasó conmigo, hoy me sigue otra generación”

Compositor de ciertos bordes del género, de pronto Cacho Castaña empezó a sonar cool para algunos y de culto para otros.

 Por Karina Micheletto

Hay algo definitivamente estudiado en la forma en que Cacho Castaña le pide a la moza que suba las luces del bar para las fotos, en la forma en que le acerca la cara y le habla bajito. Sea lo que fuere, surte efecto. Igual que las frases que sabe acomodar a lo largo de la charla: “Yo agarré la guitarra y gracias a Dios no laburé más”, “Julio Iglesias dijo que había tenido 3500 minas, yo mandé que tuve 5000. Para matarle el punto al gallego. ¿Cómo un tipo puede ser tan pelotudo como para ponerse a contar las minas que tuvo?”, “A mí me pasa al revés: soy yo el que ha sido un objeto sexual”. La leyenda del Cacho Castaña playboy llega a incluir una huida cinematográfica de alcoba, después de ser descubierto por un novio engañado, a la sazón... Carlos Monzón. Una leyenda que dice haber dejado de escribir ahora que está en relación estable con una bahiense que el año que viene se recibe de psicóloga, cuando cumpla 25.
En el terreno estrictamente musical, las hazañas de Cacho incluyen haber vendido 1.800.000 discos en 1975. En otro país, y con otra música. De un tiempo a esta parte, el Cacho Castaña más tanguero, el autor de temas como Café la humedad y de homenajes como Garganta con arena, encabeza otra hazaña con menos dígitos, pero igualmente destacable. No se sabe bien por qué, desde hace unos años empezó a ser reconocido como autor, sus actuaciones en Buenos Aires se fueron multiplicando y su camarín empezó a ser visitado por actrices fashion. ¿Qué pasó? El dice que tampoco lo sabe. Pero “eso que pasó” transformó en discos de oro a sus cuatro últimos CDs de tango, lo hizo llenar varias veces escenarios como el del Opera, y esta noche lo llevará, por primera vez, al Luna Park.
–Usted pasó rápidamente de tener que suspender un Gran Rex a una seguidilla de teatros, y ahora al Luna Park. ¿Qué pasó?
–No tengo la menor idea. La verdad, cuanto más estoy en este medio, menos lo conozco.
–También parece haber cambiado el público que va a verlo.
–No lo sé, no llego a darme cuenta. Sí me llama la atención que se enganchó otra generación. En mis recitales hay muchos pibes cantando mis temas de punta a punta, y eso me alucina. Porque a la hora de la verdad son pibes cantando tangos. O sea, ya agarramos tres generaciones, ya estamos grandes (risas). Después, la onda que hay y las demostraciones de cariño siguen siendo las mismas. Me siguen tirando bombachas, pero son tanguitas, ¿eh? No son tan grandes como las que le tiran a Sandro, a él le tiran calzones.
–¿Qué otras muestras de cariño recibió?
–En uno de los últimos shows en el interior vino una gitana, muy gorda ella, se levantó la remera, quedó con las lolas al aire y me dijo: “Firmame”. Le firmé las lolas sobre el escenario. Eran increíblemente... grandes. La gente aullaba.
–¿En cuánto le ayudó su fama de mujeriego a seguir ganando mujeres?
–A algunas les gusta, a otras las hace renunciar. Yo no tengo más minas que el diariero, lo que pasa es que fueron notorias y con escándalo. Pero tuve mucha suerte: ligué buenas minas. Además, son las minas las que te levantan, no sos vos. Yo tengo el sí flojo...
–Todas esas son frases que le he escuchado repetir forman parte del personaje.
–Forman parte mía, yo no hago ningún personaje. Yo soy Cacho Castaña desde chiquitito. No tengo nombre artístico, no me desdoblé. Siempre dije lo que me pasa. Mi vida fue así, y no estoy arrepentido. Ahora, si volviera a nacer, yo no haría lo mismo, como dicen todos. Hay muchas cosas que no haría de nuevo. No puedo detallarte cuáles... (risas). Ojo, yo cambié, ahora me porto bien, tomo agua mineral, hago gimnasia y me levanto temprano...
–En medio de todas esas transformaciones se mudó de Flores, el barrio al que le escribió tangos, a Belgrano R.
–Pero no vendí la casa de Flores, ni pienso venderla, porque sería vender mi pasado. La verdad es que extraño Flores. Tengo la casa ahí, voy a veces, me tomo unos mates, miro un rato de televisión y me vuelvo. Me pude comprar el departamento de Belgrano R con lo último que gané, cuando empecé a acumular un poco. Porque yo siempre despilfarré mucho la plata, la quemé. No me interesa, yo a la plata la uso, no la guardo. Algunas chicas son caras, el champagne que me gusta también, yo quiero todo lo mejor a esta altura, qué me importa. Total, como dijo Borges, acá nunca sabés cuál es la última puerta que vas a cerrar. Entonces, por lo menos, cuando yo la cierre quiero estar bien comido y bien bebido.
–¿Qué recuerdos guarda de haber cantado con Goyeneche?
–¡Uff...! Los mejores. El Polaco era una biblia, y yo tuve la suerte inmensa de cantar con él los últimos cinco años de su vida. En el estreno de Garganta con arena, noté que Colángelo hacía muy lento el final. Entonces en el camarín le dije: “Maestro, trate de hacerlo un poco más ligerito para que no se haga tan pesado”. Y el Polaco desde la punta gritó: “Sí, hágalo más alegre, que el protagonista está vivo”.
–También fue amigo de Tita Merello.
–Los últimos cinco, seis años de su vida hablábamos todos los días por teléfono. Me retaba, me carajeaba... A veces iba a visitarla y no me atendía, no me dejaba pasar. “Pendejo, vos sabés que estoy comiendo y después duermo, vení a las cinco de la tarde”, me decía. Pero era maravillosa. Un día estábamos caminando en el pasillo de la clínica, con su bastoncito, despacito, y me dice: “Mirá, pendejo, pensar que tuviste tantas minas y terminaste con la viejita Merello en lo de Favaloro”.
–También le escribió a Adriana Varela. ¿Le falta algún homenaje en vida?
–No, el último me lo hice a mí, Cacho de Buenos Aires, y paré. No le hago más un homenaje a nadie. Ahora, Mores quiere que le ponga letra a cuatro temas nuevos, eso me llenó de orgullo, pero es un compromiso grande. No es fácil, la gente se piensa que es una pizza de morrones: “Haceme tres temas, que salga con tal cosa, dale que grabo la semana que viene”; la gente está en pedo. No es así la cosa. A veces pasan tres meses y no escribo ni el arroz con leche, y a veces en una noche hago cinco temas. Es medio raro.
–¿Y cómo es el proceso, hay un método?
–No, no hay un método. Los mejores viajes de mi vida los hice entre cuatro paredes. Es muy mágico todo.
–O sea que para usted existen las musas.
–Las musas, los fantasmas que atraviesan las paredes de noche, los duendes que se te sientan arriba del piano...

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“Cómo un tipo va a andar contando las minas.”
 
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