ESPECTáCULOS › ENTREVISTA CON LOS REALIZADORES DEL FILM URUGUAYO WHISKY

“Hacemos un realismo artificial”

Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll hablan de la película uruguaya premiada en Sundance, Cannes, Tokio y La Habana y que a partir de hoy trae su melancolía y sus personajes “marrones” a Buenos Aires.

 Por Horacio Bernades

¿Lo celeste es hermoso? Parecería que por estos días sí lo es. Repasemos: el lunes, Montevideo amanecía con la noticia de que Jorge Drexler había dado su “maracanazo” (según tituló el diario El País) en Hollywood, al alzarse con el Oscar por Mejor Canción por Del otro lado del río, tema central de Diarios de motocicleta. Al recibir el premio cantando la primera estrofa de la canción, Drexler se había dado el gusto de mojarles la oreja a los organizadores, que vaya a saber por qué no lo habían invitado a hacerlo (¿tal vez porque consideren que Antonio Banderas cada día canta mejor?). Para completar la semana más celeste del mundo, un gobierno de centroizquierda acaba de asumir por primera vez del otro lado del río y hoy se estrena en Buenos Aires la que muchos consideran la mejor película jamás filmada en Uruguay.
Teniendo en cuenta que la producción cinematográfica del país vecino no se caracteriza por lo abundante, lo anterior huele a chiste. No lo es: ganadora de montones de premios internacionales (entre ellos, el que otorga el Festival de Sundance al Mejor Guión, además del premio de la crítica en Cannes 2004 y el Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana), nadie pone en duda la magnificencia de Whisky. Lo cual no es para sorprenderse tanto: se trata del segundo opus de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, quienes cuatro años atrás habían llamado legítimamente la atención con su ópera prima, 25 watts. Si los protagonistas de aquélla eran tres veinteañeros con poca pila (de allí el título), la mayor diferencia que plantea Whisky con la anterior es que los protagonistas andan entre los 50 y los 60. Pero siguen siendo tres, y la pila no les sobra. Por suerte bastante más locuaces que sus personajes, Página/12 habló con estos flamantes treintañeros sobre el Uruguay menos turístico, sus gustos cinematográficos, el carácter amarronado de Montevideo y sus habitantes, la aversión por los travellings y la invención del realismo artificial.
–Al ver la película es imposible no recordar aquel axioma que dice que un uruguayo es un argentino al que acaban de darle una mala noticia.
Pablo Rebella: –(Risas.) Sí, supongo que sí, que el uruguayo es una especie de argentino triste. Y nuestros personajes también lo son... El uruguayo es como marrón. No gris, como suele decirse, sino marrón. Las calles de Montevideo son grises, pero los interiores son marrones. Por eso es que en Whisky ésa es la tonalidad que predomina. Pero lo que jamás intentamos es hacer una película que fuera “representativa” de lo que es Uruguay. No creemos en absoluto que ninguna película pueda ser eso y le tenemos una tirria espantosa a todo lo que sea pintoresquismo. En el caso del cine, ese pintoresquismo tiene resultados nefastos, ya que lo que se produce son imágenes for export, que luego son vistas como si, efectivamente, eso fuera “la verdadera Latinoamérica”.
–Sin embargo, hay en la película una suerte de “costumbrismo abstracto”. Es como si pudiera reconocerse a Montevideo y los montevideanos, pero a través de un tamiz que de alguna manera “irrealiza” todo eso. Algo parecido a lo que sucede con las películas de Martín Rejtman.
Juan Pablo Stoll: –Bueno, sí, de hecho nosotros en alguna ocasión definimos a lo que hacemos como “realismo artificial”, porque hay un costado como documental y otro que es totalmente artificioso. De hecho, nosotros jamás hacemos una investigación previa del tema o de los personajes con los que trabajamos. En este caso, que dos de los protagonistas son judíos cincuentones, y nosotros no somos ni judíos ni cincuentones, no nos pusimos a investigar cómo es la gente de esa edad o qué costumbres tienen los miembros de la comunidad judía de Uruguay. Lo que más nos interesaba de su condición de judíos era un ritual específico, que nos venía muy bien para la película, y que es la colocación de la lápida en la tumba de un muerto, un año después del entierro. Ese ritual se llama matzeve y en este caso es lo que une, después de una larga separación, a los hermanos.
P.R.: –En cuanto a la comparación con las películas de Rejtman, la verdad que nos honra. De hecho, cuando descubrimos Silvia Prieto, en un festival que se hizo hace unos años en Uruguay, fue como una revelación. Me acuerdo que en ese entonces nosotros no veíamos mucho cine argentino, porque nos parecía muy falso e impostado, y yo leí la sinopsis de Silvia Prieto. Le comenté a Juan Pablo: “Mirá qué buena idea. Lástima que seguro la arruinaron, y la película debe ser una de esas cosas pretenciosas”. Igual fuimos a verla, medio porque no teníamos nada que hacer, y nos pateó la cabeza. Ahí descubrimos también que había películas argentinas que no eran como las que nosotros conocíamos. Películas como Mundo grúa, La ciénaga, las de Perrone, todas ésas, que nos gustaron muchísimo.
J.P.S.: –Me acuerdo que ese día, cuando salimos de ver Silvia Prieto (era una muestra en Punta del Este), detrás nuestro venía un tipo que dijo: “¡Qué vergüenza, una película argentina en la que no se oye un tango!”. Bueno, ésa es la clase de películas uruguayas que nosotros queremos hacer: películas en las que nadie ande con el termo debajo del brazo.
–Volviendo a esa dualidad que ustedes señalaban, ente lo documental y lo extremadamente artificioso, ¿cuánto hay de una cosa y otra en la película?
P.R.: –Hay un poco de cada cosa. En algunos casos, al revés: hay cosas que pasaron de la película a la realidad. El auto que maneja Jacobo, el protagonista, por ejemplo. Está todo desvencijado, porque el tipo es un dejado. Un día, durante el rodaje, viene un asistente y nos dice, medio asustado, que ya no teníamos más el auto. El dueño lo había vendido a un depósito de chatarra ...
J.P.S.: –En general, lo que hicimos fue filmar lo que había, pero hicimos un recorte. Las calles que se ven son de Montevideo, la fábrica de medias de Jacobo es una pequeña fábrica de medias en la realidad, el hotel al que van es el Hotel Argentino, de Piriápolis, que representaba exactamente lo que buscábamos, esa especie como de monumento de una época de gloria que ya pasó hace tiempo. Nosotros queríamos que los ambientes transmitieran la sensación de un mundo “fuera de temporada”, y para eso lo que hicimos fue mostrar una cara de Montevideo, dejando afuera todo lo que fuera más moderno.
P.R.: –El interior del departamento de Jacobo está todo reconstruido. Nuestro director de arte, Gonzalo Galiana, es también el tercer coguionista de la película, y entonces tenía muy claro qué era lo que necesitábamos. Y le fue poniendo los objetos que hacían falta.
–En ese punto logran algo extraordinario, que es contar a un personaje entero (la mamá de Jacobo y Herman, muerta poco tiempo atrás) y su relación con uno de los hijos, solamente a través de una chata, un respirador y cosas por el estilo.
J.P.S.: –Queríamos tratar de contar todo lo posible a través de los objetos, y algo parecido pasa también con el falso anillo de casada que usa Marta, en la escena en la que lo pierde en la pileta del hotel.
–Ustedes usan una cámara inmóvil, prácticamente sin ningún travelling. ¿En qué momento y por qué decidieron eso?
P.R.: –Poco después de empezar a rodar. Les tenemos aversión a los travellings, yo no creo que vaya a usar un travelling en mi vida. Hubo una escena para la que probamos uno y quedó pésimo. Queríamos que la puesta en escena transmitiera la sensación de un mundo cerrado, estancado. Por eso los encuadres son fijos, e incluso hay muchos momentos en los que los actores quedan cortados por el encuadre.
–¿Y en cuanto al ritmo, que es deliberadamente lento, y el tono, que es como que está siempre a medio camino entre lo cómico y lo trágico?
J.P.S.: –Esas dos cosas fueron lo que más tiempo nos llevó. Teníamos claro de antemano que tenía que ser una película lenta, porque a los personajes es como que el menor movimiento les cuesta un horror, y sabíamos también que queríamos combinar lo serio y lo cómico. Pero igual, lograr ese ritmo y ese tono nos llevó mucho trabajo, muchas pruebas, mucho ensayo.
–Los actores están notables. ¿De dónde los sacaron?
P.R.: –Los tres tienen una larga experiencia, sobre todo en teatro. En Uruguay, como se filman muy pocas películas al año y desde hace muy poco, no es fácil encontrar actores de cine. Vienen todos del teatro, un poco menos de la tele (en Uruguay hay canales locales desde hace apenas un par de años) y esto hace que en general tengan también un estilo más vinculado con esos medios. Un estilo más enfático, declamativo. Como encima nosotros queríamos que en la película fueran inexpresivos, nos costó mucho, nos llevó mucho tiempo encontrarlos.

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Stoll y Rebella dicen que le tienen “una tirria espantosa a todo lo que sea pintoresquismo”.
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