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La subjetividad trastornada

A partir de la experiencia de periodistas y estudiantes de comunicación comprometidos en la cobertura de los juicios por delitos de lesa humanidad en Tucumán, Tina Gardella reflexiona sobre el impacto que esta labor genera en los comunicadores.

 Por Tina Gardella *

Periodistas y estudiantes de Comunicación que han tomado para sus tesis las problemáticas que disparan los juicios por delitos de lesa humanidad que se sustancian en Tucumán han seguido atentamente durante cinco meses las declaraciones, los alegatos y la sentencia final que se conoció el 8 de julio para el caso Ex Jefatura de Policía de Tucumán. La crónica periodística ha registrado ampliamente todas las secuencias de este juicio y a quienes actuaron en este centro de detención clandestino. Pero ¿qué pasa con esos periodistas y jóvenes estudiantes, para quienes el registro de estos hechos excede un simple criterio de noticiabilidad profesional o de marco teórico o contextual académico?

Como sujetos históricos que observan, tramitan, elaboran y piensan desde lo profesional o desde lo académico, ese proceso está mediado por varios y diferentes elementos que lo atraviesa. Entre muchos otros:

- Los testigos: padres, hijos, amigos, vecinos, compañeros narrando, aunque desde lo judicial el verbo sea “declarar”, el horror propio y de todos, en una suerte de duelo inconcluso de sus familiares y de tramitación colectiva del horror histórico.

- Los organismos de derechos humanos: desde sus múltiples estrategias de presencia, escucha y acompañamiento, de comunicados, carteles y fotografías con rostros que miran y ojos que hablan.

- Los periodistas como víctimas y como testigos: un periodista de Canal 10 como una de las 22 víctimas del caso y ex periodistas de la televisora universitaria dando cuenta, como testigos, de la contextualización profesional del periodismo en el marco político-social de Tucumán en general y de la Universidad Nacional de Tucumán en particular, que caracterizaba la época. Dicho sea de paso, la UNT registró y produjo todo el material audiovisual del juicio y transmitió en vivo y en directo las audiencias, con la observancia de respetar la identidad de los testigos amparados por ley.

A todos estos elementos se les podrían sumar las enfermedades y el fallecimiento de algunos imputados mientras se sustanciaba el juicio, así como el trabajo de abogados querellantes, de reconocida trayectoria y compromiso, con sereno y destacable nivel profesional. Los periodistas también debieron hacerse cargo de las tensiones, presiones e intereses en su medio por el lugar que ocupaba la información del juicio, según el grado de “espectacularidad” de lo acontecido ese día.

¿Alguien puede salir indemne de tamañas problemáticas? De mi infancia recuerdo un término con el que mi madre solía referirse a quienes estaban más que alterados: “trastornados”. Es decir quienes, imposibilitados de ver el orden regular de las cosas, lo invierten, lo “tornan”. De escuchar lo que se escucha y de ver lo que se ve en estos juicios, se corren serios riesgos de quedar “trastornado”. Lo cierto es que a mayor complejidad de la realidad, el trabajo periodístico pero también todo abordaje desde la comunicación, presenta mayores desafíos. Desafíos que se entienden como compromiso en primer lugar, pero también de saberes como prácticas sociales en el afán de interpretar el mundo para transformarlo.

El persistente y esperado desentrañamiento de la historia coloca y recoloca a periodistas y comunicadores en el centro de escenas que son únicas y diferentes. Amén de los elementos mencionados, en un marco general institucionalizado de juicio histórico, aparecen listas, documentos, palabras, siglas, gestos en un deslizamiento de sentido permanente y recurrente que construye subjetividades también únicas y diferentes. Desde ese lugar, hay un “saber hacer” sociocultural de articulación interpretativa, valorativa y crítica para dar cuenta de lo que pasa y de lo que no pasa en el recinto judicial, que también los atraviesa. Es cierto que, inmersos en la complejidad de toda práctica social, también están atravesados por la opacidad que envuelve la acción de estos actores sociales, políticos, institucionales con sus distintas escalas de valores.

A la subjetividad “estallada”, “alterada” o “emancipada” que ya están instituidas, podemos pensar en que para no construir una subjetividad “trastornada”, periodistas y comunicadores podrían sumar por ejemplo el dar cuenta en sus crónicas o abordajes académicos, no sólo de las dimensiones de lo dicho sino también de lo no dicho, de lo que está implícito y hasta de lo silenciado. No sólo por la dimensión colectiva socio-histórica, sino por la propia subjetividad construida en estos juicios, con una historia de horror que involucra más allá de la voluntad de cada quien y más allá de las relaciones con familiares o con diferentes organismos.

De otro modo habría que esperar la suerte de que, como lo expresara uno de los jóvenes periodistas que cubría el juicio, “se venga un baño popular de alegría como la fiesta del 9 de Julio para mitigar tanto horror”.

* Docente e investigadora. Licenciada en Comunicación, Univ. Nacional de Tucumán.

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