PLACER › UN TEXTO

Loa a la seducción

Ni él le propondrá noviazgo ni ella abandonará a su novio. La chispa que se enciende entre ellos, al contrario, les sirve para seguir mejor con sus vidas y sus vínculos ya establecidos. Un poco de endorfina no le viene mal a nadie.

Por Vanessa Miller*

Ella está de novia. El no escapa de la atracción que le provoca esa mujer. Nada es debido.
Se hablan. No mueven sus intenciones hacia el sexo, pero ese protegerse del deseo para no lastimar al otro los desnuda más y los enfrenta desde el cuerpo con más profundidad.
Ella, refugiándose en el espejo del baño, imagina que él la escucha:
si te mueves un solo espacio más, me aflojo, me entrego, te como. Me voy a tu boca a buscar algas o martirios, pero los traigo a mi pecho y te alimento. Si insistes un poco más, se acaba el escrúpulo y me baño en tu campo energético. Que Dios me diga cómo y hacia dónde seguirá todo después.
Besarte es un riesgo, pero “al que arriesga su cuerpo, la vida lo ama”, lo dijo Nietzsche. Y ha de ser un Cristo sin antípoda el que te trae hasta aquí en este momento en que comerte puede sacrificar todo lo que construí con otro que es más peligroso que tú.
El piensa sentado en el living del boliche, mientras espera que ella vuelva del baño.
Gozar es quemar el riesgo y perder el sentido para ganar un eje aún más protegido.
Gozar está inscripto en tu pedido prohibido.
Gozar es mi sentido de hacer.
Ella sale del baño y vuelve a sentarse junto a él. Se miran eligiéndose todo el tiempo.
Conversan toda la noche. Parece que se hacen bien. El le ofrece llevarla a su casa.
Peligro.
Ella se bajó de su auto, reprimida. No se animó a besarlo, pero hubiese querido deglutirlo entre sus dientes gastados. El se fue seducido, convencido y tranquilo porque “la fruta madura está en su rama y tarde o temprano tendrá que caer”.
La red del placer es astuta y se burla de los preceptos mentales. Su moral es la fiel, digo la piel más sintética. Digo la síntesis que es piel y calma en el corazón.
–Quiero abrirte como un botón de pétalos gruesos –le grita desde un mail.
–Viajo mañana –contesta ella–. Hasta la vuelta, si es que se puede volver cuando el viaje está en curso.
Todo se detiene y el placer inmóvil es tan íntegro como la vida eterna.
Por su parte, ella se encuentra con su novio. Tiene sexo apasionado y muchas responsabilidades familiares. Mientras tanto él sale con una vieja amante con la que sólo habla de ella que está allá con su novio mientras también tiene sexo apasionado. No se olvidan, no se necesitan.
Placer liberado, esperado y manso como innecesario. El no la llama, aunque sabe que ella regresó. Ella gasta fortunas en llamados larga distancia para seguir conectada con su novio. Ambos saben que el próximo encuentro será un placer. Tienen miedo.
Amanece en Buenos Aires y ella no puede dormir. El está hace varias horas soñando que es un cazador de ballenas. Es domingo. Cada cual en el ocioso placer de reprimirse y no discar el número del otro. Ninguno lo hará. Seguirán disfrutando ese límite inexacto de permanecer al acecho del instinto.
Hasta que algo se desmorone y lo inevitable se manifieste.
Cumplir, evadir o sucumbir, cualquier inevitable es posible.
Es el manto de placer de estar sensitivos. Confundidos en una realidad u otra y que en todas las capas de intimidad exista riesgo.
El fin de la historia no es lo que cuenta sino el fluido. El no poder asegurar el placer en ninguna póliza estructurada. El margen y el deseo que es tan fiero que puede esperar para no arrebatar sin derechos.
Placer. El otro del otro también es su fuego. Bienvenido al calor. No te quemes.
*Actriz.

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