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Desayunos con Daniel

 Por Mariana Carbajal

Me gustan las mañanas más que las noches. Y los desayunos más que las cenas; siempre y cuando no me haya tenido que levantar con despertador y tenga que salir apurada de casa. Café con leche, un par de tostadas bastante tostadas de pan negro, queso descremado y los diarios. Sin lectura no hay desayuno, aunque sea un diario del día anterior, una revista vieja o un libro ya leído. El placer está en alternar tostadas con lectura. El mejor desayuno es el de los sábados. Mucho mejor si amanecí en Máximo Paz, en la quinta familiar, en medio del campo, con el canto de un gallo descarriado –nunca canta antes de las nueve– y el murmullo de las palomas que anidan en el techo de la galería.
Mejor aún si el día es soleado. El sol me energiza, me termina de despertar, me acaricia. Café recién hecho, leche recién ordeñada, algún diario, la mesa servida a la sombra de un árbol, la vista que se pierde en el horizonte de la nada, el canto de los pájaros, algún ganso perdido y Daniel. Porque el desayuno no es lo mismo sin él. No es que nos enfrasquemos en charlas profundas entre titular y titular, entre nota y nota. No. Todo lo contrario. Afortunadamente, los dos compartimos el placer de desayunar en silencio leyendo los diarios. Tal vez, sí, intercambiamos algún comentario. Pero breve, apenas una apostilla sobre alguna noticia que nos llamó la atención. Cada uno en lo suyo, pero juntos. Podríamos pasarnos horas así. El desayuno puede ser eterno. Con un termo con café, otro con leche, para que no se enfríen, y en silencio, pero en ese silencio que no incomoda, que acompaña, que permite relajarse y saber que el otro está del otro lado, pero que no hay que decirle nada.
Desde el primer desayuno que compartimos, algunos años atrás, descubrimos que ahí también sintonizábamos. Frente al lago de San Martín de los Andes, frente al mar en Playa del Carmen, en La Cumbre al pie de las sierras, en Máximo Paz, en algún barcito del barrio o en la cocina de casa. En realidad, no importa demasiado el escenario. Importa el café con leche –que sea abundante, para repetir–, el pan negro –para mí tostado, para él sin tostar–, los diarios y Daniel.

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