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“En política no te podés quedar al margen; se te mete, es tu vida”

Fue brevemente secretaria de Cultura y entonces su marido asumió la gobernación bonaerense. Teresa de Solá dejó el cargo porque no le iban “a dar las piernas para correr con él”.

 Por Marta Dillon

Aunque fugaz como un parpadeo, Teresa del Valle Fernández González de Solá está orgullosa de su paso por la gestión ejecutiva. En adelante, su currículum dedicará una línea a su jura como secretaria de Cultura y a los pocos días que permaneció en el cargo como integrante del gabinete de Adolfo Rodríguez Saá. Un nombramiento que llegó aun antes de que comenzara la Asamblea Legislativa que designó presidente al puntano. Tanto entusiasmo inicial le alcanzó incluso para ofrecerle al presidente Eduardo Duhalde “una oportunidad para cambiar la imagen cultural del peronismo”, algo de lo que ella podría encargarse. Mala suerte. Su renuncia formal fue aceptada en tiempo y forma, y aunque la ahora primera dama de la provincia más poderosa del país diga que “no le dan las piernas para correr” junto a su marido, está dispuesta a esperar que se nombre a alguien más para el cargo todavía vacante antes de dejar el tradicional despacho de la avenida Alvear.
–¿Por qué cree que el Presidente no aceptó su oferta para un cambio en la “imagen cultural del peronismo”?
–No podría decir que fue así. Yo renuncié porque quería volver a la provincia. Fue todo muy rápido, ni siquiera tuve tiempo de decidir, no sé si lo que hice fue lo mejor o lo correcto. Yo me tengo fe, me tenía fe. No sé si soy lo mejor para la Cultura, pero sé que soy buena para motorizar, para vincular. Pero con Felipe allá, asumiendo un desafío, una patriada, cómo te explico, no me daban las patas para estar allá, acompañando. Podría haberme quedado en el puesto, pero sabiendo cómo soy, hubiera estado recorriendo el país –porque es fundamental fortalecer la presencia federal en la cultura– y al mismo tiempo pendiente de lo que pasaba en La Plata. Quiero estar en la rosca, saber qué pasó, qué no pasó.
–¿Ese sería el lugar de una primera dama?
–No, supongo que no, pero no quiero ser una primera dama. Además nunca lo fui.
–Sin embargo, hasta el ‘99 ocupó el lugar destinado a Zulema Yoma en la Conferencia de Esposas de Jefes de Estado, que reúne a las primeras damas de América.
–Sí, y ahí conocí a Hillary Clinton (enseña su foto). Había seis países como el nuestro sin su primera dama. Y ahí te das cuenta: veías mujeres monísimas, pero muy formadas y casi todas habían pasado por algún lugar de gestión. Porque cuando estás tan cerca de la política, no te podés quedar al margen; se te mete, es parte de tu vida. Todas las decisiones políticas repercuten en la vida privada, entonces te involucrás; es apasionante.
–Como lo describe, parece un proceso de ósmosis.
–Y sí, es por ósmosis. Pero quiero decirte que en mi familia siempre se participó en política. Yo tengo ancestros, qué se yo, que participaron en la Revolución de Mayo, en la época de la conquista. Siempre hubo discusiones en casa, era una familia muy conservadora que sufrió un golpe tremendo cuando destituyeron a mi abuelo de la Marina por estar contra la revolución de Uriburu y murió poco tiempo después. Entonces mi papá se hizo radical desde lo visceral, por apoyar a Yrigoyen.
–Y usted se incorporó a las filas del justicialismo.
–Papá era muy amigo de Illia, de Perete, pero yo no estaba para nada politizada. Pero cuando vino el ‘83, esa ola fuertísima, ¿viste que todo el mundo estaba politizado? Me quedé enganchada con la propuesta de Alfonsín.
–¿Fue radical sólo por tradición familiar?
–Viste cómo es, yo soy de Boca, pero tampoco puedo decir que soy de Boca. Me había enganchado con Alfonsín. Pero Felipe estaba en el grupo Unidos, con Chacho Alvarez y tantos otros. El también venía de una familia conservadora y yo tenía mucho más vínculos con su grupo que con cualquier otro, así me fui metiendo. Así que te diría que no soy ni peronista ni radical, soy de Solá. –Usted ha trabajado por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en la provincia de Buenos Aires y también en la Cancillería durante la presidencia de Carlos Menem. ¿No es contradictorio presentarse ahora como la mujer de?
–Todos somos de, seas varón o mujer. Los hombres no lo admiten, pero son de su mamá, te lo aseguro. ¿O no? Soy lo suficientemente segura como para que no me moleste ser la mujer de. En el caso de la política soy la primera militante de Felipe. Cuando hago el chiste de decir que soy su amante, no su mujer, es justamente porque a la mujer oficial la anulan. Ser la mujer de no me impide ser yo misma.
–¿Qué es lo que distingue a Felipe Solá del resto del justicialismo o de los políticos en general?
–Bueno, hay muchos como él. Pero es muy difícil seguir manteniendo las cosas a medida que te vas exponiendo o poniéndote en la mira, si querés. Por eso yo estuve siempre en la segunda línea. Tengo un profundo respeto por la clase política, porque ahora parece que es la peor de las lacras. Y en realidad las lacras están en todas partes. Tampoco voy salir a pegarles a los que están caceroleando contra los políticos, pero hay que tener responsabilidad. Felipe se mantuvo siempre, con defectos y virtudes, más o menos en su línea. Hay montones de cosas que se pueden negociar, pero no podés negociar tus principios.
–¿Cuáles serían esos principios en su caso?
–Bueno, no tomés tan así lo que te digo, no sé. Quiero decir que cuando vos te confundís, te equivocás, metés la pata, pero seguís siendo vos, te la bancás más. Ahora, si fue porque te obligaron, porque no lo creías, no te lo bancás. De eso se trata el arrepentimiento, de ir en contra de uno. No ir contra mí sería no construir en base a la pérdida de los otros.
–¿En qué pensaba cuando hablaba de la imagen cultural del peronismo?
–En aquella frase “Libros no, alpargatas sí”. Es como que su imagen se contradice con lo culto, lo intelectual. Son cosas que marcan y ya no significan nada. Muchos de los que hacen cultura son peronistas y ese partido es sensible no sólo a lo popular sino también a lo que surge de abajo, entonces no se justifica su imagen. Es algo que se instaló, contradictorio, como esa gente que te dice que hay que bajar los costos de la política, pero enseguida te está pidiendo un puestito.
–Cuando asumió en Cultura, ¿no se cuestionó la legitimidad de Rodríguez Saá?
–No tuve ni tiempo, cuando te llaman, vas a lo tuyo. La Asamblea Legislativa era representativa, pero la destruyeron las internas. Yo consulté con Felipe lo que me habían ofrecido, ni sé cómo llegaron a mí, sé que Felipe no rosqueó, si me creen o no, no importa, yo estuve chocha. Y bueno, ya presenté mi renuncia dos veces, me desespera la situación porque es como cuando das examen: una vez terminado, querés tirar los libros.
–¿Se imagina cumpliendo un rol similar al que cumplió Chiche Duhalde en la provincia?
–No me dedicaría al área social como ella la concibió. Me gusta estar en el lugar de las decisiones.
–¿Podría citar algunas diferencias entre usted y la señora de Duhalde?
–Ella tiene cinco hijos y yo ninguno. Chiche está sentada en la mesa de gabinete y yo aquí con ustedes. Chiche tiene una presencia muy fuerte y la mía es... distinta.
–Usted trabajó en la provincia durante el gobierno de Carlos Ruckauf. ¿Coincide con quienes aseguran que su paso a la Cancillería fue una huida?
–No hago comentarios sobre temas que no son míos.
–Pero recién decía que trabajaba codo a codo con su marido.
–Totalmente, ¿y qué tiene que ver? ¿Para qué le voy a complicar la vida a Felipe?
–¿Esa evaluación se la complicaría? –¿Y qué te parece? Además, prefiero no juzgar. Nadie puede tirar la primera piedra.

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Teresa de Solá le ofreció a Duhalde dar “una nueva imagen al peronismo” en Cultura.
 
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