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Viajar en bondi

Por Luciana Rosende (lectora)

En verano, viajar en un colectivo atestado de gente es lo más parecido a una sesión de sauna. En invierno, ninguna ventanilla cierra del todo y no se sabe si es mejor conseguir un asiento junto el vidrio o viajar una hora de pie, abrigado entre otros pasajeros. De día, leer a bordo es casi imposible: los colectiveros no se resignan ante los embotellamientos, aceleran y frenan. De noche, nunca hay luz sobre el único asiento que queda libre y el cabeceo sobre el hombro del eventual compañero se vuelve incontrolable. Sin embargo, a mí me gusta viajar en colectivo. Hay un no sé qué especial en ese ritual que empieza cuando alzo la mano para que el chofer detenga el vehículo, y sigue con la pelea entre las monedas rebeldes y la máquina expendedora, que no parece pertenecer al paisaje de los asientos gastados y los caños oxidados.
Con el boleto en la mano, lo mejor que puede pasar es descubrir un lugar vacío del lado que da el sol, que no coincida con la ubicación de la rueda ni sea compartido por algún solitario aburrido, desesperado por hablar de cualquiera. Si todo sale bien, me acurruco en el asiento con la campera hasta el cuello tipo sobretodo de detective, y empiezo a mirar a mi alrededor.
De adelante hacia atrás, una señora que lucha por no perder el equilibrio, una chica que se maquilla con un pulso envidiable, una pareja que se besa como si nadie la rodeara. Nada interesante, ni una discusión a la que prestarle atención, ni un extraño personaje para observar en el reflejo del vidrio, ni un vendedor ambulante original que sorprenda por sus dotes comerciales.
No me queda otra, entonces, que concentrarme en el afuera. Recorro calles por las que alguna vez caminé, y sin embargo me cuesta reconocerlas. Reparo por primera vez en el lenguaje de las paredes: los grafittis; invento destinos para los transeúntes; trato de inmiscuirme por las ventanas abiertas de las casas. Hasta me enamoro del pasajero de otro colectivo que pasa en sentido contrario y me mira fijo; pero la historia de amor se termina en la esquina, cuando el semáforo le permite doblar.
Un viaje en colectivo es como una película sin edición ni final. Pequeñas historias sueltas construyen escenas en cada cuadra, pero el chofer sigue su camino sin dar tiempo a ver si el señor que espera a su acompañante en la puerta del cine lo encuentra, si el nene que llora se calma, o si esa persona que me miró se acordará de mí o seguirá su ruta fijando los ojos en los de cualquiera, con el engaño de hacerlo sentir especial. Porque soy el público y a la vez la protagonista de esa película del viaje en colectivo, que además de no tener edición ni final, tampoco queda registrada en cintas de video.

(Los lectores pueden enviar sus columnas para Sobre Gustos... a la página web –pagina/[email protected]– o a la dirección [email protected]/12.com.ar. No más de treinTa y cinco líneas. Gracias.)

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