PSICOLOGíA › SOBRE UN RECIENTE CASO POLICIAL

Las asfixias del niño y de la madre

 Por Sergio Zabalza *

Una mujer que había ahogado a su hijo de seis años en la bañera –para, según sus propios dichos, “cagar” al padre de la criatura– murió a causa de los daños cerebrales sufridos tras intentar ahorcarse con una media, durante su corta estancia en la Unidad 45 del Servicio Penitenciario Bonaerense. La mujer ya había dado indicios de sus mórbidos propósitos antes de llevar a cabo los dos pasajes al acto: en su oportunidad, había amenazado con matar a su hijo; ya concretado el crimen y detenida, había intentado sin éxito quitarse la vida. Quizá no sea aventurado concluir que la dejaron demasiado sola.

Que el espeluznante episodio cause horror no nos dispensa de comprometernos en su análisis. Porque en la asfixia que terminó por provocar la muerte de esta mujer se resume la quintaesencia del mandato que funda toda sociedad hablante: “No reintegrarás tu producto” –que pone límites al deseo materno–; algo así como una boca que se come a sí misma o un escíbalo que se reintroduce en el cuerpo.

Es que la figura del crimen edípico no es más que el ropaje imaginario que la pulsión de muerte viste en la trágica escena humana. El impulso que anima a devorar a una criatura concebida en el seno de las propias entrañas es el mismo que, al menos en este caso, empuja al suicidio: la imagen del Otro que, al borrar la propia, se hace Una en el incesto o el parricidio.

Para darse por enterado de los oscuros impulsos que agitan a un padre o una madre no hace falta matar. “Lo más angustiante que hay para el niño se produce cuando no hay posibilidad de falta, cuando tiene a la madre siempre encima, en especial limpiándole el culo”, dice Lacan (El seminario, Libro 10, “La angustia”). Entonces, la sospechosa solicitud para limpiarle la cola al nene, la intrusión en las tareas de higiene de la niña o las enemas que algunas madres practican con férrea disciplina son algunos de los ejemplos que testimonian el oscuro impulso a devorar –esa presencia de la pulsión de muerte– en el supuesto candor de la escena familiar.

La psicosis muestra a cielo abierto lo que el neurótico desea sin animarse a concretar. Adriana Cruz también fue hija alguna vez y probablemente no estaba en condiciones de esquivar la ominosa alteridad que la acuciaba. Es de esperar que la Justicia indague por qué la dejaron tan sola, con su hijo primero y con sus fantasmas después.

* Psicoanalista. Equipo de Trastornos Graves Infantojuveniles del Hospital Alvarez.

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