PSICOLOGíA › A PARTIR DE UN POEMA DE HUIDOBRO

Viaje en paracaídas

Por Guillermina Casasco*

Las historias de amor de todos los tiempos dan cuenta de la sinuosidad del camino que recorre el sujeto en procura del placer, a tal punto que se reconocen tanto más auténticas en proporción a la desdicha sobrellevada por los amantes. Lejos de empañar la búsqueda de la felicidad, el trayecto doloroso es condición de placer tanto para el escritor como para el lector.
“A menudo la descripción de la voluptuosidad dichosa parece alejarse de la verdadera voluptuosidad: la felicidad carece de un tipo de vigor, rencoroso, soberano, que es propio de la desgracia”, escribió Georges Bataille (La felicidad, el erotismo y la literatura, ed. Adriana Hidalgo).
El discurso literario señala la presencia, en el dominio del placer, de una dimensión que no se corresponde con el sentimiento de la dicha. Más bien la promesa de felicidad es a condición de la desdicha. “Estamos en principio separados de la felicidad”, escribió Bataille. Es que estamos unidos a la muerte desde el grito primigenio. El pedido de auxilio que –no sin razón– la escucha interpreta en el grito refrenda la fragilidad de la vida humana frente a la dureza del destino. Junto con la satisfacción del socorro conseguido se establece el peligro en cada vida signada por la dependencia del Otro y la muerte segura. Desde esta perspectiva la felicidad sólo puede cernirse como imposible.
La inclinación literaria por la desventura señala lo que la imagen ilusoria de la felicidad oculta: la ausencia del ideal sobre el que se hilvanan las historias de amor, entre todas las historias las más prometedoras de felicidad y, entre todas, las más tristes, las más dolorosas y las menos ingenuas.
“Soy yo Altazor/Altazor/Encerrado en la jaula de su destino/ En vano me aferro a los barrotes de la evasión posible”, escribió Vicente Huidobro en Altazor o el viaje en paracaídas.
Las voces de la literatura entregan la pasión del sujeto, en las diferentes acepciones del término: apetito, amor, entusiasmo, sufrimiento, padecimiento; todas ellas reposan en la dialéctica Eros-Tánatos. La estructura trágica del escenario vital alienta en el hombre la búsqueda de una felicidad que la configuración dramática de la estructura subjetiva no contempla. Su encuentro no se halla a mano en el trayecto de la vida humana. Sólo hay una mano que se cierra sobre sí misma para abrirse después a nuevas búsquedas.
“Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta con el caballo de la fuga interminable.”
En los márgenes del texto literario, enmarcando la palabra que lo ha acallado, está presente el grito. La literatura tiene el poder de hacer permeable el dolor primero de la caída del sujeto al mundo.
“Por esa ley primera trampa de la inconciencia/ El hombre se desgarra/ Y se rompe en aullidos mortales por todos los poros de su tierra/ Yo estoy aquí de pie ante vosotros/ Se me caen las ansias al vacío/ Se me caen los gritos a la nada/ Se me caen al caos las blasfemias.”
Altazor o el viaje en paracaídas es el relato de un viaje al tiempo de un descenso, a medida que cae el personaje enuncia su pasión, su desconsuelo por el destino agobiador que lo conduce. La certeza del movimiento aproximativo de la muerte, correlativo al movimiento progresivo y creciente de la vida hacia el mismo punto, funciona como matriz de la distancia que separa al sujeto del objeto portador de felicidad.
La fuerza de atracción del poema Altazor... responde a la visión de la literatura de su autor que, en el prefacio, compara los poemas con incendios que iluminan y consuman, que dan “placer” y “agonía”.
Después del “vientre de nuestra madre” todo lo que viene es salto; el poema es el recorrido del salto, la poesía un paracaídas, un para caer”maravilloso como el imán del abismo”. Estas palabras resumen la tonalidad de los cantos. La presencia de la “voz” que les da forma, su “disposición pasional”, es cada vez mayor. Mientras, las palabras se van desvaneciendo.
“Alhaja apoteosis y molusco/ Anudado/ noche/ nudo/ El corazón/ Esa entonces dirección/ nudo temblando.”

* Psicóloga. Fragmento de un trabajo incluido en el libro Eros, Ed. Universidad Nacional de Jujuy, comp. Elena Bossi.

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