PSICOLOGíA › PSICOLOGIA COMUNITARIA EN LA PROVINCIA DE TUCUMAN

Con otra gente

Al narrar su experiencia de psicología comunitaria en barrios pobres de Tucumán, los autores examinan la dramática cotidiana de la exclusión, narran sencillos, decisivos logros –el viaje de egresados que fue posible, los lanzadores de piedras que lograron entrar–, tematizan sus propias dificultades ante un medio social distinto y disciernen las buenas razones de los excluidos para rechazar el asistencialismo.

Por Libertad Balsa, Anna Montenegro y Sebastian Costa

Este texto fue producido a partir de una experiencia de formación en psicología comunitaria, a partir de una convocatoria de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán. En uno de los CAPS (Centros de Atención Primaria de la Salud, dependientes del Sistema Provincial de Salud de Tucumán, Siprosa) donde trabajamos, el “ustedes y nosotros” tomaba forma en un discurso donde se nombraba a los excluidos como “animalitos con los que no se puede trabajar”. Un ejemplo del quiebre de la relación de las instituciones con la comunidad son los reiterados asaltos que aquéllas sufren y que manifiestan una agresión directa a lo que representa la institución. En uno de los CAPS, robaron remedios y golpearon a los médicos. En una escuela, destrozaron las instalaciones y sólo se llevaron útiles escolares.
Cuando nos contactamos con las instituciones del barrio, observamos como una constante la falta de participación social. Por ejemplo, nos llamó la atención un centro vecinal que exteriormente aparentaba estar en funcionamiento pero nadie concurría a las reuniones y actividades, a pesar de que mediante ese centro se habían gestionado algunos servicios para el barrio. Estas instituciones parecían estar vacías, pero ¿vacías de qué? No sólo tienen carencias de materiales y recursos, sino que podrían estar vacías simbólicamente, en la medida en que resultan ser instituciones sin sujetos que se apropien de ellas, y que no operan como herramientas para crecer como comunidad. Creemos que esto se produce a raíz de la falta de credibilidad generada por el uso de estas instituciones para fines políticos y para estrategias de control social, como es el caso de los comedores para niños que sólo funcionan en época preelectoral.
Esto también se refleja en el hecho de que haya quedado a cargo de los CAPS la distribución de bolsones de mercadería y cajas de leche que son parte de los planes de ayuda social implementados por el gobierno: como consecuencia, se desdibuja de su función real como instituciones de salud, al tiempo de que se fomenta una postura pasiva por parte de los sujetos. Por ejemplo, para recibir pastillas anticonceptivas gratuitas, las mujeres deben realizarse controles ginecológicos periódicos: esto provoca que esos controles no se realicen a partir de la toma de conciencia del cuidado de la salud, sino que se reducen a una condición para acceder a algún método anticonceptivo.

Viaje compartido
Llegamos a una escuela que funciona en un edificio enorme y deteriorado. Nos recibieron dos policías. La directora y la maestra nos plantearon su preocupación por el grado de violencia que se respiraba día a día, entre los alumnos y hacia la escuela. Esa noche, gente de la zona había entrado en la escuela, como ocurría casi una vez al mes: sólo se llevaron el reloj de pared y algunos útiles, pero rompieron vidrios, puertas y armarios. Acordamos trabajar con los chicos de noveno grado, cuyas edades oscilan entre los 14 y 18 años, intentando crear con ellos un espacio de reflexión. Sólo hubo dos encuentros, ya que el año escolar llegaba a su fin. El primer día formamos dos grupos de trabajo, uno en cada aula, con unos 20 chicos cada uno. Pudimos escuchar la preocupación de ellos por la cantidad de robos que se producían dentro del aula; se echaban la culpa entre ellos y procuraban no separarse de sus pertenencias. De repente un golpe en la ventana nos llamó la atención: tres o cuatro chicos de octavo lanzaban piedras desde el patio.
¿Qué teníamos que hacer? ¿Ir a otro lugar? ¿Avisarles a los policías que cumplían el rol de preceptores? ¿Pedirles que nos dejaran seguir trabajando? Optamos por invitarlos a pasar. Nos miraron con incredulidad y desconfianza. Pero al rato golpearon la puerta y preguntaron si podían entrar. Se integraron y el taller siguió desarrollándose sin inconvenientes y con el aporte de ellos.
Pudimos leer este hecho como un intento de encontrar un lugar en el deseo del otro; un intento para el que era necesario tirar una piedra, crear un agujero: hacer ruido. ¿Tan violentados son estos adolescentes en su vida cotidiana que necesitan recurrir a la violencia para ser escuchados, para tratar de sentirse incluidos?
En el segundo encuentro, se presentó como urgencia el viaje de fin de curso que los chicos venían organizando desde principios de año. Tenían muchas dificultades para ponerse de acuerdo: adónde irían, cómo juntarían el dinero, quiénes se encargarían de cada tarea. Los enfrentamientos entre subgrupos hacían prácticamente imposible un encuentro de opiniones que los llevara a la acción.
Esta vez decidimos trabajar en el patio de atrás de la escuela, donde hicimos un grupo grande, y después en subgrupos, para finalizar con un plenario donde se intercambiaron ideas. Consideramos al proyecto del viaje como una instancia que la comunidad promueve, un rito que en nuestra cultura marca el pasaje a otra etapa, que en estos jóvenes muchas veces significa ya desligarse de la escuela y comenzar a llevar un sustento a sus hogares. El viaje pone en juego el deseo, remite a la posibilidad de plantear un proyecto y realizar un corte con lo habitual. Por eso decidimos apoyar este proceso. Este grupo tenía a su favor las ganas de viajar de todos, el apoyo que recibían de algunos padres y de la institución y la capacidad de buscar aportes externos.
Su principal dificultad era la violencia en las relaciones, que se manifestaba en la desconfianza entre ellos y también en algunos boicots: “¿Te imaginas? Aquí te roban las lapiceras, si viajamos nos van a robar toda la ropa”; “Ese grupito se queja de todo pero no hace nada”; “Como ellos están organizando la rifa, se creen los dueños del viaje”.
Después de trabajar en pequeños grupos diferentes propuestas para juntar los fondos, y mediante la terceridad que representaba nuestra coordinación, lograron escuchar a sus compañeros y percibir las potencialidades y debilidades de cada uno. Pudieron negociar algunas cosas: “Vos encargate del premio, yo de cómo van las ventas de la rifa”, “Nosotras hacemos la publicidad, pero no se nos rían”. Y nombraron a distintos compañeros para que cada uno se hiciera cargo de tareas diferentes.
Pensamos que, a partir de que pudieron escucharse, hablar de sus malestares y nombrar sus dificultades, el grupo pudo poner en funcionamiento su capacidad organizativa, que estaba obstaculizada por las reiteradas quejas y reclamos hacia el otro.
Así nuestra intervención, al no actuar como policías custodiándolos en su propia escuela, permitió que se corrieran del lugar de “sospechosos”, pudieran enunciar sus ganas de concretar el viaje, comprometerse y aportar desde sus posibilidades.

Fútbol de primera
Algunas adolescentes nos comentaban: “Los chicos se drogan, salen a robar”, “Casi ninguno estudia”, “Andan con armas y se matan por cualquier cosa”, “Nos queremos ir del barrio”. Expresaban no tener un lugar que las contuviera, un espacio en el que les interesara participar. Propusimos juntarnos para pensar la situación y generar cosas diferentes; “Lo que ustedes quieran, podríamos organizar algo que les interese”, dijimos. Ellas contestaron: “Queremos organizar un partido de fútbol femenino con las otras chicas del barrio, para que nos conozcamos y mejore la convivencia”. Pero nosotros no fuimos capaces de escuchar esa propuesta: decidimos que arbitrar y organizar un partido de fútbol femenino no era de nuestra incumbencia y respondimos con otra, organizar un cine debate. Algo que, pensábamos, sí tenía que ver con el rol o el supuesto rol del psicólogo. Algo en nuestra ideología no nos permitió leer la demanda, y quedamos atrapados en la imagen ideal que en los ámbitos académicos se transmite sobre el rol del psicólogo, como intelectual de diván. Un partido de fútbol, ¿no es acaso un espacio viable para que la palabra circule y para que el inconsciente se manifieste? Tal vez nos paralizamos ante la posibilidad de construir un rol del psicólogo que, en la comunidad, se vaya delineando y reconstruyendo según las condiciones de existencia de cada grupo humano.
A pesar de nuestros tropezones, la organización del cinedebate, que fue en verdad videodebate, hizo posible la reflexión. La primera cita fue a la intemperie. “Nos juntamos en la puerta del centro comunitario, y ahí vemos.” De a poco, los espacios se fueron definiendo y las reuniones comenzaron a tener su lugar: una casa. El grupo estaba formado por chicas de entre 13 y 18 años. En ese barrio, de tan peligrosa reputación, alguien nos abrió una puerta, y algunos de esos “peligrosos” adolescentes nos acompañaban a la parada del colectivo. Nos reunimos durante aproximadamente dos meses. Pasamos de “Los que se drogan en la esquina”, “No hay que juntarse con ellos”, “Te pueden hacer cualquier cosa”, a “Estaría bueno invitarlos a ver una película, para que hagan otra cosa”; “Podríamos ver Pizza, birra, faso porque se parece al barrio nuestro, a lo que vivimos todos los días”.
Las reuniones no tenían una estructura rígida. Hablar, escucharse, poder decir algo nuevo, intercambiar, compartir. Hablamos de proyectos de vida: “Nosotras nos queremos ir de este barrio”, “Yo quiero estudiar medicina”, “La danza me encanta, siempre estudié, quiero ser profesora”, “Trabajo en una despensa en el centro”, “Muchas chicas quedan embarazadas a nuestra edad y después no pueden hacer nada”. La apuesta se centraba en que cada una pudiera pensar en su posibilidad de elegir.
Apareció la discriminación. “En la escuela te tachan por ser de acá”, “A nosotras no nos dejan juntar con nadie del barrio”, “Son unos negros”, “Son unos vagos”. La discriminación adentro y afuera, de un lado y del otro.
Hablamos de los afectos: los novios, meterse los cuernos, quererse, hacerse amigo, acompañarse, traicionarse; la historia de los grupos donde estuvieron y los que les hacen bien, las relaciones con los padres, con los hermanos. Pensar los lazos entre ellas, lo que las une y las separa de los demás.
Nuestro trabajo terminó por tiempos institucionales: no llegó a llevarse a cabo el videodebate. ¿Puede considerarse el proceso en sí mismo una acción de salud? Pensar sobre lo que sucede, interrogar lo que parece obvio, buscar alternativas, dejar que afloren cosas nuevas, romper estereotipos: algunas de estas cosas, creemos, pasaron en esos encuentros.
En nosotros, una marca de aprendizaje fue la necesidad de priorizar el respeto por el otro; empezar a entender que, en cualquier espacio que la gente privilegie por encima de otro, hay una punta del tejido de su verdad y su saber singular. Es en esos espacios donde el psicólogo puede trabajar, donde tal vez la palabra circule y el inconsciente se manifieste.

Fotos
Nos topamos con organizaciones, ONGs, fundaciones que practican el asistencialismo y en su modalidad de trabajo se repite un discurso: dar sin esperar nada a cambio. Por ejemplo: consultorios jurídicos, apoyo escolar, talleres para aprender tejido, juegos con los niños. Esto no nos parece mal pero cuestionamos si realmente implican una forma de inclusión: ¿sólo con acercar un abogado al barrio o con que los niños tengan unatarde feliz las personas quedan incluidas en el tejido social? Se podría decir que por lo menos es algo. Pensamos que la exclusión va más allá, que se sustenta en un sistema de posiciones de poder, y que el asistencialismo perpetúa la posición de impotencia. De esta manera, encierra al sujeto. Estas prácticas generan desconfianza. Muchos decían despectivamente: “A éstos les pagan por venir”, “Tienen plata”. Pensamos que el trabajo comunitario sí debe ser pagado, pero debe explicitarse desde dónde se viene y a qué; y si se lo toma como un espacio para intentar liberarse de las culpas, al final no cambia nada. Integrantes de una ONG fueron golpeados por gente del barrio cuando intentaban sacarles fotos en su vida cotidiana sin haberles pedido permiso. “¿Qué se creen que nos vienen a sacar fotos?” Se estaban robando las imágenes del barrio.
En nuestra práctica, intentamos diferenciarnos de estas posturas principalmente en dos ejes: planteando objetivos claros a la comunidad y reconociendo que tienen un saber que nosotros no tenemos. Con relación al primer eje, creemos fundamental explicitar a qué vamos, cuáles son los lineamientos a seguir y por qué nos interesa trabajar con la comunidad; ya que esto tiene que ver con un posicionamiento ético, que marca la diferencia con el voluntarismo. Con respecto al segundo eje, al ubicarnos como psicólogos intentamos suspender los juicios y abrir las preguntas, escuchar para permitir el intercambio, dando espacio a la subjetividad, que es donde se encuentra nuestra posibilidad de intervención.
No es posible planificar estrategias de promoción y prevención en salud si no se tiene clara la premisa de que quien define las condiciones de salud y enfermedad es la propia comunidad; esas condiciones se van estructurando en el lazo social y en las formas de intercambio que cada grupo social establece; y es allí donde comienza nuestro trabajo, posibilitando espacios donde la palabra circule, resonando en cada sujeto para poder pensar conjuntamente acciones de salud que reivindiquen sus posibilidades de creatividad.

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Chicos tucumanos examinan a los profesionales que vienen a examinarlos en el marco del “Operativo Rescate”, en 2002.
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