PSICOLOGíA › EXPERIENCIA CON ACOMPAÑANTES DOMICILIARIOS EN LA PAMPA

“Gracias. Ahora puedo arreglarme sola”

Los pacientes que salían de internación en salud mental volvían a internarse al poco tiempo (como suele suceder) hasta que un servicio de La Pampa desarrolló un programa de acompañantes domiciliarios: recurrió a personas desocupadas bajo planes de empleo, que mostraron un alto compromiso, y fue un éxito: las reinternaciones cayeron un 90 por ciento.

 Por Cristina Proia*,
Ana Viglianco** y Susana Pizzi*

En el servicio de agudos del establecimiento asistencial Gobernador Centeno de General Pico, La Pampa –hospital general con servicio de salud mental–, está en ejecución desde hace 13 años el Programa de Acompañantes Domiciliarios en Salud Mental: este programa de acompañantes no profesionales procuraba dar respuesta a la demanda de reubicación de pacientes que, tras largos años de internación en un hospital de crónicos, habían sido externados en el marco de un proyecto de desinstitucionalización; por otra parte, respondió a la necesidad propia del servicio de pacientes agudos en el que desarrollamos nuestra tarea.

El servicio atiende a la población de General Pico –unos 60.000 habitantes– y de la zona norte de la provincia de La Pampa. Una de nuestras mayores preocupaciones radicaba en la frecuencia con que se reinternaban muchos de nuestros pacientes y en lo prolongado de su estadía. Era preocupante comprobar que, una vez recibida el alta, no continuaban con el tratamiento ambulatorio; no tomaban la medicación indicada, con lo cual eran reinternados una y otra vez, con el efecto deteriorante que esto producía.

El Programa empezó en 1994 con ocho acompañantes, que pertenecían administrativamente a planes de empleo nacionales y provinciales. Técnicamente dependían y aún dependen del equipo interdisciplinario, desde el cual hemos diagramado un programa de capacitación intensiva y estamos a cargo de la supervisión diaria de la tarea. Esta consiste en visitas al domicilio de los pacientes asignados a cada acompañante, con la frecuencia que cada paciente requiera.

A comienzos de la década de los ’90, se había iniciado en La Pampa un proceso de desmanicomialización. Era innegable la necesidad del cierre de las instituciones manicomiales, pero la política de desinstitucionalización quizá no había previsto alternativas terapéuticas adecuadas y suficientes para que quienes habitaban esos lugares no fueran empujados a la calle. Al mismo tiempo la representación de la locura, en el imaginario social, se mantenía intacta, en cuanto a la connotación de marginalidad y peligrosidad asignada a la enfermedad mental, sobre todo cuando quien sufre psíquicamente es pobre, sin instrucción y sin un entorno familiar que haya podido contenerlo.

En ese contexto, nos proponíamos resolver el problema de los pacientes que, luego de tres o cuatro meses de internación, volvían al poco tiempo del alta. Desde que se incluyó el equipo de acompañantes, se verifica que los pacientes en general ya no necesitan reinternaciones; si, a partir de alguna crisis, un paciente necesita hacerlo, la internación no se prolonga más de uno o dos días.

Transcurridos 13 años consecutivos en los que el Programa viene funcionando, se cumplieron ampliamente los objetivos fijados. Los pacientes pudieron ser sostenidos en su externación, ya que, al establecerse un lazo de confianza y respeto mutuo con sus acompañantes, se facilitaron enormemente los tratamientos ambulatorios.

Los acompañantes recibieron capacitación en el hospital y su trabajo es supervisado cotidianamente. La supervisión es muy importante, tanto para efectuar el seguimiento de los pacientes como para apoyar al equipo de acompañantes, que eventualmente, según la situación en que se encuentre cada paciente, son acompañados por profesionales en sus visitas.

Para las personas –desocupadas, con planes de empleo– que trabajaron en el Programa, éste se constituyó en un lugar de reconocimiento y valorización. A principios de los ’90, muchas personas lúcidas y que habían hecho la escuela secundaria se encontraban sin trabajo y debían recurrir a planes como el Trabajar. Los que se incorporaron a nuestro programa encontraron en el hospital un lugar de reconocimiento que no habían tenido en otros espacios. Lo encontraron en nuestro equipo y también en los pacientes que acompañaron y en las familias de los pacientes. Esto fue sin duda lo que los motivó y sostuvo en su trabajo. Cada uno tenía alrededor de cinco pacientes; a menudo tenían que trabajar sábado y domingo, si no había quien le diera la medicación al paciente en el fin de semana.

Ciertamente la función de estos acompañantes no se reduce a garantizar la toma de la medicación. Se trata de sostener a la persona en la externación. Después de una internación, suele costar mucho retomar los vínculos, además de que algunos pacientes no tenían ya ningún tipo de vínculo. En los términos más concretos, el acompañante puede efectivamente acompañar al paciente si éste, por ejemplo, va a empezar un trabajo, o a hacer un trámite, unos mandados, ir a una plaza, hasta que la persona va sintiendo que puede hacerlo sola. Por ejemplo, la primera paciente con la que se inició el proyecto, luego de tres años de haber estado con acompañante, le dijo que le agradecía todo lo que había hecho por ella pero que ya podía arreglarse sola. Claro que es distinto en cada caso; hay personas más o menos demandantes o dependientes.

En todo caso, la meta es reducir la internación, priorizando el mejoramiento en la calidad de vida. Para las personas incluidas en el programa, la cantidad de internaciones se redujo en un 90 por ciento. Si se toma en cuenta que el costo mensual de cada internación supera los 3500 pesos, puede inferirse la conveniencia también en la perspectiva de los costos para el sistema de salud.

En la formación de los acompañantes, antes que “enseñarles”, procuramos preservar lo que podríamos llamar su inocencia con respecto a las patologías psiquiátricas. Para esto, hubo que trabajar mucho con los prejuicios que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) traía con respecto a la cuestión de la locura. Ellos, comprensiblemente, suponían que, para poder ejercer su nueva función, tenían que “saber”, y eso los llevaba a defender el imaginario saber de esos prejuicios.

Era esencial que preservaran aquella inocencia porque, en su trabajo de acompañamiento, tendrían que poder observar, mirar, y también escuchar. Tendrían que escuchar con suma inocencia porque esto les iba a permitir, les permitió en definitiva, advertir cosas para poder trasmitirlas al psicólogo, al médico, al trabajador social, a los integrantes del equipo profesional. Se trataba de trasmitir directamente lo que veían: “Tuvo un movimiento extraño...”; “Me dijo que no se animaba a ir sola a la verdulería, me pidió que la acompañe...”. Comunicaciones inocentes, que eran la herramienta fundamental para el trabajo día a día. Y, de hecho, con respecto a cada paciente se ha trabajado día a día.

El principal prejuicio, el principal temor era: “¿Y si ‘se brota’? ¿Qué tengo que hacer?”. Era un prejuicio, no sólo un temor, ya que se sustentaba en el preconcepto de que, si uno va, es para hacer algo. Entonces, si el paciente se descompensa es porque uno no hizo lo que tenía que hacer. Pero, en realidad, acompañar es ir a no hacer.

Es ir a mirar, es ir a escuchar y, en todo caso, ayudar a que el otro haga lo que se haya propuesto. Por ejemplo, una de las acompañadas quería bordar. ¿Bordar? ¿Quién borda hoy en día, para qué? No importa, ella quiere bordar y, por lo tanto, es muy importante para ella: se trata de ayudarla a que borde. Se trata de aceptar que no haga lo que esperaríamos que hiciera. Otro quiere escribir. Pero si no sabe escribir. No sabe pero quiere, parece que tiene ganas de escribir, y entonces acompañémoslo para que se vaya arrimando a sus ganas.

La disminución en las internaciones fue increíble. Pacientes que prácticamente vivían en el servicio dejaron de internarse. Pasaban cuatro, cinco años y no volvían; pero no desaparecieron. Estaban vinculados por intermedio de los acompañantes.

Y en cuanto al “brote”, ciertamente los acompañantes pudieron hacer mucho. Ellos eran los que detectaban lo inhabitual: cuando el paciente “empieza a decir cosas que antes no decía” o “empieza a caminar mucho alrededor de la mesa”... Lo primero fue aclararles que la descompensación no se produce de un momento a otro: hay señales, ellos podrían advertirlas y así nosotros podríamos anticiparnos. Cuando se presentaban los signos, el equipo lo sabía de inmediato: se le ajustaba la medicación, se lo entrevistaba. Al trabajar todos los días con los acompañantes, era muy difícil que algo se pasara por alto. Y esto fue un factor importantísimo en que disminuyeran las internaciones.

Actualmente –por razones que escapan a nuestra decisión y a la del personal designado– cumplen funciones sólo dos acompañantes. Tienen ya diez años de experiencia en la función. Hace poco, participando en la formación inicial de un nuevo acompañante, se preguntaban: “Desde el lugar del paciente, ¿cuándo diría yo que un acompañante no me sirve más?”. Y ellas mismas contestaban: “Cuando empieza a decirme qué tengo que hacer”. Esta fórmula, invertida, da la esencia del acompañamiento: no decirle al otro qué tiene que hacer, sino acompañarlo para que pueda decidir, él mismo, qué hacer.

* Psicóloga. ** Trabajadora social.

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Fiesta en la choza bajo el techo verde, de Marc Chagall.
 
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