PSICOLOGíA › FUNDAMENTOS DEL “IMPULSO A LEGAR”

“Una nueva voz”

 Por O. B.

La especie humana es única en cuanto posee una memoria que no cabe en los códigos biológicos, lo que impone el transporte de un plus de la misma, de los más viejos a los más jóvenes, mediante un lenguaje. La pulsión de conservación de la especie, como impulso a legar, es una condición humana necesaria para completar la insuficiencia de la transmisión biológica, y tiene su meta en la transmisión a un sucesor. Piera Aulagnier (La violencia de la interpretación, 1975) se refiere a un “pacto narcisista” en el que la sociedad asegura su futuro reemplazando los sujetos muertos por voceros nuevos que van a repetir sus mensajes. Y agrega que los viejos requieren sostener “la ilusión de que una nueva voz volverá a dar vida a la mismidad de su propio discurso”. El sujeto es eslabón de una cadena de cronistas y la réplica humana terminada es cultura, deviene sólo tras una transmisión estructurante extensa, no biológica, pero comandada por la energía pulsional. La amenaza de castración se expresa como imposibilidad de transmisión de los emblemas identificatorios.

Rene Kaës (Transmisión de la vida psíquica entre generaciones, 1996) señala “un fenómeno que podría describirse como una urgencia o como una suerte de impulso por transmitir, bajo el efecto de un imperativo psíquico incoercible (...) una necesidad tal es el resultado de exigencias pulsionales inconscientes, en las que prevalecen a veces las exigencias narcisistas de conservación y continuidad de la vida psíquica, a veces las del Ideal del yo y del superyó, la transmisión de las prohibiciones fundamentales. Siempre aparece la necesidad de transferir-transmitir en otro aparato psíquico”. Si la tendencia a transmitir tiene exigencia pulsional, será insistente y podrá llegar a convertirse en un impulso reiterativo a la narración, articulando la autoconservación y la supervivencia del grupo.

Erik Erikson dice que, en el envejecimiento, los frutos de la maduración de las personas sólo se observan en quienes se han ocupado de las cosas y de la gente y se “han adaptado a los triunfos y a los desengaños de ser, por necesidad, el que ha dado origen a otros y ha producido objetos e ideas”. Propone la palabra “integridad”, estado que relaciona con un “sentimiento de camaradería con hombres y mujeres de épocas lejanas, que estaban empeñados en la búsqueda de cosas diferentes y que han creado sistemas, objetos y lenguajes que trasmiten dignidad humana y amor”. Para este autor una vida individual es la coincidencia de un ciclo vital con un segmento de historia, y llama desesperación a un sentimiento relacionado con la temporalidad, cuando ya no se puede cambiar el estilo de vida y ya no se pueden probar alternativas. La fortaleza del yo toma la forma que denomina sabiduría, fundamentalmente una preocupación desinteresada y ética por el “mantenimiento del mundo”. El hombre en la vejez se encuentra con una crisis identificatoria que se puede reformular como “soy lo que sobrevive de mí”.

Para David Liberman, las funciones del yo y los sentidos de realidad también evolucionan en el curso del ciclo vital. Se activa una inversión desde la sincronización entre afecto, idea y acción, característica de la adolescencia, hacia el observar sin participar, modalidad que ubica en la vejez. En esta etapa, se van produciendo los cambios del rol funcional esencial de receptor a la mayor responsabilidad de la transmisión. La adultez tardía requiere desarrollar la capacidad de no experimentar desamor. Se prepara para la delegación del poder y se incrementa la transmisión de información. Así como la adolescencia significa fundamentalmente la necesidad de seducir y dramatizar, ya que es una organización fálico genital por excelencia; el adulto temprano debe desarrollar la función de regular la ambición, y tener esperanza para tareas de responsabilidad y tomar decisiones. Mas tarde, al llegar al retiro, requiere aumentar la regulación de su autoestima; y luego, en la vejez, desarrollar la capacidad de estar solo: “Entonces la escala de valores está centrada en tomar contacto como transmisor de información histórica”.

José Bleger (Psicología de la conducta, 1969) señala que “cuando la persona es sostén de una institución que a su vez es soporte de sus identificaciones, requiere un sucesor para una continuidad institucional”, que “cuando la persona es sostén de un sistema de saberes, fuerza su sucesión mediante la discipulación”; y estudia el “efecto Zeigarnik”, de tarea inconclusa, que en la clínica de adultos mayores se presenta como una crisis existencial, en un balance de la vida como tarea no terminada.

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